Eloy Bueno de la Fuente
El Padre Origen y Contenido de la Misión


Juan Pablo II en Tertio Milennio Adveniente 49ss, al presentar el sentido del año dedicado al Padre en la preparación del Jubileo, ofrece algunas perspectivas que deben fecundar la concepción teórica y el ejercicio práctico de la misión de la Iglesia. Particularmente significativa resulta la invitación a los creyentes para ampliar el horizonte según la perspectiva misma de Cristo: la perspectiva del Padre por quien él ha sido enviado y al cual ha retornado. Desde esta óptica resulta comprensible que solicite abrir un itinerario de conversión que recupere la vitalidad del sacramento de la penitencia, poner de relieve una teología de la caridad que conduzca a la opción preferencial por los pobres y a la cancelación de la deuda internacional, afrontar la crisis de la actual cultura mediante la civilización del amor, potenciar el diálogo religioso mediante encuentros en Jerusalén y Monte Sinaí. Este horizonte y estas implicaciones no sólo encierran profundas implicaciones misionológicas sino que son en sí mismas una renovadora y enriquecida comprensión de la misión. En estas páginas pretendemos profundizar la razón de esta peculiar vinculación con el Padre.

I.- EL PADRE ORIGEN DE TODA MISION

Uno de los fenómenos o factores determinantes de la reciente misionología ha sido la reconducción o repatriación de las misiones a la misión única de la Iglesia. De este modo se pretendía evitar la marginalización de la actividad misionera como un conjunto de acciones que, por mucha heroicidad que demostraran, no estaban suficientemente radicadas en el dinamismo que hace surgir y vivir a la misma Iglesia. Desde el punto de vista católico podemos decir que este intento encuentra un punto de llegada en el Vaticano II, especialmente en el capítulo primero tanto de Lumen Gentium como de Ad Gentes.

La teología subyacente a estos documentos conciliares abre a su vez un horizonte más amplio y más radical a la vez. Es la misma Iglesia la que brota y existe en la dinámica de las misiones del Hijo y del Espíritu, que a su vez tienen su raíz, origen y manantial en el designio del Padre. De este modo el término misión permite reconducir las (antiguas) misiones a la razón de ser de las misiones que nacen de la Trinidad. Por esas paradojas de la historia un término (misiones) que surgió por azar para designar unas actividades eclesiales y que durante mucho tiempo cayeron en descrédito pueden recuperar toda su hondura si se sitúan en el interior del dinamismo de las misiones divinas (concepto que precedentemente apenas había sido puesto en conexión directa con la propagación de la fe o con la expansión del evangelio).

Al ser el Padre fuente de la Trinidad, que envía pero que no es enviado, resulta imprescindible un acercamiento a la comprensión del Padre a fin de entender porqué de él arranca toda misión: tanto las del Hijo y las del Espíritu como la misión misma de la Iglesia (de la que no serán más que una concreción las misiones o la actividad misionera). No se trata, como se puede percibir con facilidad, de una pura especulación abstracta, sino que por el contrario en esta cuestión está en debate la identidad misma del Dios que envía y del Dios que es predicado. Sería irresponsable, desde el punto de vista cristiano, pensar y actuar como si se estuviera hablando del Dios simplemente monoteísta; el Dios que justifica y legitima la misión cristiana es un Dios Trinidad, y ello no puede dejar de repercutir en el modo y talante de la misión, pues ahí radica la peculiaridad cristiana.

1.- ¿Es el Padre también un desconocido?

Se ha hablado frecuentemente del Espíritu como del gran desconocido de la espiritualidad cristiana. Pero con no menor razón se podría afirmar lo mismo acerca del Padre. Esta suposición, aparentemente arriesgada, se funda en último término en la concepción de Dios que domina en la teología implícita de la espiritualidad del pueblo cristiano: se ha podido denunciar, no sin razón, que la mayoría de los cristianos vivían en el ámbito de un monoteísmo pretrinitario que no estaba suficientemente modulado por la peculiaridad de la revelación neotestamentaria. La idea filosófica de Dios no había sido convertida desde el rostro del Dios Padre de Jesucristo. De modo semejante se podría decir que la misión realizada por la Iglesia en nombre de Cristo debe ser permanentemente reconvertida desde el rostro del Padre que le envió. Esta raíz común, como decimos, se despliega en una doble dirección y actúa desde un doble frente.

La dimensión paternal de Dios no ha sido siempre suficientemente destacada, vivida y por ello comunicada. El Dios poderoso y juez dominaba hasta tal punto que resultaba difícil percibir en todo su esplendor y fuerza provocadora al padre del hijo pródigo. La misericordia no conseguía quebrar la justicia de Dios, porque ésta era comprendida desde la analogía de las relaciones humanas. Dios, por ello, no podía ser más bueno que justo, pues en tal caso se rompería el orden moral y por ello el equilibrio social. La soteriología cristiana, dominada por el planteamiento de san Anselmo, es buena prueba de ello. La bondad de Dios se manifiesta en sentido pleno sobre los buenos, pero respecto a los malos se levanta el Dios moral. Estos presupuestos no podían dejar de condicionar la comunicación de la fe a los no cristianos. Baste recordar la anécdota de Francisco Javier ante los bonzos: estaban estos preocupados ante la constatación de haber descubierto un Dios bueno, pero que sin embargo no podía dejar de condenar a sus antepasados debido a que no habían recibido el bautismo; Francisco Javier, comprendiendo el sentimiento de sus destinatarios, no podía sin embargo alterar sus presupuestos. El padre, en definitiva, por muy poderoso que se le considerara, no podía abdicar de sus responsabilidades como garante de la certeza moral. Desde otro punto de vista, pero dentro de las mismas coordenadas, podía la teología feminista encontrar argumentos para su denuncia y su crítica: ese Dios poderoso no sólo era varón, sino el varón que dominaba los valores de la realidad, y en consecuencia no podía demostrar las dimensiones maternales, tiernas, entrañables que son propias de lo femenino y que, por definición habían sido excluídas del Dios omnipotente.

El bloqueo de esta situación se anquilosaba de modo fatal a no ser que se afrontara desde una base más radical y más específicamente cristiana: el Dios Padre no dejaría de ser visto como el omnipotente a no ser que se le descubriera como el Padre de Jesucristo y por ello como Padre en el seno de la Trinidad divina. Lo decisivo, el núcleo de la cuestión, no es tanto descubrir la dimensión paternal de Dios cuanto desvelar la paternidad que constituye al Padre. O dicho de otro modo: sólo desde este punto de apoyo se puede hacer patente aquella. Pero de tal modo que la paternidad de Dios quedara especificada por la relaciónque le constituye respecto al Hijo y al Espíritu. La teología sin embargo no siempre había sido consecuente con esta exigencia de la revelación. El Padre parecía absorber en sí la totalidad de lo divino, parecía poseer en plenitud la sustancia divina. En definitiva el Padre podía ser identificado, al menos implícitamente, con Dios. Esta tendencia se puede percibir en la doctrina trinitaria de san Agustín, que tan fuertemente marcaría la teología posterior. No se puede decir que san Agustín no diera notable importancia a las misiones divinas. Pero la paternidad que define al Padre no es vista directamente desde la relación al Hijo y al Espíritu sino desde la sustancia divina, desde la unidad divina. Por ello la paternidad y la filialidad no podían desplegar sin más la originalidad del Dios trinitario. Con este planteamiento es previsible que la Trinidad económica y la Trinidad inmanente se desconecte. La espiritualidad cristiana perderá la relación con cada una de las Personas divinas, ya que en las acciones ad extra se produce una operación común a la Trinidad, de hecho a la esencia divina. Y por ello el Dios que se ofrece a los otros y el Dios por el que el evangelizador se siente enviado no está alimentado por la savia fecunda de la revelación neotestamentaria.

2.- El Padre en el dinamismo de la vida trinitaria

La exigencia que siente la teología de hablar de la Trinidad no procede meramente de la curiosidad de la razón, sino que procede de la historia misma de Jesús. Tres son los rasgos de la vida y de la enseñanza y comportamiento de Jesús que nos empujan a adentrarnos en la intimidad de Dios:

a.- la predicación por Jesús del Reino de Dios desvela la existencia de un Dios tierno y miseRicordioso, capaz de perdonar a pesar de todo, sensible de modo primordial ante los pobres y los necesitados, deseoso de vencer todas las divisiones humanas...; en el Dios del Reino se condensan y concretizan todos los aspectos más benevolentes del Yahvé del Antiguo Testamento: las promesas hechas a los padres y que habían alimentado la esperanza del pueblo se hacen ahora realidad y experiencia concreta en la historia de desventura de los hombres;

b.- el Reino, como símbolo y categoría central del ministerio público de Jesús, está profundamente vinculado a la persona misma de Jesús; Jesús vive del Reino y para el Reino, y a la vez el Reino se hace cuerpo e historia en él; por eso Jesús expresa con nitidez su conciencia de enviado; Jesús puede ser considerado realmente, desde sus acciones concretas y desde su conciencia más nítida, como el primer y fundamental misionero: todo en él es conciencia de misión, hasta el punto de que misión y persona se identifican; Jesús no vive más que como servicio al Reino, que es en definitiva el cuplimiento del encargo que se le había entregado por parte del Padre de cara a la felicidad de sus hijos los hombres; expresiones como "vine" o "he sido enviado· afloran en sus labios como eco de lo que más íntimamente constituye a Jesús;

c.- estos dos rasgos anteriores quedan modulados por la referencia filial con que Jesús se sitúa ante el Dios a quien no puede más que designar abba; otro tipo de designaciones resultarían inadecuadas porque no reflejarían la peculiaridad de ese vínculo; es claro a este respecto que Jesús marca la diferencia de la relación que él mantiene con Dios respecto a la que pueden mantener sus discípulos, es igualmente patente la rareza de tal modo de comportarse, pero lo más significativo es que este desvelamiento de la intimidad de Jesús con el Padre refluye sobre toda su persona y su ministerio: el rostro del Dios del Reino, la fidelidad a su misión incluso en los momentos trágicos de Getsemaní adquieren sentido y fuerza precisamente en base a esta filialidad que le constituye en cuanto se sabe totalmente recibido del Padre y totalmente entregado a él en el servicio a los hombres y a la liberación de sus desgracias. Su conciencia de misión es simultáneamente conciencia filial porque todo lo recibe del Padre a fin de que todo retorne al Padre.

La misión constituye a Jesús y permite definirlo. Es una misión recibida enteramente del Padre. Y por ello está misión no puede más que reflejar los rasgos mismos que se expresan en la relación filial con el Padre: entrega, cercanía, acompañamiento, solicitud, solidaridad, apertura, generosidad, comprensión, misericordia... Pero la misión de Jesús debió confrontarse con la negativa de los hombres. La cruz es el testimonio del pecado humano que se niega a acoger el rostro de Dios precisamente porque se desvela como Padre. En definitiva los hombres también deseaban un Dios omnipotente que pudieran someter a sus deseos. Se negaban a aceptar al Dios que desde la libertad llamaba a la comunión y por ello también a la generosidad. En el choque de la lógica del Padre que se reflejaba en el Hijo con la oposición de los hombres ¿cuál iba a ser la reacción del Padre, escandalizado y ofendido por la crucifixión del Hijo enviado? En la respuesta a esta pregunta deberá mostrarse si en un momento tan dramático el Padre sigue actuando de modo paternal o por el contrario retornará la imagen del Dios que recurre a su poder y por ello a su cólera y a su capacidad de castigo. En esta encrucijada se dividen las concepciones sobre Dios. La respuesta del Nuevo Testamento confirma que el Padre que envió a Jesús sigue actuando como Padre en las circunstancias del viernes santo y no solamente respecto a Jesús sino incluso respecto a sus perseguidores. Tal respuesta es la Pascua, la resurrección del Hijo, que también acontece a favor de aquellos que habían sido destinatarios del anuncio del Reino.

La Pascua es el acontecimiento central de la revelación cristiana, y no puede ser entendido en plenitud más que como acontecimiento trinitario: el Padre resucita al Hijo (como acción recreadora y anticipadora de la plenitud escatológica) en el poder y la gloria del Espíritu. Es en último término el Padre el protagonista de la Pascua: porque reivindica a Jesús, rescatándole de la muerte, como gesto de reconciliación en medio de (y a pesar de) las oposiciones de los hombres. El abba histórico de la vida de Jesús encuentra aquí su cenit y su mayor esplendor: el Padre acompaña en su mayor desvalimiento al Hijo elevándolo a su gloria pero siempre a favor de quienes le habían rechazado. La palabra que procede desde más allá del odio es la aurora en la que brilla con todo su esplendor el rostro paternal de Dios, el Padre de Jesús que interviene siempre en la fecundidad del Espíritu.

La Pascua muestra un cercanía tal entre Padre e Hijo que los destinatarios de las apariciones comprendieron que esta vinculación no podía haber comenzado en el tiempo. Jesús debía pertenecer esencialmente a la identidad de Dios. Y Dios no podía ser definido más que cristológicamente, es decir,desde la relación paterno-filial que une al Padre con Jesús. Ello significa que no se puede concebir a Dios como una mónada autosuficiente, como un absoluto clausurado, como una soledad narcisista. En Dios se da un "momento de alteridad" (de carácter personal), un Otro que comparte la vida del Padre desde siempre. Dios, en definitiva, no puede ser más que amor compartido, comunión de vida, dinamismo de amor. Nuestro Dios, recordaría después san Hilario, no puede ser un Dios solitario. El Dios solitario no puede ser el Amor ilimitado. El Padre aparece como el origen del amor que se entrega sin condiciones desde su vida intradivina y que por eso determina el modo de ser de toda misión que proceda de El.

Desde la misión del Hijo, tal como fue experimentada y vivida por Jesús, la reflexión creyente nos ha conducido a la intimidad de la realidad divina y al reconocimiento de una comunión personal en su ser. En lenguaje técnico podemos decir que las misiones nos conducen a las procesiones. Y, a la inversa, podemos igualmente afirmar que las procesiones iluminan las misiones: el modo de la misión refleja el modo de ser de Dios, el origen intratrinitario determina la misión al mundo y a las criaturas. Por ello, si Dios es comunión personal y dinamismo de amor, su manifestación en el mundo no puede mostrarse de otro modo.

Tarea de la teología será perfilar los términos y los conceptos. Pero lo decisivo (la savia del dogma) es dar razón de lo que se ha revelado en la historia de Jesús. El dogma y la teología han hablado del Padre como origen sin oprincipio, como raíz y manantial de toda la Trinidad. Con ello lo que se pretende decir es que el Padre es pura donación de sí, porque existe como Padre en cuanto se entrega totalmente al Hijo, siendo por tanto pura generosidad, el ejercicio del Don en cuanto existe en beneficio del Otro, el Hijo. La fecundidad y el aliento de esa donación es el Espíritu. Por ello en el Espíritu el Padre da origen al Hijo. Y este, en cuanto recibido y acogido, es el que hace que el Padre sea Padre.

En consecuencia el Padre en todo lo que es y hace no puede no manifestarse como Padre. Más aún: toda su relación hacia fuera, hacia todas las criaturas, no puede acontecer más que desde la apertura ilimitada de generosidad con la que se relaciona con el Hijo. Si éste ha sido enviado y encarnado en el mundo, el Padre no puede mirar el mundo más que en y desde el Hijo. El mundo podría prescindir de Dios y el hombre podría rechazar la revelación, pero el Padre no puede más que comportarse como Padre: en cuanto generosidad que se entrega y libertad que acoge. Toda misión que arranque del Padre ha de ser por tanto paternal, marcada indefectiblemente por la paternidad de la que arranca y de la que se alimenta.

Desde la perspectiva que hemos alcanzado, el creyente se ve obligado a admitir que toda misión se mueve dentro de la dinámica trinitaria, y que la misión cristiana por ello debe presentar la Trinidad santa como el hogar y la patria del hombre y de la humanidad en el duro peregrinaje que ha de llevar adelante. Todo arranca del Padre, como acto de generosidad y comunicación, todo vive de la Filialidad que nace del Padre, y todo se mantiene y desarrolla por el poder y la fecundidad del Espíritu. Referir la misión al Padre como a su origen, es a la vez destacar su impronta trinitaria, como recepción, acogida y agradecimiento. La misión, a la luz de las procesiones y de las misiones trinitarias, no puede ser más que el júbilo de la comunión que se expande y que se abre para acoger.

3.- El Padre origen del dinamismo de toda misión

El horizonte de la misión, desde la perspectiva que acabamos de abrir, no puede ser más que enteramente universal ya que abarca la totalidad de lo que procede de Dios; se refiere por ello a la integridad de la vida humana, a la humanidad en general y a la creación. En esta visión amplia la iniciativa del Padre es permanente, pero actuando por medio del Hijo y del Espíritu. Las acciones particulares que realicen los agentes mediadores tendrán sentido y valor en la medida en que se dejen impregnar de la solicitud y de la generosidad del Padre.

En la antigüedad cristiana san Ireneo nos ofrece un planteamiento que deja ver en toda su brillantez lo que pretendemos expresar. Es un planteamiento especialmente interesante porque recoge los elementos más genuinos de la tradición y porque puede ser considerado como una alternativa a muchos modelos posteriores que dominarían el panorama teológico y que estrecharían la comprensión cristiana de la salvación. Ireneo, obispo de Lyon en la segunda mitad del siglo II, es exponente de la "teología asiática", diversa en muchos aspectos de la teología alimentada del pensamiento platónico. Esta última corriente, asentada especialmente en la "escuela alejandrina", daría una especial relevancia a la dimensión espiritual del hombre y al componente divino de Jesús, ante lo cual perderían consistencia los aspectos materiales, carnales, históricos. El espiritualismo de gran parte de la teología posterior depende de estas raíces.

San Ireneo por el contrario vive de otras convicciones. Sus posiciones estuvieron claramente condicionadas por la oposición que debió encabezar frente al gnosticismo. Era esta una mentalidad difusa en la época que se caracterizaba (desde nuestro punto de vista) por un marcado dualismo: la salvación del hombre consistía en el conocimiento de su auténtica realidad espiritual y por ello en la liberación de la materia y de la carne, que eran consideradas como cárcel y prisión; la historia y la creación en consecuencia representaban un ámbito del que había que huir a fin de reencontrar la verdadera patria, que no era ciertamente este mundo.

Sobre este transfondo adquiere toda su grandeza el pensamiento de san Ireneo, que trata precisamente de reivindicar la dignidad del hombre en su carnalidad, de Cristo en su corporeidad, de la historia en cuanto espacio del diálogo Dios-hombre y del crecimiento del ser humano... Para desplegar en toda su grandeza el marco, que es el marco de la misión, destacaremos algunos aspectos significativos:

a.- El Padre, benevolente y misericordioso, es el origen de toda realidad y de la vida humana. Es él quien se abaja para modelar al hombre del polvo de la tierra. El doble relato de la creación (Gn 1,26-27 y 2,7) no se refieren según Ireneo más que a una acción del Padre que configura directamente al hombre a partir de la tierra real y concreta. La mayoría de los autores de la antigüedad cristiana entendían que Dios creó directamente solamente el alma. Ireneo, por el contrario, destaca que la materialidad del hombre fue objeto de la atención del Padre, al modo como Jesús usó polvo de la tierra para curar al ciego de nacimiento. Más aún: este modo de actuar del Padre es considerado como un signo de predilección del Padre por el hombre. A los ángeles, por ejemplo, pudo crearlos en un momento y mediante su simple voluntad. El hombre fue por el contrario moldeado amorosamente al igual que el alfarero elabora sus objetos. Es en definitiva el Padre el que configura paternalmente a Adán. Adán, en consecuencia, nunca podrá separarse de las manos de Dios.

b.- Pero el Padre realiza su obra por medio de sus manos. Las "Manos de Dios" son, según Ireneo, el Hijo y el Espíritu, su Sabiduría y su Fuerza. A ellos se refiere la fórmula plural de la expresión bíblica "hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza". El Hijo y el Espíritu actúan sobre el barro modelado por el Padre, es decir, son enviados para completar y consumar la obra realizada cuidadosamente por el Padre. Al Hijo corresponderá la imagen del hombre y al Espíritu la semejanza. Así encuentra una brillante explicación la distinción terminológica, que tanto había preocupado a los Santos Padres, entre imagen y semejanza a que alude el texto del Génesis.

c.- El Hijo o Verbo, Imagen del Padre, recibe el encargo de imprimir en el barro humano su propia imagen. De este modo el hombre, por medio del Hijo, queda más profundamente vinculado al Padre. El Hijo apuntaba ya a su propia encarnación. Estaba preparando el presupuesto de su propia presencia corporal en el mundo. Durante el período veterotestamentario el hombre no era consciente de su dignidad. Era todavía muy niño y por ello podía ser fácilmente engañado por el diablo. Pero con la encarnación se hace patente en Jesús la imagen que ya había recibido el hombre. La corporeidad y carnalidad del Hijo encarnado es por ello componente fundamental del proceso salvífico del hombre. Incluso esa corporeidad, deificada por el Espíritu en su bautismo y resurrección, será medio de efusión del Espíritu que consumará la salvación del hombre.

d.- El Espíritu es el que realiza la semejanza que se encuentra en lo más íntimo del barro humano. La semejanza es siempre fuerza dinámica y proceso. La imagen se encontraba impresa en el hombre, pero de modo estático. La tendencia a la asimilación, el despliegue de las potencialidades de la imagen, son posibles por el aliento y el estímulo que introduce el Espíritu. El Espíritu, había ya dicho san Justino y repite san Ireneo, es el adorno de las criaturas: el orden, la armonía, el esplendor, la magnificencia de la creación. También respecto al hombre, el Espíritu fomenta y potencia este dinamismo en orden a su divinización, a su consumación.

e.- A la luz de la iniciativa del Padre y de la acción de sus manos, toda la perspectiva se hace dinámica e histórica. Adán fue creado débil y frágil, como expresión de la predilección del Padre, y por eso requiere tiempo y esfuerzo, progreso y compromiso. El hombre debe ir madurando a través del tiempo, pero sin renunciar a la materia y al cosmos, sino integrándolo en la comunión y en la plenitud. El hombre nació niño y por ello debería irse acostumbrando a la cercanía de Dios. Dios a su vez debería irse acostumbrando igualmente a la cercanía del hombre. La historia no sólo es afirmada en toda su importancia, sino afirmada a la vez como ámbito de diálogo, como espacio de encuentro, como proyecto de divinización, es decir, de entrada en la comunión de Dios. En este proceso las Manos de Dios seguirán actuando de modo conforme a la predilección mostrada por el Padre. El Hijo realizará la recapitulación de todas las cosas en una consumación definitiva, y el Espíritu llevará a su consumación la creación entera.

El marco de la misión, que es a la vez el contenido, quedan así plenamente perfilados. Esa misión estará siempre imbuída de la paternidad de Dios con el objetivo de lograr la felicidad del hombre en todas las dimensiones de su existencia: la gloria de Dios es la vida del hombre y la vida del hombre es la contemplación de Dios. La vidsa en plenitud afecta a la integridad del hombre, si bien esta integridad no puede quedar desvinculada de la referencia al Padre. La misión que arranque del Padre debe ser un servicio a la plenitud del hombre, pues ahí resplandece en todo su esplendor la gloria de Dios. Que la gloria misma de Dios está vinculada al hombre viviente en toda su intensidad es una aportación que nunca debe ser olvidada por la misión de la Iglesia.

4.- El espíritu de filiación, experiencia cristiana básica

Jesús reveló el rostro paternal de Dios, sacándolo del carácter impersonal de lo divino. De modo radical y originario lo dejó ver en la relación que mantenía con él. Pero a la vez hizo posible que el resto de los hombres, y de modo especial sus discípulos, lo pudieran experimentar del mismo modo. La novedad del mensaje evangélico podría sintetizarse en la experiencia filial. El hombre creyente puede encontrarse ante Dios en una situación distinta porque se sabe en la manos del Padre.

El creyente no puede contemplar a Dios como el Omnipotente lejano y distante ni como el Creador transcendente e inaccesible, sino como el Padre benevolente y cercano. Ahí radica la experiencia de la salvación. El niño no recupera la seguridad y la serenidad por contemplar a su padre condecorado con los atributos que le proclaman como jefe de numerosos ejércitos, sino sencillamente porque le mira con dulzura y le coge en sus brazos. Esa situación no consiste fundamentalmente en recibir regalos o dones o medios materiales. La situación está constituída por la nueva relación establecida, que permite contemplar la realidad con otros ojos, reencontrrse con otro aliento interior y obligado a comportarse de un modo más radical y generoso.

Esta experiencia salvífica pasó a formar parte de las convicciones básicas de los primeros cristianos hasta el punto de que configuró de un modo nuevo su oración, su modo de dirigirse a Dios. La convicción de los cristianos era tan genuina y profunda que asumió para la propia oración el tenor literal de las palabras de Jesús: "No habeis recibido el espíritu de siervos para recaer en el temor, sino que habeis recibido el espíritu de adopción por el que clamamos abba" (Rm 8,16). El Espíritu es el que ha hecho posible esta cercanía a Dios, equiparable a la divinización porque es inserción en una comunión que no procede de las fuerzas humanas. El Espíritu, como protagonista en el cristiano de esta experiencia de filiación, es destacada de modo aún más notable por Pablo en otro pasaje: "Puesto que sois hijos, envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que grita ¡abba!" (Gal 4,6). La intimidad creada devuelve una profunda confianza en la realidad y abre un horizonte que no se puede contemplar con otros ojos distintos de los del Padre que ha enviado al Hijo en el Espíritu.

Desde esta óptica se recuperan con mayor intensidad las expresiones que desde el Antiguo Testamento había mostrado Yahvé. Ahora se contemplan no sólo como la dimensión paternal de Dios sino como expresión de la actitud del Dios Padre: Dios siente ternura po sus fieles como un padre la siente por sus hijos (Sal 103,13), es cariñoso con todas sus criaturas (Sal 145,8), consuela a su hijo como una madre (Is 66,13), recuerda a sus criaturas como una madre al fruto de sus entrañas (Is 49,15), acoge al hombre como una madre coloca al niño en sus brazos (Sal 131,2)...

Si el cristiano descubre realmente a Dios como el Padre que actúa en comunión con sus Manos a favor del hombre débil y frágil, la misión que se le ha encomendado en este mundo debe expresarlo de un modo neto y sin matices. Y ello en una doble dirección: de un lado en cuanto el Padre es origen y contenido de la misión, debe nombrar de este modo a Aquel por quien se siente enviado y a Aquel que anuncia (evitando conscientemente cualquier posible falsificación que convierta al Padre en un ídolo); de otro lado en cuanto que las actitudes y los talantes de su presencia ante los demás, y especialmente ante los no cristianos, deben estar marcados por la característica paternal que Dios ha manifestado en el Hijo. Es importante observar que la experiencia filial del cristiano no anula la paternidad de Dios respecto a todos los hombres. El cristiano es hijo en el Hijo por la fuerza del Espíritu. La misión del cristiano debe por tanto mostrar la peculiaridad de la filiación cristiano, pero no absorber o monopolizar sin más la filiación divina. Por eso debemos ahora preguntarnos de modo más directo: ¿qué misión debe desarrollar el cristiano que se sabe hijo en el Hijo por el Espíritu?

II.- LA MISION EN LA LOGICA DEL PADRE

El Vaticano II afirma con claridad que la Iglesia es misionera por naturaleza. Este carácter misionero lo entronca y lo hace derivar de las misiones del Hijo y del Espíritu, las cuales a su vez están insertadas en lo que se denomina como designio, proyecto, misterio del Padre, que en definitiva es la historia de la salvación. Es interesante observar desde este punto de partida la perspectiva amplia, universal, englobante porque queda vinculada al hecho mismo de la creación. Desde esta óptica nadie ni nada por consiguiente quedan excluídos. Desde su raíz aparece por tanto la figura del Padre respecto al conjunto de la humanidad que son sus hijos. Esta vinculación al conjunto y a la totalidad queda ratificada por el acento que se deposita en el hecho de que la elección no se dirige al individuo como célula aislada, sino que la llamada tiene lugar en orden a constituir un pueblo. De este modo se abre el horizonte de un pueblo en medio de los pueblos y al servicio de los pueblos, en virtud precisamente de la vinculación inicial y radical que mantienen con el Padre.

Esta perspectiva del Concilio vive de las aguas más genuinas de la revelación bíblica. Los primeros capítulos del Génesis nos orientan al descubrimiento de una teología de la creación que no debe quedar orillada ante el (presunto) privilegio de una historia particular o de un pueblo elegido o segregado de entre los pueblos. La acción paternal del Dios creador se manifiesta hacia todas sus criaturas. Este horizonte queda marcado por cuatro coordenadas que nunca podrán ser descuidadas por la teología de la misión:

a.- el caos es convertido en cosmos precisamente por la acción paternal del Creador que ofrece un ámbito y un hogar a la humanidad que sale de sus manos; de lo informe se pasa a la forma y la figura, de lo heterogéneo a un orden y una armonía como escenario de la vida humana;

b.- el aliento del Soplo (ruach) de Yahvé abre el ámbito de la historia, ya que establece el cosmos como casa a habitar y como camino a recorrer; por eso el Soplo/Espíritu del Padre irá desbloqueando los obstáculos que dificultan el desarrollo y las posibilidades de la historia;

c.- del silencio brota la palabra que hace ser a las cosas; la palabra llama a la existencia, designa la realidad y por ello le da un sentido en cuanto les atribuye una función y un servicio; el silencio, quebrado por la palabra del Padre, deja paso a la comunicación y al encuentro;

d.- por ello de la soledad del vacío y de la nada se pasa a la compañía, porque ya hay espacio para la convivencia y lugares para el encuentro, hay tarea común en la historia a compartir, diálogo a mantener desde la libertad y objetivo a conseguir de modo compartido si se elimina la violencia y el egoísmo.

Este escenario de la historia, en todas sus dimensiones, acogerá el drama de la libertad, de las libertades finitas que se encuentran y se desencuentran porque no siempre les resulta fácil o posible escribir y protagonizar una historia común. La revelación bíblica aporta el paso decisivo dentro de las coordenadas ya dibujadas: Dios actúa paternalmente en cuanto se convierte en protagonista de ese drama humano, precisamente para garantizar permanentemente la validez y las potencialidades de la intención originaria de su designio. La solidaridad del Padre en medio de sus hijos es radical y previa. Por ello toda misión encomendada a los mediadores nunca podrá dejar de tener en cuenta las coordenadas señaladas y el drama que vive la humanidad precisamente por su libertad. Ninguna misión podrá remitirse realmente al Padre común si no tiene como objetivo central y prioritario la reconciliación de la humanidad entre sí y con el cosmos.

A continuación explicitaremos cuatro dimensiones o perspectivas que nunca deben ser descuidadas en la praxis misionera. La sensibilidad y la teología actuales de la misión las viene redescubriendo con fuerza, y debemos seguir valorándolas en cuanto emanan del designio radical del Padre. En su desarrollo los cristianos mostrarán y servirán a la paternidad de Dios respecto a todos los hombres, y con su generosidad darán testimonio de la paternidad que reveló de un modo peculiar en el envío de Jesús.

1.- El gozo en el descanso del sábado eterno

Ya hemos mencionado cómo la paternidad de Dios respecto a todos los hombres se manifiesta radicalmente en la creación, en la configuración de un cosmos en el que todos los hombres pudieran encontrarse y convivir. La voluntad paterna se muestra palpablemente en la construcción de un hogar en que puedan todos sentirse acogidos. La revelación bíblica desde sus primeras páginas ofrece esa perspectiva. La lectura y la praxis cristiana (y sobre todo, previamente, la judía) se habían centrado en la elección y por ello en el privilegio de la segregación. El Génesis (y ello será confirmado por el modo de actuar de Jesús) obliga a una perspectiva más amplia. Se establece desde un principio el horizonte de la misión, y ello desde las coordenadas más amplias: la humanidad entera y el cosmos en el que ella habita. Si, a nivel de principio, es la misión la que llama y exige a los mediadores o evangelizadores, en el pórtico de la revelación bíblica se nos ofrece la responsabilidad creacional (o ecológica) que asumen todos los que han sido enviados por el Padre.

Hemos visto cómo el cosmos está caracterizado por la palabra, la comunicación, la compañía, el desarrollo histórico. Pero el Génesis ofrece un doble símbolo que debe ser tenido en cuenta para no empobrecer la misión de los enviados. A la luz de la experiencia negativa de la humanidad, el autor bíblico presenta simbólicamente lo que fue desde un principio el sueño del Creador.

El relato del paraíso describe una situación de armonía ideal en la que quedan expresamente integradas las relaciones del hombre con la naturaleza y con los animales: la naturaleza no requiere el esfuerzo (o la explotación) del hombre para ofrecer su frutos, sino que los entrega generosamente y en abundancia para el deleite del hombre; los animales reciben su nombre del hombre, por lo que el vínculo de la comunicación excluye la agresividad y la contraposición entre ambos. En el jardín de la vida Dios y hombre podían encontrarse y relacionarse pues el contexto natural no era hostil sino hogar.

Esta metáfora queda ratificada por el símbolo del descanso de Dios en el séptimo día, en el sábado eterno. Tras la creación de todos y cada uno de los elementos del cosmos Dios vió que todo era bueno y hermoso, ofreciéndolo como un banquete al que estaban invitados todos sus hijos, los hombres en general (previamente a toda elección). En ese momento Dios descansó. Este descanso no debe ser comprendido como la actitud del ocio o de la pereza, sino como el júbilo de quien se goza en la belleza y en la abundancia de la casa del festín común y compartido. El sábado en el que Dios descansó recuerda la plenitud de vida a la que el hombre aspira en el seno de la naturaleza. Por eso permanecerá en la memoria del pueblo judío como la gran provocación y la gran denuncia, como la gran aspiración y la gran nostalgia. El año sabático y el año jubilar eran instituciones (más allá de la regularidad de su cumplimiento) que pretendían hacer presente esa apertura de la salvación hacia el conjunto de lo creado, el recuerdo de que también la naturaleza debía sentirse libre para ser fecunda.

El Reino de Dios anunciado por Jesús y su interpretación de la Ley vivían de estas convicciones, que debían romper la estechez de otros legalismos miopes y crueles. Baste recordar un gesto profético de Jesús, que adquiere todo su relieve desde esta óptica en lugar de comprenderlo simplemente como acto de oposición al legalismo judío. Cuando Jesús cura en la sinagoga a un hombre, se le reprocha realizarlo en el día santo. En principio no era objeto de recriminación el hecho de la curazión en cuanto tal. Corrientes había en el judaísmo que legitimaban la realización en sábado de actos semejantes. Lo que se le echa en cara es que lo realizara en sábado debido a que se trataba de una enfermedad no muy grave, con lo que podía provocar escándalo o actitud de desprecio hacia la costumbre judía. Dado que aquel hombre llevaba ya numerosos años con el brazo paralizado, no era excesivo pedir a Jesús que hubiera esperado al día siguiente, evitando así un motivo de discordia o de controversia con la regulación mayoritaria de la vida religiosa.

La acción de Jesús apunta precisamente en esa dirección para mostrar la artificialidad de las normas humanas cuando no recogen la intención originaria del Dios Creador. La auténtica celebración del sábado radica en el gozo de la vida, en la recuperación de la salud. Aunque se trata de una enfermedad no mortal, es precisamente la integridad de la salud lo que debe ser mostrado y recuperado en sábado. Porque de este modo, precisamente por ser sábado, se conserva el gozo de Dios en el sábado de la creación.

La armonía y el gozo del equilibrio en el ecosistema debe ser contenido de la misión cristiana. La ecología no debe ser tenida en cuenta por los cristianos como concesión a una moda o como estrategia pastoral, sino por responsabilidad misionera. Ni simple cosmocentrismo ni orgulloso antropocentrismo sino las responsabilidades ecológicas son exigencias de la revelación bíblica. Podríamos decir que todo misionero es enviado al cosmos entero saliendo de la visión inmediata en que puede encerrarse. Porque en el cosmos encuentra al conjunto de los hijos de Dios, no sólo presentes sino también futuros. El grito de la tierra esquilmada y agonizante, el quejido de una tierra explotada para beneficio de unos pocos, debe ser escuchada desde la fe y debe ser respondido con el compromiso por defender el cosmos entero desde la tierra concreta. En caso contrario no se mantendrá la misión en fidelidad al horizonte abierto por el Padre.

2.- La fraternidad de una familia de pueblos

Un fenómeno sorprendente y a la vez evidente en la revelación bíblica es que, a pesar del particularismo judío, Israel no se vinculó directamente con Dios sino en el seno de los pueblos. Más allá de la variedad y de la diversidad de razas y de pueblos, el Génesis expresa con claridad que la humanidad salió unida de las manos de Dios. Las diferencias tendrán sentido y valor como enriquecimiento de la unidad pero nunca como exclusión o ruptura de la unidad. La llamada de un hombre o de un pueblo particular sólo hacen su aparición histórica tras la quiebra de la unidad originaria, cuando la humanidad no era ya una familia en el hogar del Padre. La misión o el envío no pueden por tanto ser considerados al margen de las divisiones de la historia humana, sino que debe cargar con ellas de cara a la reconciliación, a retejer la unidad en la variedad.

El relato de Babel presenta de modo simbólico esta profunda experiencia de la desgracia humana: si la humanidad salió unida de las manos de Dios y por ello existía una sola lengua ya que podía comunicarse entre sí ¿cómo es posible que los pueblos se enfrentaran entre sí y fueran generando incomprensión y pluralidad de lenguas que establecían barreras y abismos? El asesinato de Abel por Caín y el origen de las armas, narrados en capítulos anteriores, insisten en el misterio profundo del origen de la violencia que rompe y hace imposible el encuentro y la comunicación. Estas son en realidad las grandes cuestiones abiertas y todavía pendientes en la historia de la humanidad Toda misión, debemos repetir de nuevo, debe recorrer estas grietas de la historia humana. La salvación o la evangelización del individuo singular serían abstractas e irreales si no son vividas como camino en la recreación de una humanidad congregada en el diálogo de los pueblos. El caso de Abraham, como garantía de bendición sobre los pueblos, y la constitución de Israel (como comunión de tribus dispersas previamente), con su servicio sacerdotal de cara a la reconvocatoria de los pueblos todos, quedarán como paradigma de la misión fiel al designio del Padre.

El nuevo Testamento no hará más que ratificar esta perspectiva y esta obligación. El horizonte de la misión no disminuye ni se desdibuja. Jesús no dedica gran parte de su tiempo a evangelizar a los gentiles, pero los defiende del desprecio orgulloso de los judíos. El Reino que él anuncia tiende, por su propio dinamismo intrínseco, a superar todas las barreras y exclusiones que brotan de la historia humana. La constitución de los Doce es un símbolo del pueblo que recupera su vocación originaria de servir a la reunificación de los pueblos como familia.

Este servicio sacerdotal entre los pueblos y esta tarea de reconvocatoria y de reconciliación se debe mostrar ante los miembros de otras religiones. Nunca se podrá olvidar que también ellos son hijos de Dios, que también a ellos Dios los contempla como Padre. Por ello no deben ser condenados sin más como excluídos del diálogo de Dios. Su providencia paternal nunca los ha abandonado. La evangelización en tal contexto no podrá ser más que encuentro y diálogo. En ese diálogo ciertamente no podrá faltar el anuncio y el testimonio, que no es más que la comunicación espontanea de la propia experiencia de filiación tal como se ha descubierto en el mismo Cristo, pero esa comunicación nunca deberá ir acompañada de la amenaza o de la imposición. La propia identidad debe ser mantenida precisamente para defender la peculiaridad del diálogo, pero esa identidad no puede mostrarse más que desde la mirada que el Padre dirige a aquellos que aún no han conocido a Jesús, el Hijo amado y enviado desde el seno trinitario para invitar a todos los hombres a esa comunión.

La Iglesia nace oficialmente en Pentecostés en medio de los pueblos, para recrear su unidad desde el lenguaje común de comprensión y reconciliación que ofrece el evangelio. Lucas menciona minuciosamente la diversidad de procedencias de los congregados en Jerusalén para hacer más patente la variedad de lenguas y por ello la maravilla del reencuentro de la comunicación. El dinamismo de la Iglesia naciente va a ser el esfuerzo permanente de seguir naciendo de entre los pueblos, como iglesia concreta y localizada: desde esa concreción contribuye a la alabanza a Dios, en una liturgia compartida, por todos los pueblos. La misión de la Iglesia que se multiplica en iglesias diversas consiste en hacerse presente entre todos los pueblos. Podríamos hablar de una concepción "étnica" de la misión pero en sentido abierto: el objetivo de los primeros misioneros no consiste en perfeccionar cada una de las comunidades eclesiales que se van fundando, sino en echar raíces para que el árbol siga creaciendo, a fin de poder ir a otro lugar, a otro pueblo, a otra tribu, a otra nación. La sinfonía de una Iglesia que habla todas las lenguas es una aspiración y una experiencia desde los primeros siglos. En ello se encuentra una vía privilegiada de la realización de la catolicidad de la Iglesia.

Este proceso es un servicio a la reconciliación. La carta a los efesios se goza de la superación por parte de Jesús de la enemistad entre judíos y gentiles, y a partir de esa experiencia se abre un horizonte mayor que vive de la misma lógica, que lleva a exclamar al autor: "doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia" (3,14-15). La reconciliación, que es tarea específicamente misionera, se dirige, como hemos visto, a la creación entera, pero se hace más humana y personal en la reconciliación entre los pueblos. Como servicio a esa reconciliación, el misionero sale de su localismo para vivir en medio de los pueblos divididos, enfrentados o incomunicados a fin de ofrecer el hogar común tal como es querido por el Padre. El cristiano, que se siente hijo en el Hijo, debe por ello contribuir a la configuración de la oikumene como oikos, como casa común y espacio compartido. Por ello algunos deben sentir como vocación prioritaria entregarse al establecimiento de puentes de comunicación, y por ello las iglesias adquieren un carácter intrínsecamente misionero cuando se consideran desde esta perspectiva.

3.- La fecundidad de lo nuevo

De la iniciativa del Padre arrancan la historia y el cosmos como designio de salvación y felicidad para todos. Este será el punto de referencia de la acción y de las intervenciones del Padre, como fidelidad y compromiso a lo que era su proyecto originario. La fidelidad inconmovible es rasgo personal del Padre. Las acciones fundamentales del Padre están determinadas por la felicidad del hombre pretendida en el principio y por la felicidad reconquistada garantizada en el futuro, en la consumación.

La acción primera del Padre en la historia es la creación como paraíso y la última será la acogida de la realidad toda en el retorno final tras un largo peregrinar. En este decurso entre el origen y la consumación se pueden destacar fundamentalmente dos acciones del Padre: la encarnación del Hijo como acto creador que daba origen a una criatura nueva (el nuevo Adán) desde la potencia divina, y la resurrección, como gesto recreador que anticipa la realidad desde lo que está llamada a ser. Por ello la acción del Padre vive siempre de la novedad de lo que debía ser (el "sueño originario") y de lo que está llamado a ser (vida eterna, bienaventuranza, cielo, plenitud consumada). El Padre, de quien todo procede, es a la vez el que está viniendo desde el futuro sobre la garantía de su fidelidad. La presencia histórica del Padre debe ser contemplada fundamentalmente desde la Pascua y desde la Parusía. En la Pascua se anticipa la gloria que envolverá el reencuentro de Dios Padre con la creación. Esa gloria es la que debe manifestar toda acción misionera. El misionero ha de ser el profeta que evalúa e interpreta los acontecimientos y las realidades desde lo que están llamados a ser. En ese sentido es una pro-vocación, en cuanto llamada a desarrollar su identidad originaria.

En el ejercicio concreto es misión de la Iglesia otear los caminos del futuro, identificar las realidades configuradoras del futuro, analizar las tendencias que contribuyen a la felicidad del hombre (o exorcizarlas de los demonios de su ambigüedad). Es siempre el Espíritu el que acompaña esta tarea, esta percepción y este compromiso. Pero es el Padre el que va conduciendo la historia entre las adversidades y bloqueos de la historia, o al menos el que va marcando lo que contribuye a la realización de los hombres como hijos suyos.

Por ello una de las responsabilidades de la misión debe ejercerse en todo aquello que genera futuro, que crea historia, que abre caminos. Llamadas como la de Juan Pablo II en Redemptoris Missio se deben entender como una provocación profética a la Iglesia para que se haga presente en los nuevos areópagos culturales, para que se sienta apasionada por los campos que abre el Sur y Asia como ámbitos de evangelización, para solidarizarse en las nuevas realidades sociales en que se despliega la vida humana y colectiva (barrrios de grandes ciudades, jóvenes, relaciones internacionales...). La libertad y la imaginación que se requieren deben ser cultivadas en mayor medida en nuestros contextos eclesiales y misioneros a fin de que se perciba que la misión del futuro ha de recorrer tales senderos.

La novedad cristiana debe mostrar igualmente su fecundidad haciendo percibir la originalidad de la

experiencia y de la fe cristiana. Demasiados elementos tienen sabor de rutina y demasiadas instituciones sienten la tentación del anquilosamiento. La savia más pura y genuina de la realidad cristiana puede ofrecer y debe presentar sus peculiaridades no por la preocupación de ser distintos sino por la responsabilidad de transmitir la propia identidad: la paciencia paternal y la confianza de la parábola del hijo pródigo, la cercanía personal de un Dios trinitario, la catolicidad de una comunión extendida en contextos tan diversos, la confianza profunda en la realidad y en el hombre, el amor cada vez más intenso a pesar de los rechazos, la conjugación de la cruz y de la resurrección, la disposición radical al perdón como seguridad de recomenzar una historia nueva, el perdón a los enemigos como expresión máxima de la voluntad de un Padre que realmente considera a todos hijos suyos porque hace salir su sol sobre buenos y malos... Son aspectos que pueden ser vividos cada día como si fueran descubrimientos novedosos, y es esa novedad la que auténticamente constituye la evangelización en sentido estricto.

4.- La compasión de las entrañas conmovidas

La paternidad que identifica como característica personal al Padre de Jesús se manifestó de un modo máximo en Pascua: en ese momento, como hemos dicho, el Padre hizo participar de su gloria, como nuevo Adán, al Hijo desvalido y humillado, pero esa reivindicación de Jesús por el Padre se realizó a favor de todos los hombres, porque siguen siendo también sus hijos. Las Pascua es por ello el requiebro definitivo e irreversible con que el amor del Padre intenta seducir la libertad de los hombres mostrando la magnitud del amor que se efunde sin limitaciones por la acción del Espíritu. Este modo que caracteriza a Dios como Padre debe repercutir en el ámbito misionero fundamentalmente en una doble dimensión.

De un lado desde la comprensión con la debilidad y la fragilidad humana. El Padre, especialmente a la luz de la encarnación en la que el Hijo se hace hombre, comprende mejor que nadie la dificultad de ser hombre, la dignidad que se requiere para ser hombre en fidelidad a la propia vocación. El Padre creador del hombre a partir del barro de la tierra sabe que se requiere tiempo. La paciencia es por ello actitud básica del Padre. 2Pe 3,9 lo afirma con claridad: habría podido anular la historia ante la ingratitud de los hombres, pero la lógica de la Pascua lo hace inviable; "no retrasa el Señor la promesa... Es que pacientemente os aguarda, no queriendo que nadie perezca, sino que todos vengan a penitencia". En Ireneo resonarán los mismos ecos. La parábola del hijo pródigo debe aplicarse al devenir de la historia humana, y la misión cristiana debe testimoniarla como colectivo en medio de los pueblos y frente al conjunto de la humanidad.

La misión de la Iglesia debe actuar como lo hacía Yahvé respecto a su pueblo, pues la humanidad entera se ha convertido en el pueblo de Dios alque debe servir la Iglesia entera. La dialéctica entre la exclusión y la acogida, entre la amenaza y la comprensión acaba siempre inclinándose del lado de la segunda posibilidad. Is 49,14-15 la había descrito de modo vibrante: aunque una mujer pueda olvidarse del fruto de sus entrañas "yo no te olvidaría". La actitud paternal se reviste de tonos de madre y de enamorado. Jer 31,20 expresa la misma tensión: "cuantas veces trato de amenazarlo, me acuerdo de él, y tengo que tener piedad de él". ¿Por qué se impone la necesidad de la piedad a pesar de la tendencia al castigo? En la respuesta a esta pregunta se esconde el misterio paternal de Dios que así se revelará en Jesucristo. El capítulo 11 de Oseas es aún más claro: si "fui para ellos como quien alza una criatura contra su mejilla", "¿cómo te he entregar?" "Mi corazón se ha vuelto contra mí, a una se han conmivido mis entrañas. No llevaré a efecto el ardor de mi cóera...porque yo soy Dios y no un hombre, soy santo en medio de ti y no me complazco en destruir" ¿Qué es esa santidad de Dios más que su distancia respecto al modo humano de actuar, la invisibilidad del Padre, que no se revela adecuadamente más que en la actitud de Jesús y que así debe reflejarse en la actitud de cada iglesia y de cada misionero ante aquellos a quienes se dirige? ¿Puede ofrecer algo superior a esta experiencia de la paternidad de Dios que no se cansa de esperar? Como recordará la patrona de las misiones, Teresa de Lisieux, desde su elevación contemplativa, en Dios nunca se espera demasiado.

Desde otro punto de vista se manifiesta la conmoción de las entrañas del Padre: al contemplar ylos sufrimientos de los más débiles y escuchar el quejido y la protesta de los humillados y explotados. La entrañas del Padre no pueden quedar insensibles al observar que muchos de sus hijos son reducidos a la situación de no-personas, como excluídos de la sociedad y del banquete preparada para que fuera compartido por todos. El pathos o la sensibilidad del Padre, que ya recordaban Orígenes o san Gregorio de Nysa, se manifiesta de modo insuperable. El Padre no puede dejar de padecer en el padecimiento de los hijos. Sería una insolencia predicar la bondad de un Padre que se manifiesta exclusivamente desde la felicidad de su transcendencia inaccesible y por ello distante.

En tales casos la actitud del Padre no puede ser más que la protesta y la predilección por los más desfavorecidos. El Padre se manifiesta con claridad en las bienaventuranzas de Jesús: éstas dejan ver dónde se encuentra Dios con predilección, entre los más necesitados simplemente porque están necesitados, sin ulteriores condiciones o requisitos. El amor se convierte en ternura respecto al hijo enfermo o deficiente. Ante esta situación resulta una cuestión abstracta centrarse unilateralmente en la identidad o en la esencia de Dios. La vía cristiana por la que Dios se revela deja ver con claridad el lugar en el que Dios actúa como Padre y en que especialmente desea que se cumple su voluntad. La misión de la Iglesia no puede por ello recorrer otros senderos que aquellos en los que según el evangelio se encuentra el Padre.

Esta opción implica necesariamente una parcialidad, pues en caso contrario no se daría una opción preferencial. Dada la actitud de Dios no se puede hablar de exclusión de los otros. Pero entre las divisiones de los hombres la revelación del amor de Dios no puede renunciar a la denuncia. El consuelo a favor de unos resuena en muchas ocasiones como reproche a la insensibilidad de otros. La opción no puede llevar consigo el odio o la maldición, pero las bienaventuranzas no pueden dejar de hacer patente las responsabilidades de quienes producen o provocan el empobrecimiento de la mayoría. En este sentido no carece de razón Amaladoss cuando recuerda que la profecía forma parte intrínseca de la misión de la Iglesia en sentido estricto: una profecía dirigida contra los ricos que desde su opulencia no afrontan las causas que generan la injusticia y la opresión y por ello contra un Norte responsable de que exista el Sur.

Conclusión: la misión como revelación del Padre

El Padre invisible, en cuanto origen de la Trinidad, es inaccesible directamente a los hombres. El no ha tomado rostro visible, como ha hecho el Hijo. Los hombres quedamos siempre en el deseo de contemplar al Padre, según la petición de Felipe: "muéstranos al Padre" (Jn 14,8). El Hijo único, que existía junto a Dios, nos lo ha contado (1,18). El relato de Jesús nos ha servido para percibir el modo de ser del Padre, pues ha vivido de El y para El: "Yo voy hacia mi Padre y vuestro Padre" (Jn 20,17). Este es el relato que hemos intentado desvelar y desglosar en sus aspectos fundamentales. De este modo la misión de la Iglesia adquiere sus perfiles más cristianos. Porque esta misión no puede ser otra que la de servirá para mostrar el rostro del Padre a fin de que la humanidad entera se reencuentre como familia unida en el mismo hogar.