| Kä
Mana
Introducción Confrontadas a los profundos cambios que el fenómeno globalización impone a nuestro continente y a todas las facetas de Kistencia, las Iglesias de África viven hoy una nueva etapa en su creciito espiritual y en el modo de estar presentes en la sociedad. Es un periodo de intensos interrogantes sobre las nuevas orientaciones que debería tener su acción, a fin de que sea fecunda su presencia en el mundo y asuma de forma creíble su destino en la historia. Para estas
Iglesias se trata de renovarse en su interioridad vital, para que se comprometan
en la reconstrucción de nuestro continente en todos sus recursos
y en todas las dimensiones de su existencia. Más exactamente, para
los cristianos y las cristianas de Africa, se trata de saber cómo
hacer vivir espiritualmente nuestras sociedades en una civilización
mundiaI donde empezamos poco a poco a comprender que puede ser, o bien
la tumba de nuestros sueños de libertad y de prosperidad, o bien
una oportunidad inaudita de liberar nuestro genio inventivo y de participar
con ardor en la construcción del futuro del mundo.1
Las preguntas
que se nos imponen como pueblo de Dios en esta situación actual
son las siguientes:
- En "el orden
del mundo" tal y como reina hoy, ¿qué visión de nuestro
destino y de nuestra responsabilidad tenemos que desarrollar?
- Para estar
a la altura de los desafios de nuestra situación, ¿a qué
deberes de reflexión y de acción estamos obligados?
- ¿Qué
poder de compromiso histórico tenemos para asumir nuestras tareas
aquí y ahora?
- ¿Sobre qué
lineamientos queremos entrar en el futuro y construir concretamente nuestras
esperanzas?
La era
de nuevas búsquedas
Frente a estos
interrogantes, la era que se abre a las Iglesias de África es
la de las grandes mutaciones que determinarán cada vez más
nuestra conciencia colectiva y orientarán las decisiones que deberemos
tomar a construir el futuro. Tal y como lo percibo ahora, estas mutaciones
son fundamentalmente de dos tipos.
Ante todo,
cada vez está más claro para muchos de nosotros, que tiempos
de la globalización ya no deben ser aquellos tiempos en los
que nos encerramos para rumiar nuestros problemas africanos, fijando
obstinadamente nuestras miradas en el ombligo de nuestros sufrimientos.
Se acabó la era de conformarnos con nuestras endechas, con nuestras
lamentaciones y con nuestros gemidos de la condición de un continente
deperanzado y decadente. Hoy brota una nueva conciencia, una esfera de
reflexión y de acción donde nuestra visión de la
realidad va a cambiar óptica, donde emergen nuevas búsquedas
sobre nuestras responsabiides como pueblo, como civilización, como
cultura y como fuerzas espirituales en la construcción de un nuevo
orden planetario. Es la era de nuestra presencia real en el mundo, teniendo
como imperativo, orientar a la humanidad en los nuevos caminos de su desarrollo
espiritual, ético y material.
AI mismo tiempo,
tomamos conciencia de otra exigencia: la prioridad en las Iglesias de
África ya no serán nuestras lacerantes tragedias actuales,
sino nuestra capacidad para legar a las futuras generaciones una África
creativa en un mundo donde nuestros hijos tengan un lugar, de acuerdo
a sus aspiraciones y al derecho de ser felices.
En este periodo
de globalización, estos dos objetivos constituyen la clave de lectura
para comprender el papel de la Iglesia en nuestro continente hoy día.
Es un tiempo nuevo que se abre en el sentido de la misión y de
la evangelización.2
Un nuevo
centro de gravedad y una nueva misión
Para las Iglesias
de África, esta nueva era comienza por una toma de conciencia serena
de la nueva situación del Cristianismo mundial. Cada vez más,
sabemos que el centro de gravedad del universo cristiano como dinámica
espiritual y religiosa se ha desplazado progresivamente del mundo occidental
hacia nuestras propias tierras, incluso al interior de nuestro propio
espíritu.3 Todo se desarrolla como si, después
haber cumplido la misión de propagar el Evangelio sobre el planeta,
Occidente nos pasara el relevo y esperara de nosotros un nuevo impulso
en la evangelización del mundo. El comienzo de un nuevo destino,
el despliegue de un nuevo vigor, el punto de partida de una nueva dinámica.
Es el tiempo en el que los lugares de la tierra, cubiertos por la proclamación
de la palabra de Dios, se abren a semillas inesperadas, a energías
de vida de las que África es garante y guarda la iniciativa.
De hecho,
sería cuestión de pasar de una evangelización
conquistadora del espacio a una evangelización cualitativamente
profunda. Salir de la era de dominaciones ideológicas para
instaurar las dinámicas de una conversión "en espíritu
y en verdad". Es decir, la penetración del Evangelio en lo más
profundo del corazón humano y de las sociedades: en su creatividad
y en las utopías existenciales más generativas.
Por el hecho
de que África es el continente en el que mejor se percibe la grandeza
y la miseria del modo cómo el Occidente ha realizado su misión
de evangelización a los pueblos, goza en si misma de cierta ventaja
para ser punta de lanza y tambor-mayor del Cristianismo en los años
sucesivos.
África
sabe mejor que nadie lo que conviene hacer y lo que hay evitar por todos
los medios si se quiere que el mensaje de Cristo cambie hoy con profundidad
a las personas, a las culturas y a las civilizacios. Sabe que la fuerza,
la violencia, la ambición dominadora no conducen a ninguna fecundidad
espiritual en la construcción de lo humano. Sabe que la arrogancia,
la ostentosa altanería así como la glorificación
de sí mismo como medios para transmitir el mensaje de Cristo no
dan como retado ninguna conversión profunda de parte de los que
las padecen. Sabe que la absolutización de una sola clave cultural
en la lectura de la reación bíblica no conduce más
que al empobrecimiento de esta y a su instrumentalización frente
a los intereses humanos. Sabe que la herencia cristiana de la que se benefician
los pueblos y las civilizaciones de hoy, se deteriorará totalmente
si deja de orientarse hacia el futuro y hacia las profundas exigencias
de la utopía cristiana para las generaciones futuras.
La trayectoria
del sufrimiento africano ha llegado a ser así un camino de
conocimiento muy útil para tódos los pueblos. Lo que
África ha aguantado constituye para nuestro tiempo un enriquecimiento
de la herencia cristiana que nuestros países han recibido de Occidente.
Herencia que debemos transformar en energías de creatividad, en
potencias de invención fertilizante, en una nueva vía de
humanidad en un orden mundial que tenemos que cambiar a partir de Dios
como semilla de nueva vida. Lejos de las ambigüedades y de las miserias
de la antigua evangelización.4 Lejos de las pruebas
y las heridas que han marcado fundamente nuestro ser en el encuentro con
el mundo occidental. Lejos de todos los litigios que no hemos cesado de
repetir en nuestro interminable proceso con Occidente, a quien debemos
de asumir en todo su ser. Con sus fuerzas que nos fascinan y con sus debilidades
que nos aterrorizan.
El Occidente
cristiano ha llegado a ser hoy parte de nuestra propia aria y de nuestro
propio ser, por decirlo así, nos lleva al umbral de un profundo
cambio de nosotros mismos para las nuevas tareas históricas nos
incumben, especialmente la nueva evangelización de la humanidad
actual.
Frente a la
acción de Dios, que percibimos claramente ahora como un camino
ambiguo y desconcertante para alcanzar el mundo en su conjunto y para
abrirlo al Espíritu de Cristo, África deberá representar
a los ojos del mundo la ambición de Dios para cambiar profundamente
la humanidad en sus sueños de plenitud. Es la energía
vital del Evangelio como poder de transformación, propuesto a toda
la tierra. Ahí está para ella la verdadera encrucijada espiritual
de la globalización, el verdadero desafío y el horizonte
de la inteligencia que debería tener de sí misma y de su
vocación en el mundo.
Hoy, Africa
tiene todas las ventajas para esta misión de ser el centro de gravedad,
la punta de lanza y tambor-mayor de la evangelización del mundo
en los años sucesivos. Si miramos lúcidamente la situación
del mundo, ¿de qué se trata exactamente?
Hablando económica
política y socialmente, África a nivel mundial es lo más
débil a los ojos de todos, incluso a los ojos de los mismos
africanos.5 Es un amplio campo donde el espíritu humanitario
de los ricos y de los poderosos del planeta se ejercitan en la caridad,
en el sentido más detestable del término. ¿No se puede considerar
que Dios haya elegido a este continente de débiles para confundir
a los poderosos, conforme a la lógica que el apóstol Pablo
ya había entendido perfectamente en su época? Dios escogió
una tierra empobrecida y dominada para sembrar en ella las fuerzas de
solidaridad y una potencia espiritual capaz de construir una cultura de
valores profundamente humanos. Es esta la vocación de la que tenemos
que tomar conciencia progresivamente las Iglesias africanas, si queremos
como africanos, estar atentos al soplo del Espíritu en estos tiempos
de globalización.
Espiritual,
cultural y religiosamente hablando, el continente africano está
"én la red de pescar de otros",6 entregado y atado
de pies y manos, a todas las triunfantes sabidurías de las religiones
y de las espiritualidades llegadas de fuera: las estructuras encasillantes
de las religiones del Libro, la fascinación por las religiosidades
asiáticas, el brillo de las sectas y el florecimiento de nuevos
movimientos religiosos que nos hipnotizan día a día ahogando
nuestras energías del terruño. Esas energías que
para muchos no son más que "puras locuras" paganas y fabulaciones
"estrafalarias", ¿no podríamos considerar que Dios las ha elegido
para confundir a los sabios, según la hermosa expresión
dél apóstol de los gentiles? Dios ha escogido a mujeres
y a hombres "con una locura" a causa del sufrimiento espiritual, religioso
y cultural para que inventen la verdadera sabia del futuro. Le compete
a África oír y descubrir esta sabiduría en Jesucristo
para hacerla resplandecer como un nuevo camino de luz en la civilización
planetaria.
Para Ias Iglesias
de África tendrá que estar cada dia más claro
que los tiempos que estamos viviendo son los tiempos de
su propia globalización. Es decir: su entrada en un proceso
conjunto, donde su palabra, su mensaje, su vida y su destino no tienen
más sentido que en relación con el objetivo de cambiar globalmente
el espíritu que estructura el mundo de hoy. Abrir nuevas vías
a la evangelización de la humanidad hoy, en vista a un futuro útil
para las generaciones sucesivas, es Ia vocación, la misión
de África en el contexto de la globalización. Afirmamos
así la necesidad, a las Iglesias africanas, de Ilegar a ser el
humus que alimenta la relación de la humanidad con Dios,
frente a las encrucijadas de la civilización planetaria.
Exigencias
de invención
Frente a esta
misión es evidente que la tarea actual es pensar desde un punto
de vista africano las grandes preocupaciones y las grandes búsquedas
que actualmente convulsionan a la humanidad. Desde esta orientación
mundial, de Ia presencia africana en los problemas de Ia humanidad, los
planteamientos de fondo que se imponen son: los del rearme intelectual
de las personas, los del "re-arraigamiento" ético de los pueblos
y él de la refundación espiritual de la acción humana
para construir el futuro.
Rearme
intelectual.7 Se trata de abrir ampliamente los campos
de discusión sobre el espíritu del orden mundial actual,
de favorecer el desarollo de los laboratorios de nuevos proyectos de sociedad
que no sean tributarios de las dictaduras ultraliberales,8
de sus claves de lectura de la realidad o de sus torpezas económicas
y sociales. En Ia medida en que percibamos que el mundo donde vivimos
no puede afirmarse como humano más que tomando en cuenta Ia pluralidad
de las riquezas profundas de todas la civilizaciones y de todos los pueblos,
el combate contra el despotismo de un pensamiento único dominando
el conjunto del planeta es el secreto de la edificación del futuro
común de la humanidad. Edificar este futuro en el amplio debate
planetario, animado por la conciencia que cada pueblo tiene de sus aportes
y de sus recursos, es el camino de nuevos planteamientos intelectuales
en los que África puede empeñar lo mejor de sus saberes
y sus más profundos conocimientos.
Esto significa
que hoy cada pueblo puede entrar en la dinámica de una globalización
desde lo más hondo de sí mismo y desde su identidad histórica,
como conjunto de experiencias de vida y de prácticas sociales.
En esta globalización todos tenemos el deber de promover un nuevo
diálogo sobre la calidad del futuro que deberemos construir para
y con todos los pueblos en conjunto.
África
tiene en este terreno una experiencia de búsqueda de identidad
que puede servir de vía de futuro a muchos pueblos: un camino donde
se destierren las trampas de repliegue sobre sí misma y las tentaciones
de violencia agresiva; un camino donde se liberen las energías
creativas, donde se reconstruya ella misma para renovar el tejido de la
sociedad y construir en un mismo impulso un mundo a la altura de sus sueños
de fraternidad.
Es imposible
leer y vivir el Evangelio sin induirlo en esta óptica global de
diálogo planetario. Lo que se impone en la sociedad, como exigencia
de confrontar las ideas, se impone también en las Iglesias como
un camino de proclamación de la Palabra de Dios y de transformación
de la sociedad. La hora actual es la hora del diálogo de
las Iglesias, para que cada una hable a las demás y se deje
fecundar por ellas en el enriquecimiento común de la utopia cristiana
para el conjunto de la humanidad. Este es el camino africano del ecumenismo
a escala mundial: un largo discurso donde racionalidades y visiones
diferentes se encuentran, se confrontan, se enfrentan, se abrazan o se
conjugan, con el objetivo de obtener un espíritu de comunión
y de profunda unidad para habitar la casa común que es el mundo.9
Semejante
via no puede ser más que el camino de un re-arraigamiento ético10
donde la hermenéutica de la palabra de Dios riega y se deja regar
por las grandes sabidurías de los pueblos y de las civilizaciones.
Por haber
padecido una violenta evangelización que la ha cortado de sus propias
raíces culturales y de la profúndidad de su inmemorial sabiduría,
África ha aprendido, sin desearlo, que un evangelio impuesto
no lleva más que a la catástrofe de la destrucción
de la personalidad y de la desintegración de las potencias creadoras
de los pueblos. Hoy, la globalización tiende a ser una apisonadora
que destruye las identidades culturales. Los africanos han aprendido que
la verdadera batalla de nuestra época es una ética de
rechazo de los anti-valores mundializantes que cortan de raíz
las sabidurías seculares de los pueblos. Han aprendido a desarrollar
una ética de la resistencia profunda y de la rebelión tranquila,
que se opone a la globalización alienante, para afirmar mejor una
globalización liberadora: la del evangelio de la vida.
Semejante
globalización se comprende como un proceso planetario para que
la ciencia, la tecnología, la economía y el comercio estén
al servicio de lo humano, al servicio del desarrollo de las personas y
del bienestar de todos los pueblos. Es esa la vocación de África
en estos momentos en los que muchos pueblos se interrogan sobre el sentido
de su preicia en la civilización planetaria.
En esta batalla
ética se trata de salir del caos en el que peligra hurdirnos
la globalización ultraliberal, para determinar nuevos principios
de orden mundial en nombre de los cuales otros proyectos de colaboración
entre los pueblos, otras experiencias de intercambios entre los países
y otras utopías de comunión entre las civilizaciones, se
impondrían sobre la voracidad mercantil y sobre el canibalismo
financiero que sufren los países pobres y las capas sociales desfavorecidas
en los países ricos.
Como víctima
de un sistema internacional que no le ha llevado a resolver los problemas
vitales de su destino, África puede decir con firmeza que le es
imposible aceptar el orden caníbal de una globalización
que divide en lugar de unir, que destruye en lugar de construir, que esclaviza
en lugar de liberar. Irrigada por inmensas reservas de humanidad, que
alimentan la vida de los pueblos y de las civilizaciones su apertura al
Espíritu de Dios, África no puede dejar de estar en la vanguardia
de batallas de otro tipo de globalización: la del modo de pensar.
El Evangelio
se descubre en esta exigencia ética como la fuente de una
espiritualidad a la altura de la globalización, como la dinámica
esencial integradora de las exigencias del Espíritu de Dios en
el meollo de las realidades del mundo, con el fin de edificar una sociedad
eucarística, cuya energía espiritual no puede ser más
que una voluntad de vivir la globalización como un soplo de felicidad
compartida.
¿De qué
espiritualidad se trata? Si, como lo pensamos, la misión del Occidente
ha sido propagar el Evangelio por los confines del mundo, es decir, crear
las condiciones de una "globalización espacial" donde todos los
pueblos puedan encontrarse, conocerse, colaborar o confrontarse, los tiempos
que se están inaugurando serán tiempos de una "globalización
espiritual", cuyo desafío es la edificación de una sociedad
de bienestar compartido.
Para África,
ese es el corazón del Evangelio. La nueva evangelización
del mundo, como mundo global, deberá empezar desde este núcleo.
Dicho de otro modo, si Occidente ha creado el mundo global, a África
le corresponde evangelizar este mundo en su misma globalidad. Se trata
de una vocación planetaria que deberá cambiar totalmente
la visión que las Iglesias de África hoy tienen de sí
mismas.
Ahora que
Occidente ha proporcionado a todo el planeta los medios de una acción
espiritual a escala mundial — técnicas de información, canales
mediáticos de difusión del saber, bases sociales de una
cooperación económica planetaria, valores comunes de democracia,
de participación y de compromiso para la justicia — este ha agotado,
si se puede decir así, las dinámicas del sentido de su propia
misión. Ha cumplido esta misión, como ha podido. Y ahora
pasa el relevo.
En la medida
en que ha unificado los destinos de pueblos y les ha colocado en la casa
común del mundo global, cuyos valores, en las buenas y en las malas,
alimentan desde ahora a todos los países, ya sea en la realidad
o en el deseo, Occidente ha cumplido bien su misión. Pero la ha
realizado mal, en la medida en que ha puesto la razón de su proceso
en la voluntad de dominio, en el ansia de explotación y de avasallamiento
de los otros, en la idolatría del mercado y en la dictadura de
los intereses económicos o geoestratégicos. Su globalización
queda así ambigua y truncada: un proceso inconcluso, al que falta
un aliento de vida espiritual, la fuerza de las grandes palancas éticas,
y un embrague racional que puedan asegurar una coherencia humana con la
idea de globalización y con el concepto de globalización.
Si esto es
así, la misión de Africa en el orden mundial es evangelizar
este orden por la triple revolución que acabamos. de definir: la
revolución intelectual por el diálogo de las civilizaciones,
la revolución ética por interfecundación de
las sabidurías de los pueblos, y la revolución espiaritual
por el aliento de dicha compartida. Evangelizar, en el fondo, es poner
a Cristo en el centro de este proceso de revolución: acogerle como
el dinamismo por el que se realizan el diálogo de las civilizaciones,
la interfecundación de las sabidurías de los pueblos y la
construcción común de dicha compartida.
Esta vía
africana de la evangelización del mundo globalizado donde estamos
viviendo, nos lleva a un nuevo replanteamiento, tanto de las claves de
lectura hermenéutica de las que se han servido hasta ahora las
Iglesias africanas para comprender el Evangelio de Jesucristo, como de
las prácticas sociales por las cuales aseguran su presencia dentro
de los propios pueblos.
AI periodo
en el que las Iglesias africanas han vivido esencialmente para sí
mismas, para sus problemas y para los gritos de sus propios pueblos, sucede
el periodo donde están llamadas a vivir para otras culturas, otros
pueblos, otras civilizaciones: al servicio del mundo en conjunto. En este
empo de globalización, África, por la fuerza de sus Iglesias,
está llamada a comprometerse en el cumplimiento de esta reorientación
global de su propio destino. Eso, con el objetivo de desarrollar un principio
de radical responsabilidad respecto a las exigencias de las generaciones
futuras de todos los pueblos y de todas las civilizaciones. Estas generaciones
para las que nuestro Cristianismo deberá ser, como diría
el Padre Paul Valadier, un Cristianismo de futuro, portador de inmensas
esperanzas de plenitud de vida.
Lo que acabamos
de decir significa no solo una sacudida eclesiológia que exige
una nueva idea de la misión y de la evangelización, sino
una verdadera ruptura epistemológica que compromete a las Iglesias
de África en el espíritu de invención, de innovaciones
pastorales, teológicas y misioneras.
La sacudida
eclesiológica
Cuando una
Iglesia toma conciencia de que está llamada no tanto a inclinarse
sobre sí misma sino a estar al servicio de los otros, se opera
en ella un cambio radical. Se aprehende no solo como heredera de una tradición
que le da vida, sino también como fuente de iniciativas, de invenciones
y de nuevas propuestas destinadas a enriquecer a los demás. De
heredera, se vuelve innovadora. Rema mar adentro (Lc 5,4) y se abre
al viento del Espíritu de Dios.
Rompe las
amarras en ese momento y se separa de todo lo que, en su herencia, pierde
vigor o se reseca. Renueva sus sistemas de conocimiento de las escrituras,
para que estas sean una fuente de renovación del estar juntos y
del actuar comunitario. Habla aquí y ahora para que resuene en
este momento la utopía y la exigencia de Dios con la humanidad.
Sin conformarse con el mundo, renueva la inteligencia que tiene de los
problemas y de las realidades a fin de anunciar una nueva era: la de la
confianza de Dios en el ser humano y la de las búsquedas humanas
orientadas hacia el encuentro con el Dios Vivo.
En la situación
actual de África necesitamos una ruptura de este tamaño,
para ponernos al servicio del mundo, según perspectivas que nos
posibiliten la escucha del futuro y de la fecundidad de lo que creemos
que son oportunidades ofrecidas por Dios a nuestro continente.
Todos los
que reflexionan sobre el destino del Cristianismo en África sienten
la necesidad de un nuevo dinamismo; la necesidad de una renovación
del pensamiento y de las herramientas conceptuales para comprender el
mundo en el que las Iglesias africanas viven; la exigencia de un espíritu
de creatividad que haga de la innovación pastoral el fermento de
un nuevo enfoque en la evangelización de África y del mundo.11
En este campo, las Iglesias africanas sufren un profundo déficit
en la visión de ellas mismas como fuerza de transformación
social y de invención de una nueva sociedad mundial.
Déficit
teológico — Tanto los teólogos como los cristianos
de base hasta hoy no han tomado como objeto de su reflexión la
exigencia de renovar su enfoque evangelizador por el camino de una búsqueda
creadora que innove su inteligencia de la fe y de la realidad en función
de las inmensas esperanzas de África y de la sociedad mundial,
de las grandes preocupaciones éticas, políticas y económicas
de la humanidad entera. Se administra una herencia, no se la enriquece.
Hombres y mujeres habitados por nuevas búsquedas y por nuevas
expectativas dejan las Iglesias establecidas y se van a buscar en otra
parte, en nuevas comunidades, razones para vivir y para esperar.
Déficit
espiritual — Parece que no se ha hecho nada por crear nuevas mentalidades,
de forma que la vida espiritual sea vivida como el humus de una total
renovación personal y como una re-dinamización de la Iglesia
como pueblo de Dios.
Mucha gente
sedienta de profunda espiritualidad se va hacia otros horizontes religiosos,
para huir de la indigencia que sufren sus Iglesias de origen.
Déficit
moral — Hay tal desfase entre los principios y las prácticas
es difícil esperar que el Cristianismo tradicional, como lo vivimos,
sea fuerza para inventar un futuro diferente de la crisis actual. Muchos
de lo que se alejan de la Iglesia alegan la decrepitud moral de sus pastores
así como la indiferencia general por parte de los responsables
de las Iglesias a los imperativos éticos del Evangelio en la situación
concreta de la sociedad y del mundo.
Déficit
de imaginación — Pareciera que no se hace nada para que la
facultad de imaginar otra cosa diferente a la recibida pueda desarrollarse
y pueda encontrar en las comunidades un camino de realización plena.
Da la sensación de que la energía innovadora es, cada vez
más, monopolio de los nuevos movimientos religiosos que pululan
y se imponen por doquier en los países africanos.
Déficit
de marcos referenciales — Las grandes estructuras tradicionales que
han servido de marco de formación para los jóvenes y para
los responsables de los grupos de acción cristiana, no han sido
repensados. Ya no ofrecen una gran esperanza. "Los jóvenes buscan
su esperanza fuera", dijo un alto responsible de la acción cristiana
del Camerún. Tiene razón.
Déficit
de organización — Los problemas de pobreza y de miseria que
paralizan a numerosas Iglesias, son los signos de una ausencia evidente
de espíritu de organización en un continente cargado de
immensas posibilidades de prosperidad, de bienestar y de dicha. Frente
a los desafíos socioeconómicos, muchas Iglesias establecidas
dan la impresión que les falta dinamismo, que ya no proponen nada
consistente a hombres y mujeres totalmente desorientados.
Déficit
de utopía — Las Iglesias han dejado de provocar sueños
y de imaginar realidades por las que hoy merezca la pena creer en Dios.
Pues, donde no hay sueños, la esperanza perece. Exactamente como
cuando la sal se vuelve sosa o cuando una lámpara está colocada
bajo el celemín, según la famosa imagen utilizada
por Cristo.
Innovación
e inventiva — No solo se trata de analizar los déficits,
sino de pensar en una nueva relación con el evangelio, con la tradición
cristiana, con el presente de África y de pensar en el futuro que
los africanos deben inventar en el ámbito de su vida a escala planetaria.
En la base de una comprensión profunda de las exigencias de la
misión cristiana, se trata también de abrir el camino a
nuevos enfoques en los problemas de los métodos de evangelizar:
- Asegurar
una "reanimación" espiritual de las comunidades cristianas en la
comprensión de sí mismas como fuerzas transformadoras de
la sociedad.
- Organizar
estrategias de acción innovadora que den al Cristianismo la imagen
de energía de vida y de ilusión, en constante búsqueda
de soluciones a los planteamientos esenciales de la vida.
Cambiar de
orientación en el enfoque de la misión exige: pasar de
una teología repetitiva y desfasada a una teología de la
inventiva y de la innovación.
Las Iglesias
de Africa si quieren desarrollar un Cristianismo fecundo al servicio de
la humanidad y de las generaciones futuras, tienen el deber de promover
esta nueva orientación en su reflexión y en su acción.
Están Ilamadas a vencer los déficits que padecen, a fin
de proponer al mundo y preparar a las generaciones futuras un proyecto
de vida animado por el Evangelio como energía de solidaridad planetaria,
como aliento de una globalización espiritual al servicio de la
felicidad de la humanidad entera.
Esta es la utopía cristiana de África en la que creemos con todas nuestras fuerzas.
Notas
1.
Leer, a este propósito, mi libro: Kä Mana 2001. Bibliografía Bediako,
Kwame (2000) Jésus en Afrique, l'Évangile chrétien
dans l'histoire et l'éxpérience africaines, Yaoundé-Accra. Ref.: Spiritus, año 43/1, n. 166, marzo de 2002 (Traducción: Ascensión González).
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