Juan Bottasso, SDB (Quito - Ecuador)
El rostro multiétnico de América Latina: un reto para la Iglesia


Hoy casi la mitad de los católicos del mundo se hallan en América Latina y es desde América Latina que migran hacia Estados Unidos y Canadá esas masas que cambian la relación estadística de los católicos de aquellos países dentro del total de su población.

Pero esto no significa que la Iglesia del subcontinente viva un momento de especial pujanza y vitalidad. Porcentajes impresionantes de sus fieles se pasan a las sectas, las vocaciones no crecen de acuerdo al incremento poblacional y la urgencia de afrontar situaciones emergentes no le permite detenerse para reflexionar sobre problemas de enorme importancia, de los cuales uno es la necesidad de trazar líneas pastorales acordes con el pluralismo cultural de sus habitantes .

Es sobre este último punto que quisiera detenerme, pero no lograría ofrecer una visión panorámica aceptable sin una mirada al recorrido de cinco siglos de historia. Sólo un serio conocimiento del pasado permite descifrar el presente y proyectar el futuro.

1. Contexto general de la conquista y evangelización

El proceso de conquista-evangelización de América nos resultaría ininteligible sin múltiples referencias históricas que ayuden a situarlo. Estas quizás podrían arrancar ya desde los primeros siglos del cristianismo. San Agustín, por ejemplo, admitía que las masas no pueden ser conducidas al bien sólo mediante exhortaciones y que hace falta una cierta capacidad de coacción, unida a la amenaza del castigo, para evitar el mal. El mismo había invocado la intervención del brazo secular contra los donatistas. Se establecía así un peligroso precedente para la praxis de la Iglesia medieval.

Parte de Europa fue convertida manu militari. La cristiandad, después, no afrontará al Islam en el terreno de las disputas teológicas, sino en los campos de batalla. En este contexto, España es un caso especial y emblemático. La unidad nacional, el mismo carácter de su gente y los ideales celebrados en la literatura popular se formaron en la lucha contra el moro, en la reconquista, que duró más de siete siglos. La unidad política, pues, se plasmó en torno a valores y símbolos religiosos. La cruz y la espada no se encontraron unidas por primera vez en la empresa americana: iban juntas desde siglos. Fue en España, y no en América, donde se inició el sistema jurídico que unía indisolublemente el poder civil con el eclesiástico (Patronato).

Así la conquista de América no puede entenderse sin la reconquista de España. En el mismo año en que cae el último reducto moro (1492, toma de Granada) son descubiertas las Indias Occidentales. El expansionismo político-religioso de una nación, apenas unificada y llena de vitalidad, encontró inmediatamente un nuevo y amplísimo campo de acción con infieles por convertir o combatir. Si en España se podía ser súbditos del Rey Católico únicamente siendo católicos, si la disidencia religiosa era considerada también disidencia política y, por tanto, peligrosa para la supervivencia de la nación, sería ingenuo esperar que en América se practicara un pluralismo que será sólo producto del Siglo de las Luces.

2. Los indígenas

América, como también Australia, es el continente donde la población autóctona ha sufrido un cambio casi total. Los habitantes que ocupaban América antes de llegar Colón han estado a punto de desaparecer y ahora están reducidos a un modesto 10% de los 440 millones de latinoamericanos.

Dada la indiscutible superioridad técnica de los europeos, el sometimiento de los indígenas fue un hecho fulminante y total. Con menos de 200 hombres, Pizarro rompió la espina dorsal de un imperio que se extendía a lo largo de 4.000 km. Desde el inicio, los europeos no se sintieron huéspedes en América, sino dueños. Los verdaderos señores de casa quedaron reducidos a siervos. El resto es conocido sobradamente: el modo de vivir de los indígenas fue considerado salvaje; su lengua, mero dialecto y sus religiones, un conjunto de supersticiones. Se llegó a cuestionar que tuvieran alma y, pese a concluirse que sí la tenían, en un siglo disminuyeron en un 80%. La leyenda negra seguramente exageró las dimensiones de la masacre que tal vez se dio en el Caribe, pero, no así en el resto del continente. Los españoles no podían ser tan miopes como para destruir una mano de obra de la que tenían gran necesidad. El factor más importante en el desastre demográfico estuvo constituido por las enfermedades y las emigraciones impuestas por motivos de trabajo.

Lentamente, los amerindios luego de ser "señores del continente" pasaron a ser una población secundaria, sometida y despreciada. No hay que olvidar un aspecto típicamente latinoamericano como el mestizaje (fenómeno casi ausente en las colonias anglosajonas). El mestizo, marginado por los blancos, no se siente indio; es más, él mismo odia al indio al rechazar esta mitad de sí mismo que pertenece al mundo de los vencidos. El mestizo no es hijo del encuentro de dos mundos, de dos personas que se amen y se estiman, sino hijo de la violación y de la humillación de la mujer india. Los cantos latinoamericanos están llenos de textos donde la mujer aparece como la causa de todos los males (traidora, infiel, ingrata...). La mujer, la madre, representa el continente sometido, a quien se ama y desprecia al mismo tiempo.

El recambio de la población americana tiene a la base tres grandes factores: la caída demográfica de la población india, la importación en masa de africanos y la inmigración europea. Esta última no se ha interrumpido en más de 500 años y su última gran avalancha se extiende desde la segunda parte del siglo pasado hasta la primera guerra mundial que la frenó sin interrumpirla.

3. La Iglesia

La Iglesia ha tenido un papel central en todo este proceso. Hoy, muchos insisten en declararla cómplice de la sumisión de los indígenas. Sin duda ha tenido su parte de culpa y no sólo por omisión. Creo, sin embargo, que se puede afirmar sinceramente que, sin ella, el destino de los indígenas hubiera sido mucho peor. Con todo, también es verdad que la actitud de la Iglesia no ha sido uniforme a lo largo del medio milenio de presencia latinoamericana. Sin duda, pocos siglos en la historia de la Iglesia son comparables al siglo XVI, en lo que se refiere al gran número de apóstoles geniales, audaces, creativos y sacrificados; especialmente en la primera mitad del siglo, tiempo que coincide con el inicio de la evangelización de América. Y si bien es cierto que en ese primer siglo la atención pastoral estuvo centrada de preferencia en los indios, poco a poco se produjo un enfriamiento que, no mucho después se llenó del pesimismo y la resignación que, con pocas excepciones, reinaron en los siglos posteriores. Los misioneros se convirtieron en párrocos, la evangelización en pastoral sedentaria y las tentativas de inculturación terminaron en actitudes de "ordinaria administración".

¿Por qué esa decadencia tan rápida y generalizada? Un factor determinante fue la caída demográfica: más allá de ser pueblos sometidos, los indios se convierten en minorías. Así la atención pastoral se concentra cada vez más en los núcleos urbanos que van apareciendo por doquier. El indio termina por quedar al margen y atendido con una pastoral superficial y repetitiva: todo queda reducido a una catequesis muy pobre, limitada a la repetición de unas pocas fórmulas y a una pastoral de ritos sincretistas y sólo en apariencia cristianos.

La independencia política no logrará mejorar esta situación, antes al contrario, la empeorará. Hoy los indígenas de América Latina son cerca de 40 millones, el mismo número que en 1492. Pero con una gran diferencia: viven junto a otros 400 millones de personas que los han relegado al último puesto de la escala social. Hay otro factor que milita en su contra: la fragmentación. Hace falta decirlo: el indio no existe. Es una abstracción cómoda para los analistas, sociólogos y políticos. En realidad, existen centenares de pueblos aborígenes con lenguas, creencias y usos diversísimos. Si esto no se tiene en cuenta, se formularán proyectos condenados al fracaso.

4. ¿Fracasó la evangelización?

La polémica en torno a la evangelización se polarizó alrededor de dos posturas contrapuestas. Unos ven en la labor de los misioneros una actividad un tanto fanática utilizada con habilidad por el poder político y económico para domesticar y someter al indio y al negro. Las manifestaciones de este proceso en el campo de la cultura fueron la destrucción de tradiciones, de idiomas y de estructuras sociales... Otros ven en la historia de las misiones una larga serie de heroísmos y sacrificios, no siempre pagados con el éxito, pero altamente meritorios. Ambas posiciones encierran parte de verdad y no quiero detenerme a analizarlas en detalle.. Consideraré la actividad misionera en su conjunto.

4.1. Marginación de indígenas y afroamericanos: el por qué

Nadie, que quiera ser objetivo y honesto, puede negar que en estos cinco siglos las misiones americanas han visto un desfile impresionante de personalidades, notables no sólo por su dedicación y entrega a su tarea evangelizadora específica, sino por la amplitud de su visión, habilidad de organización, capacidad de observación de la naturaleza y de las costumbres humanas, hasta el punto de dejarnos los únicos materiales - aún aprovechables - para las ciencias naturales y la etnografía. Fuera de las personalidades conocidas, la gran masa de otros obreros anónimos desplegó un gran caudal de sacrificio que no puede ser, simplemente, atribuido a mala fe.

Pese a todo ello, tampoco nadie puede negar que, más allá de las buenas intenciones, desde la perspectiva de los indígenas el balance de estos cinco siglos es sumamente modesto. En amplísimas zonas del continente ellos ha desaparecido total o casi totalmente. En otras, han sido reducidos a la mínima expresión (en Brasil de 5 millones quedan unos 200.000 y en situación desesperada). En la zona mesoamericana y andina sobreviven fuertes núcleos de población autóctona, pero no para testimoniar el éxito de la labor evangelizadora, dado que ocupan el último peldaño de la escala social, marginados y despreciados por la población blanca y mestiza. En la misma Iglesia, y después de tantos siglos, permanecen invisibles. No hablo de su presencia en los templos, sino en la jerarquía, en las expresiones teológicas y litúrgicas, en los centros de decisión. Un resultado de este tipo debe tener alguna explicación. Lo cierto es que nada quedó sin intentarse en estos cinco siglos, desde las escuelas, las misiones itinerantes, las reducciones... hasta la presión militar.

Fundamentalmente, cuando la Europa cristiana llegó a América no estaba preparada para entenderla y ni siquiera para intentar hacerlo. Ya se apuntaron algunos datos en el cuadro histórico inicial. La Iglesia, después de las primeras décadas de dificultad para penetrar en el Imperio romano, había acabado identificándose con él, con su mentalidad, su cultura y sus estructuras organizativas. Poco a poco había forjado su fisonomía a imagen del Imperio. Así y en contraposición al mundo de los bárbaros, se replegó sobre sí misma. Muchos cristianos de la época patrística consideraban a estos bárbaros como seres inferiores y, los más osados e iluminados como Prudencio (s.V), admitían para ellos una sola vía para llegar a ser verdaderos hombres y salvarse: aceptar la cultura romana y bautizarse.

América, como ya lo señalamos, fue descubierta cuando España terminaba de expulsar a los últimos árabes: la conquista era una lógica prolongación de la reconquista. Para el europeo de entonces, el único universo legítimo era el de la cristiandad y el único ser verdaderamente humano era el que vivía en el seno de la Iglesia y al amparo de los soberanos católicos. Resultaba imposible que esa mentalidad pudiera engendrar hombres dialogantes, dispuestos a aprender y a buscar o respetar valores en otras culturas. La discusión, cuando llegó a existir, se reducía a los métodos de conversión, sin que pusiera en duda la superioridad del cristiano y la ausencia de elementos salvables en otras culturas (aunque no haya faltado quien, como Bartolomé de las Casas, las miraba con simpatía).

Europa, tomándose a sí misma como unidad de medida, juzgaba a los demás como inferiores e intentaba dar una explicación al hecho. De aquí nacieron varios mitos, como el del indio degenerado (por faltarle la religión verdadera o no vivir en sociedad) o del indio "eterno niño". Toda la legislación colonial, eclesiástica y civil, parte del presupuesto de que el indio es un menor, necesitado de tutelaje. Las famosas reducciones jesuitas de Paraguay nunca tomaron en cuenta que algún día los guaraníes podrían llegar a ser autóctonos. El sistema funcionaba a la perfección, pero no estaba previsto que llegara a funcionar sin los padres y cuando ellos, después de un siglo y medio, fueron alejados, toda la estructura se desplomó.

Otro mito creado por los europeos en la "época de las luces" fue el del "buen salvaje", como si los indios vivieran en un estado de inocencia edénica no corrompida por las presiones sociales. Es el opuesto simétrico del mito del indio degradado. En ninguno de los dos casos el americano autóctono es un ser normal, con los problemas y las virtudes de todos los humanos.

4.2. Marginación mantenida

Los viajeros y exploradores, que empezaron a menudear a fines de la Colonia y durante el siglo XIX, no aportaron una visión más objetiva del indio. En sus relatos abundan las descripciones de tintes muy recargados, tendientes a suscitar el estupor del lector y la admiración por aquellos hombres que se habían atrevido a penetrar entre pueblos tan primitivos, crueles o imprevisibles.

Tampoco las repúblicas, nacidas del desmoronamiento del imperio ibérico, ofrecieron espacios de libertad o un aprecio mayor para el mundo indígena. El progresismo que ostentaron las clases dominantes las llevó a una actitud igualmente negativa para con los nativos. Entonces entraron en juego otras exigencias: la pertenencia a un estado, la defensa de las fronteras (que muchas veces partieron a las etnias por la mitad), la habilidad en la producción, la capacidad de ahorrar y acumular, la alfabetización.. . Nuevamente, juzgado con este metro, el indígena fue calificado de atrasado e impermeable a la civilización. En la época republicana las misiones fueron contratadas por los estados para "reducir a los bárbaros al humano convivir" y hacerlos ciudadanos aceptables.

No quiero recorrer todas las etapas de la historia, sino solo traer unos ejemplos esclarecedores. No faltan tampoco en nuestra época. Hoy, por ejemplo, existen muchos antropólogos comprometidos, pero ni tampoco ellos saben liberarse siempre de actitudes paternalistas: al indígena hay que concientizarlo, hay que organizarlo, hay que ayudarlo a entrar en la dialéctica de la lucha de clase... En fin, le toca siempre aceptar y aprender. La presencia del estado moderno es, en cierta forma, más sofocante que la del imperio colonial, tanto más que se ha vuelto imposible escaparse a su intervención. Un ministerio obliga al indio a ir a una escuela en la que, a menudo, no entiende nada; otro lo llama al cuartel para "servir a la patria", otro estudia sus terrenos, en vista de una "utilización más racional"; otro le pide que demuestre que tiene derecho a vivir en la tierra en la que ha vivido siempre; otro le obliga a identificarse con una tarjeta plastificada y a legalizar su matrimonio. Una infinidad de agencias se ocupan de su desarrollo, de su inserción en la nacionalidad. Poquísimos lo consultan o le dejan margen para que exprese lo que realmente quiere. En medio de este complejo paisaje llegan varias organizaciones religiosas que, mientras intentan también promoverlo, le proponen distintas formas de salvar su alma, cada una según un esquema distinto. No se puede afirmar, de veras, que la suerte de los indígenas hoy haya mejorado sustancialmente.

5. Asumir el peso del pasado

En las carabelas que atracaron en tierra americana el 12 de octubre de 1492 no viajaba ningún misionero, sin embargo ese día comenzó también la conquista espiritual del continente. Colón, una vez desembarcado, plantó la cruz y proclamó que había llegado para propagar la fe. En el segundo viaje traía consigo al P. Boyl. Desde entonces, la presencia de la Iglesia no faltó un solo momento en la historia americana.

Hoy este hecho no es solo motivo de orgullo. Recordar que ha habido Bartolomé de las Casas se da por descontado. Contestadores como él, aunque menos conocidos, los ha habido por millares; pero no sería honesto, ahora, levantar esta bandera para proclamar que la Iglesia ha estado siempre y toda del lado del indio. Es verdad: de su seno han salido las únicas voces que, no solamente han condenado los métodos de las conquistas, sino que han cuestionado su misma legitimidad. La Iglesia tiene a su haber un sinnúmero de iniciativas, geniales y audaces, a favor del indio... Pero, con la progresiva criollización, las voces incómodas han perdido vigor o han sido acalladas (no solo por parte de la autoridad civil) y no han logrado cambiar la curva de una historia que, por siglos, ha hecho del trabajo esclavo el eje de la explotación del continente.

Todo esto hoy la Iglesia lo reconoce serenamente, porque sabe que no está hecha solamente de profetas y santos, sino de hombres pequeños y pecadores. Reconocer las debilidades propias es el punto de partida para ser cristianos. Pero se debe decir también que, en este momento, a indios y negros no les interesa mucho una Iglesia nada más que arrepentida, una Iglesia que mire hacia atrás cargada de complejos de culpa, amedrentada y tímida. De ella esperan algo más. Exactamente porque conoce y admite una historia que es también pecado, a ella le piden que siga siendo su compañera de viaje, cargada de la sabiduría que le viene de una larga y dolorosa experiencia y fortalecida por ese Espíritu que renueva su juventud.

¿Qué se puede esperar entonces de la Iglesia, una vez que ha realizado el balance de sus 500 y más años de vida americana? Se pueden sacar algunas constataciones y adelantar unas hipótesis.

6. Es necesario partir de las minorías

El Papa en Santo Domingo pidió a los indios que perdonaran a los cristianos los sufrimientos que les habían causado en los siglos anteriores. Fue un gesto valiente y altamente simbólico, pero no debe eximirnos de cuestionar en profundidad nuestra mentalidad y conducta.

Está bien pedir perdón al indio y al negro, pero no es suficiente si permanece el racismo, la discriminación y la mentalidad colonialista que tienen raíces inconscientes y hondas en cada uno de nosotros. La Iglesia latinoamericana es demasiado blanca en su teología, en su catequesis, en su liturgia, en su jerarquía. Debe desandar un camino de siglos, para cuestionar seguridades y posiciones adquiridas. Amargo destino el de las minorías: toleradas de mala gana, a menudo miradas con desprecio y hostilidad, acaban en los ghettos o son objeto de una asimilación forzada e, incluso, de planes de exterminio. Esto sucedió a los indios en su misma tierra.

Los negros son más numerosos. Pero para ellos las cosas han ido aún peores. Nunca existió un frente de defensa de los negros como lo hubo para los indios. No faltaron religiosos dedicados a aliviar los aspectos más dolorosos de su triste suerte, pero casi nadie discutió la legitimidad de sus cadenas. Hay controversia sobre la real posición de Bartolomé de las Casas frente a la esclavitud de los negros, pero es seguro que no demostró con ellos la misma clarividencia que lo caracterizó respecto a los indios. En Brasil, Antonio Vieira fue el gran abogado de la causa indígena, pero justificó sin vacilaciones de conciencia la esclavitud de los negros y llegó a predicarles que debían considerarla una verdadera gracia, porque les había permitido llegar a recibir las aguas de bautismo. Hoy los afroamericanos son el doble de los indios, pero representan minorías en casi todas partes.

Una Iglesia afligida por una carencia crónica de cuadros, sumergida en un mar de necesidades en las grandes metrópolis, sitiada por sectas agresivas que a diario le sustraen miles de fieles, corre el riesgo de limitarse a una pastoral de emergencia, que asegure a las masas un mínimo de atención sacramental. Esto equivale a abandonar a indios y negros a la deriva. Para trabajar con ellos es indispensable una dedicación específica, cariño, constancia, preparación seria, sin que se trate sin embargo de una tarea reservada a los especialistas. Toda la Iglesia debe hacerse india y negra si quiere renovarse. Es decir: debe partir de la periferia, abandonando la seguridad que nace del poder o del apoyo y aprecio de los que detentan el poder. A distancia de siglos comenzamos a verlo claramente: la debilidad de la Iglesia latino-americana no viene solo del hecho de haber llegado al continente en los mismos barcos de Cortés y de Pizarro (lo que, por otro lado, muy difícilmente podía evitar), sino de haber sido enviada, financiada y administrada por ese mismo Consejo de Indias que enviaba a los conquistadores. Si hubo contestación, debió darse siempre al interior de límites tolerables.

A medida que esta Iglesia se hizo del lugar, a medida que buena parte de sus pastores fueron hijos de los mismos hombres de la administración colonial, la Iglesia de los Montesinos, de los Zumárraga, de los Sahagún, de los Quiroga se fue volviendo dócil. La renovación no puede venir sino del esfuerzo para ponerse del lado de los vencidos.

7. Aportes de la antropología

Hablando del pasado casi todos se limitan a la época colonial, sin tener en cuenta que la Colonia ha terminado hace 180 años. Pero no se puede afirmar que, desde entonces, la actitud para con las distintas etnias haya cambiado mucho, tampoco en la Iglesia. Después de un período de notable ausencia en este campo, sobre todo a raíz de la expulsión de los jesuitas, hubo un rebrote de interés por las poblaciones autóctonas, en la segunda mitad del siglo pasado. De acuerdo con la época, el lenguaje asumió tintes mucho más románticos que en el pasado. Durante la Colonia no existía la literatura popular; se escribían sobre todo informes a su Majestad o tratados de tipo teológico y pastoral. En el siglo XIX surgen las publicaciones misioneras destinadas a la divulgación y se pueblan de indios, chamanes, serpientes, florestas... que sirven de telón de fondo para la acción siempre heroica del misionero. El proyecto era el de evangelizar y civilizar lo más pronto a los salvajes y las fotos de las revistas documentaban los éxitos, mostrando a los neófitos vestidos y peinados. Que el proyecto misionero, hasta hace poco, haya sido el de asimilarlos a la llamada civilización, está fuera de discusión .

7.1. Protagonistas de su propio destino

Vista esta situación, ¿qué se puede hacer? No existen respuestas fáciles, pero se puede intentar alguna hipótesis. Por de pronto es indispensable formular bien la pregunta, para evitar que suene así: una vez que han quedado algunos millones de personas mal asimiladas, atrasadas, improductivas, cortadas del progreso, ¿qué podríamos hacer para ponerlas al paso de la historia? Pensar de esta manera, demuestra una mentalidad completamente colonialista. Si seguimos tratando a los indígenas como menores e incapaces, tomando las decisiones que les corresponden a ellos, no haremos otra cosa que agravar la situación. Puesto que se les ha quitado el espacio, el orgullo, la autogestión, ¿qué hacer para devolverles la capacidad de ser protagonistas, así que puedan retomar en sus manos el propio destino?

Suponiendo que hayan desaparecido del todo los proyectos que proponían la sencillísima solución de hacer desaparecer físicamente al indio (y no son de la época colonial, sino de tiempos recientes, como en la Argentina del siglo pasado y, en varios países, de nuestros tiempos) se pueden reducir a dos las propuestas actualmente existentes: la integracionista y la clasista.

La propuesta integracionista, en distintas maneras y medidas, ha sido adoptada por todos los Gobiernos. A través de la escuela, los proyectos de desarrollo, el servicio militar, se intenta sacar al indio de su atraso y hacer de él un individuo que produzca y consuma como todos, es decir, un individuo "útil". En otras palabras: se tolera al indio, con tal que deje de ser indio y se diluya en la masa del mundo mestizo. Esta posición no la comparten solamente unas élites dominantes, sino la gran mayoría de la opinión pública, que se siente incómoda frente a ciertas reliquias del pasado que, al sobrevivir, empañarían la imagen del país y constituirían un lastre para el progreso.

La propuesta clasista es típica de las varias corrientes de la izquierda marxista. Parte del presupuesto que el indio es un oprimido y un explotado; consecuentemente su liberación no puede recorrer otro camino que no sea el de la identificación con las grandes masas proletarias que pueden golpear el sistema capitalista (y el Estado que lo representa) allí donde es más sensible: en la producción. En la óptica de la visión clasista, insistir en las diferencias culturales (lengua, costum-bres, tradiciones) no solamente es irrelevante, sino dañino, porque fragmenta una unidad que es indispensable para el éxito de la lucha de liberación. Conclusión: que el indio se salve proletarizándose.

Aunque el proyecto parezca opuesto al anterior, se le asemeja de manera impresionante: el indio se salvará integrándose en las clases trabajadoras, los sindicatos, etc. es decir: debería desaparecer en cuanto indio. Reducir al indio a pobre, significa despojarlo de lo que tiene de más peculiar: su especificidad cultural. Es cierto que las organizaciones indígenas deben buscar alianzas con el mundo de los oprimidos, pero no deben diluirse en ellos.

7.2. Espacio propio en una sociedad pluralista

La propuesta alternativa no consiste en la búsqueda de una posición equidistante de las dos anteriores, sino un proyecto nuevo. Se trata de construir una sociedad pluralista, en la que los débiles y los distintos no se vean aplastados por quienes son numérica, política o económicamente más fuertes, sino que tengan un espacio para construir su proyecto histórico.

No se puede olvidar que el problema asume cada día dimensiones más universales. Los desplazamientos de masas humanas, por motivos políticos o económicos, son cada día más frecuentes y debemos acostumbrarnos a convivir con la presencia del otro, el que vive y piensa distinto. No se pregunta si esto gusta o no. Sencillamente está sucediendo y resulta casi imposible impedirlo o frenarlo.

El futuro de las minorías no deben planificarlo las mayorías como si se tratara simplemente de presencias incómodas que hay que eliminar lo más pronto posible, colocándolas en ghettos o asimilándolas a la fuerza. Vivir en un mundo pluralista es complicado. Implica una búsqueda continua de equilibrios inestables. Significa formar desde la infancia, a través del lenguaje familiar, la escuela, los medios de comunicación social, un sentido profundo de respeto por quien es diferente. Un mundo de compartimientos rígidos, con zonas culturales y étnicas bien definidas, pertenece al pasado y, en parte, al presente, pero probablemente no debería pertenecer al futuro.

Se podrá objetar: "Caminamos hacia un mundo unificado, hacia la aldea global ¿qué sentido tiene cultivar unas diversidades que están destinadas a desaparecer"? Es verdad: el mundo se une y los contactos lo vuelven muy pequeño, pero la perspectiva de la uniformidad cultural no es en absoluto halagadora. Exactamente porque existe la amenaza de la masificación, hay que luchar para defender la diversidad. La nivelación, el producto en serie, viene de la máquina; la diferencia, en cambio, viene de la creatividad humana. Esta lucha les compete exactamente a los católicos, porque la catolicidad es universalismo que consiste en la posibilidad de expresar en todas las lenguas y en todas las culturas del mundo la respuesta humana a la llamada divina de salvación. Sería triste el día en que hubiera que guiarse por una sola moda y hubiera que hablar una sola lengua. Porque fueron destruidas las múltiples formas de expresión, de las cuales las lenguas son un aspecto.

8. ¿Queda un espacio para la evangelización?

En los últimos años la visión del indio ha sufrido un cambio radical, por lo menos en ciertos ambientes intelectuales: de salvaje y primitivo, se ha convertido en un ser ideal, cuya vida sencilla y en contacto con la naturaleza es el opuesto de la vida hipócrita y corrompida de nuestras ciudades.

Ya en el siglo XVIII "el buen salvaje" era un invento de los filósofos, una proyección de la insatisfacción de los europeos, más que una realidad. Hoy también esta visión peca de excesivo optimismo. Los indios, especialmente los jóvenes, no viven una situación ideal, andan tremendamente desorientados; han perdido en buena parte sus valores tradicionales, sin adquirir otros nuevos.

Algunos misioneros, impresionados por las críticas generalizadas a su trabajo del pasado, han declarado una tácita moratoria a la proclamación del Evangelio y se limitan a iniciativas de promoción social y de organización política. Pero no se puede compartir esta posición. Un pueblo no sobrevive porque organice una cooperativa o aprenda a trabajar la tierra con el tractor, sino porque descubre unos valores que dan sentido a su existencia, unos valores en nombre de los cuales vale la pena vivir y morir. Por otra parte, las religiones tribales ya no están en condición de dar respuesta al dasafío que estos pueblos viven hoy. Hay que buscar, junto a ellos, el sentido de la vida, en una situación que les ha traido unos cambios casi insoportables. Una sola generación ha tenido que correr un trecho que a otros pueblos les ha exigido milenios. Decir que esto crea confusión es decir muy poco. A menudo los jóvenes rechazan la tradición, se avergüenzan de sus ancianos y buscan una modernización carente de alma. Limitarse a proponerles solamente instrucción y desarrollo material equivale a rendirles un pobre servicio.

Pero si se les hace una propuesta de tipo religioso, no se debe prescindir de su recorrido milenario, so pena de no ser entendidos. Esto implica una dedicación tenaz a investigar su visión del mundo, para entenderla en profundidad. No debemos olvidarlo: no es suficiente una vida para comprender una cultura. No podemos ir solamente a enseñar, hay que aprender, hay que escuchar, observar, aprender lenguas, estudiar estructuras de parentesco, grabar y traducir mitos, cantos, proverbios... Esto no es fácil, y menos si se considera la cantidad de trabajo apostólico que reclaman las masas urbanas, mientras por el contrario, muchos de estos pueblos son diminutos, reducidos a veces a pocos centenares de personas. Si no se tiene el valor de "perder el tiempo" con ellos, se repetirá el mismo proceso de los siglos pasados: el indio se vuelve minoría y a las minorías se las olvida y acaban desapareciendo, sin suscitar recrimi-naciones. La consecuencia es clara: un trabajo serio con las minorías requiere una verdadera especialización y estabilidad.

9. Los afroamericanos

Todo lo dicho hasta ahora vale igualmente para los negros que han sufrido una explotación inhumana y sigue sufriendo las consecuencias de la marginación social y de la exclusión racista.

En numerosos aspectos la suerte de los negros ha sido mucho peor que la de los indios:

- Ellos han sido desarraigados de su continente. La reinvindicación de la tierra, de la que parte todo planteamiento indígena, es imposible para el negro. La tierra no es sólo un factor económico, es memoria, es evocación ancestral, es el espacio para la elaboración del mito, es el lugar de descanso de los antepasados. Esa tierra de origen ha quedado inalcanzable para el negro y tan solo se le ha asignado una porción de terreno ajeno para que lo cultive como esclavo.

- La mezcla de sus etnias llevada a cabo premeditadamente ha hecho casi imposible la conservación de sus lenguas, de sus elementos simbólicos, estructuras sociales, mitos, creencias. Ello ha quebrado su posibilidad de resistencia.

- La esclavitud, entre otras consecuencias deshumanizantes, ha roto la posibilidad de lazos familiares estables y, por eso, ha causado una desarticulación social difícil de superar hasta hoy.

10. Reflexiones conclusivas

- Todo esto podría crear la tentación de exacerbar el recuerdo del sufrimiento. No hay que ceder a esta tentación. Mirar al pasado es indispensable para enmendar el presente, pero limitarse al recuerdo resulta estéril. El futuro no se construye con el resentimiento. Una Iglesia que no ayude a recrear la esperanza, el optimismo, la reconciliación, no merece ser compañera de camino.

Sería irresponsable en esta coyuntura alentar enfrentamientos que aumentarían la frustración, porque los más débiles - las minorías - no tendrían ninguna posibilidad de éxito, ofrecerían sólo un pretexto para la represión y se enajenarían una opinión pública ya hostil. No se busca la lucha, sino el reconocimiento de un espacio que haga posible la realización del proyecto histórico de cada grupo. Hoy en América Latina este espacio aún puede existir.

- En este momento de cambios vertiginosos, las minorías sitiadas tienen poco tiempo y poca disponibilidad para dedicarse a documentar su tradición sólo confiada a la memoria y a la transmisión oral. Este es un campo en que la Iglesia puede prestar un verdadero servicio, siendo que como institutición cuenta con el mayor número de personas dedicadas, de manera eatable, al servicio de los grupos minoritarios. Leopold Senghor, ex-presidente de Senegal, dijo ya hace muchos años: "Hombres blancos, vayan con sus máquinas fotográficas, con sus grabadoras por las aldeas perdidas de mi tierra y recojan lo que cuentan los chamanes, los juglares, los viejos, los últimos guardianes de una larga historia humana, confiada tan solo a sus voces. Cuando ellos hayan muerto será como si a ustedes y a su civilización se les hubieran quemado todas las bibliotecas". Un trabajo como éste tiene algo en común con la actividad que desplegaron los monjes del Medioevo. Ellos, sin pretenderlo, conservaron las obras maestras de la antigüedad, que en su momento hicieron posible ese despertar del Renacimiento que dio un vuelco a la orientación cultural de Occidente.

- Se habla de una cultura que se está gestando, una cultura secularizada, globalizante, tecnológica, urbana, niveladora de todas las diferencias. ¿Será ésta la cultura del mañana? No se sabe, pero la perspectiva de que ella llegue a dominar el mundo no es muy esperanzadora. La civilización y el desarrollo vigentes han alcanzado tal capacidad de aniquilación (sin hablar aquí de armas, sino de contaminación y de destrucción de recursos) que la supervivencia del mundo se ve amenazada. Occidente ha estandarizado tales tasas de consumo que sus modelos no pueden proponerse a todos los pueblos.

Si todos consumieran como los llamados pueblos desarrollados, el planeta estallaría. China, por poner un ejemplo, tendría 500 millones de carros y la India 400 millones.

No es pues utópico volver los ojos a quienes con suficiencia llamamos primitivos: ellos enseñan a vivir con poco, a convivir con el mundo sin agredirlo ni destruirlo para que siga siendo acogedor con aquellos que vendrán.