P. Carlos Pape SVD - Roma
Misioneros de Africa y Asia en América Latina: ¿por qué y para qué?


Durante el último Congreso Misionero Latinoamericano (COMLA V), celebrado en Belo Horizonte/Brasil, en 1995, se reafirmó en todos los tonos posibles de voz y de acentos la corresponsabilidad que le cabe a América Latina - "el continente de la esperanza misionera", - en la misión mundial de la Iglesia, vale decir en la misión "ad gentes" más allá de las propias fronteras. En esa ocasión me sorprendió el llamado que hizo el Prefecto de la SC de la Evangelización de los Pueblos, Cardenal José Tomko, en favor de Asia, el continente "que es y deberá ser el centro de la atención misionera de toda la Iglesia". En este sentido se ha observado, pienso que correctamente,

que la urgencia misionera recalcada con pasión por el Papa Juan Pablo II en Redemptoris Missio, deriva de esta misma convicción. La misión del tercer milenio debe concentrarse en Asia. Va pasando el tiempo y de aquella participación latinoamericana en otros continentes se advierte realmente poco - la Iglesia latinoamericana pasa por un período de incertidumbre, - mientras que de año en año crece la participación de misioneros asiáticos, y también africanos, en América Latina. Tan sólo la Congregación del Verbo Divino, entre 1992 y 1997, ha destinado 85 misioneros jóvenes de India, Filipinas e Indonesia a diversos países latinoamericanos.

¿Qué pensar de este desarrollo evidentemente opuesto a las proclamas entusiastas y a las pistas de acción establecidas en congresos y asambleas en la cumbre? ¿Es que también esta vez el Espíritu Santo empuja el proceso misional en contra de los planes elaborados por los "apóstoles", como ha sido tantas veces en el pasado? ¿Y qué puede o debe esperarse de misioneros provenientes de "países de misión" a un "continente católico"? (a este respecto la pregunta podría incluir también a Europa, donde igualmente crece el número de agentes de misión venidos de esos países).

En torno a estas preguntas se desenvuelven las reflexiones que siguen.

1. Iglesia, por naturaleza, misionera

Toda Iglesia local es sujeto de una misma misión universal. A cada una debe aplicarse la rotunda afirmación con que - se puede decir, - comienza el decreto Ad Gentes del Vaticano II: "La Iglesia peregrinante es, por su naturaleza, misionera". El mismo decreto señala más adelante: "Como la Iglesia particular está obligada a representar del modo más perfecto posible a la Iglesia universal, debe conocer cabalmente que también ella ha sido enviada a quienes no creen en Cristo..." (AG 29). Por eso también afirma que "los obispos, ... han sido consagrados no sólo para una diócesis determinada, sino para la salvación de todo el mundo" (AG 32). Pero "para que este celo misionero florezca entre los naturales del país, es muy conveniente - resalta el mismo decreto, - que las Iglesias jóvenes participen cuanto antes activamente en la misión universal de la Iglesia, enviando también ellas misioneros que anuncien el Evangelio por toda la tierra, aunque sufran escasez de clero." Aquí encontramos implícita la conocida consigna de Puebla: "dar desde nuestra pobreza" (DP 368). Hoy parece tan normal esta enseñanza que resulta extraño recordar que el Derecho Canónico vigente hasta el Vaticano II había establecido que "la responsabilidad universal de las misiones entre no católicos está reservada exclusivamente a la Sede Apostólica" (can 1350).

2. ¿Misioneros de qué Iglesia?

Tal como suena, la pregunta parece impertinente. ¿De qué otra Iglesia se puede ser misionero sino de la Iglesia universal? Con todo, la verdad es que dicha Iglesia universal no existe sino en la concreción de Iglesias particulares. En realidad, carece de sentido hablar de una Iglesia universal que pudiese considerarse anterior a las Iglesias locales, como si fuese una Iglesia existente en sí misma y fuera de aquellas. La Iglesia vive y se actualiza únicamente en las Iglesias locales.

La expansión misionera de la Iglesia en el pasado no contó con el apoyo de esta eclesiología de colegialidad y comunión. Entonces hubo, conforme al P.Congar, una eclesiología de "Iglesia universal que apuntaba a la extensión mundial de una sola Iglesia, que de hecho era la Iglesia de Roma y en la cual se olvidaba la realidad de la Iglesia local: una universalidad uniforme pragmáticamente subdividida en diócesis" (Le Concile de Vatican II, son Église peuple de Dieu et Corps du Christ, p.24). Conocida es, a este respecto, la interpretación que hizo Karl Rahner del Vaticano II definiéndolo como la primera autorealizacion de la Iglesia mundial. Con una expresión bastante fuerte, él comparó la actividad misionera de la Iglesia con la de una "firma de exportación" que despachó a todo el mundo las formas religiosas y la cultura y la civilización de Europa, supuestamente superiores, sin tomarse siquiera la preocupación de cambiar el envase (Schriften zur Theologie XIV, pp. 287ss.).

El Concilio, en cambio, guió a la Iglesia hacia una visión renovada de su identidad católica. Fue una primera experiencia incipiente y tímida, según Rahner, pero que se constituyó en un salto cualitativo en su autocomprension, sólo comparable a aquel otro que había tenido lugar cuando el Cristianismo rompió el cerco cultural judío para trasvasarse en los moldes culturales del mundo helénico-romano-occidental. El nuevo camino debía ser camino sin retorno. Por primera vez en la larga historia del magisterio de la Iglesia se elaboró una apreciación positiva de las religiones no cristianas y, en contraste con la teología anterior, fue proclamado un designio tan universal de salvación de Dios que los presupuestos mismos de la misión parecieron modificados, porque renovados, ampliados y profundizados.

Desde entonces, la existencia y la misión de cada Iglesia local se desenvuelven en la polaridad de una doble fidelidad: una que la mantiene abierta a la comunión solidaria con las demás Iglesias locales, (comunión que ha de vivirse en referencia permanente a "Pedro", esto es el Santo Padre, obispo de Roma) y la otra que la pone en relación con el medio socio-cultural-histórico del pueblo en que ella existe. Todo esto es consecuencia inmediata de la renovada eclesiología de colegialidad.

3. De una misión colonial a una misión de inculturación

En una iglesia catedral del Pacífico el visitante puede admirar un gran mural en el que el artista quiso retener el momento histórico de la llegada de los primeros misioneros a la isla. En la proa de la embarcación se divisa un grupo de religiosos, en sus hábitos clericales, la mirada firme, cargando la biblia en una mano y alzando con la otra la cruz. En la costa los aguarda un grupo de aborígenes. Es el encuentro inicial de dos mundos y de dos culturas, con sus costumbres, lenguas y visión de la vida, completamente diferentes. Los misioneros, según la mentalidad de la época, llegan convencidos que son ellos los que vienen a dar, mientras los aborígenes sólo recibirán. Recibirán el Evangelio, pero también un nuevo modo de vivir. Los misioneros les traen "civilización y cultura".

A1 mirar con mas atención el mural, el visitante descubre que en medio de la gente que aguarda en la playa se perfila la figura de Cristo. É1 ya está allí, a la espera de ser descubierto por los misioneros. Serán entonces ellos quienes tendrán que cambiar no poco su manera de pensar, de vivir y de hablar. Gracias a ese descubrimiento serán capaces de expresar el Evangelio mediante un lenguaje nuevo y mediante símbolos que se les revelarán, a veces, hasta más ricos y más sagrados que algunos de su propia cultura. Dos mundos en contacto; pero también dos modos de concebir la misión de la Iglesia. Este cambio de perspectiva misionera ha sido, sin duda, uno de los resultados más importantes del Concilio Vaticano II. Un resultado que tiene mucho que ver con aquella esperanza con que el Papa Juan XXIII lo convocó, deseando diera lugar en la Iglesia a "un nuevo Pentecostés".

Poner en práctica este cambio de enfoque, esto es: dejar atrás la mentalidad colonizadora para asumir una actitud de inculturación, es hoy una condición ineludible para hacer efectiva la catolicidad de la Iglesia en el futuro. Pues lo que realmente está en juego es el futuro de su misión, análogamente a como lo estuvo en los días del Concilio de Jerusalén. El destino histórico de la Iglesia y su aceptación por parte de los pueblos están condicionados a la capacidad que ella posea para asumir nuevas formas culturales.

Contrariamente a cuanto pueda parecer, el Espíritu prosigue en medio de la comunidad eclesial su cometido de "anunciarle lo que está por venir y de guiarla hacia la verdad cada vez más plena" (Jn 16,13). En la Iglesia de nuestro tiempo se perpetúa la intervención de Pentecostés, un Pentecostés que no es símbolo de uniformidad eclesial, sino expresión de la unidad en la pluralidad. En efecto, la acción del Espíritu no destruye las distintas lenguas (las lenguas son el vehículo de las culturas), sino por el contrario, las afirma y las abre a la diversidad que el mismo Espíritu Creador ha querido colocar entre ellas. Así, las diferencias no son una amenaza para la unidad, sino expresión de su riqueza: "Esta variedad de las Iglesias locales, tendiente a la unidad, manifiesta con mayor evidencia la catolicidad de la Iglesia" (LG 23).

4. La difícil misión trans-cultural

Es significativa la coincidencia con que la Conferencia de Puebla anuncia que "finalmente, ha llegado para América Latina la hora de intensificar los servicios mutuos entre Iglesias particulares y de proyectarse más allá de sus propias fronteras ‘ad gentes’ y, en el mismo párrafo, pone de relieve la posibilidad de "ofrecer algo original e importante" (DP 368). El texto especifica:

"nuestras Iglesias pueden ofrecer su sentido de la salvación y de la liberación, la riqueza de su religiosidad popular, la experiencia de sus Comunidades Eclesiales de Base, la floración de sus ministerios, su esperanza y la alegría de su fe" (Ib.) Existe una estrecha correlación entre la conciencia que una Iglesia particular tiene de su propia identidad socio-cultural y la conciencia de ser corresponsable en la misión mundial de la Iglesia. Mientras no cristalice esa identidad, su contribución misionera no será más que repetir esquemas creados por otros, privando a la praxis misionera de un aporte importante que podría enriquecerla.

AG 22 realza la significación de este tema: el proceso auto-afirmación de las Iglesias locales es como el de la semilla que germina en diversos terrenos. Destaca "el admirable intercambio" con que ellas asumen "todas las riquezas de las naciones que han sido dadas a Cristo en herencia". El texto señala que reciben "de las costumbres y tradiciones, de la sabiduría y doctrina, de las artes e instituciones de sus pueblos todo lo que puede servir para confesar la gloria del Creador". En una bella formulación, Evangelii Nuntiandi dirá más tarde: "Son tributarias de una herencia cultural, de una visión del mundo, de un pasado histórico, de un substrato humano determinado" (EN 62). Por eso es indispensable "que en cada gran territorio socio-cultural" se promueva una nueva reelaboración de la teología, "teniendo en cuenta la filosofía o la sabiduría de los pueblos, sus costumbres, su sentido de la vida y su orden social" (ib., cf también GS 62). Esta creatividad, por otra parte, como recalca la Redemptoris Missio, ha de compartirse con las demás Iglesias particulares: "Todas ellas, jóvenes o antiguas, están llamadas a dar y recibir... y ninguna deberá encerrarse en sí misma". El Papa explicita: "... dando y recibiendo de las otras Iglesias dones espirituales, experiencias pastorales, personal apostólico y medios materiales" (RM 85). ¡Hermoso ideal estimulado por los documentos oficiales de la Iglesia cuya realización concreta encuentra no pocos tropiezos en la práctica!

Mientras la expansión misionera se gestó desde Europa, los misioneros iban a sus lugares de trabajo apoyados en una fuerte identidad eclesial. Diversa es, sin duda, la experiencia de un misionero que parte de un país no-europeo. ¿Qué experiencia de Iglesia lleva consigo? Desde luego, la de su Iglesia local. ¿Pero, encierra esa experiencia algo"original e importante" que él pueda ofrecer a la Iglesia hermana donde desarrollará su futura actuación? ¿Y la Iglesia - o la provincia religiosa - que lo recibe está preparada para acogerlo, no sólo resolviéndole los trámites frecuentemente complicados de visados, sino aceptándolo como a un hermano poseedor de una experiencia humana y eclesial que puede enriquecer la experiencia de la fe que ella tiene?

El envío de misioneros no debe ser visto - como fue habitualmente el caso en el pasado, - como una ayuda de una Iglesia bien provista de personal y medios a una Iglesia necesitada y sin esos recursos para valerse por sí misma. Seguir esta línea equivaldría a mantener relaciones de dominio y dependencia, sobre todo cuando las Iglesias que reciben son de más reciente fundación. Realmente, en la interacción solidaria de las Iglesias debería imponerse el doble principio de que ninguna Iglesia es tan pobre que no tenga nada que ofrecer a otras Iglesias y, segundo, que ninguna Iglesia es tan rica que no tenga ninguna necesidad de la ayuda de otras.

Durante el desarrollo del Sínodo romano para el Asia, tenido en Roma este mes de mayo 1998, recogí algunos elementos relacionados con el contenido de este artículo y los discutí con personas preocupadas también del mismo tema.

- Una primera cosa que llama la atención es el escaso número de intervenciones que, al parecer, hubo en el aula sinodal sobre una evangelización "desde Asia". Un orador resaltó la creación de por lo menos 6 institutos misioneros masculinos que se han propuesto en Asia el triple ideal: "ad gentes", "ad exteros" y "ad vitam" (= misión para no-cristianos, para más allá del propio país, y de por vida). Con esto Asia se mantendría fiel a la herencia recibida de quienes llevaron allá la fe. Esta se robustece únicamente cuando se trasmite.

- El envío de misioneros no debe ser visto - como fue habitualmente el caso en el pasado, - como un acto de generosa ayuda de una Iglesia bien provista de personal y medios a una Iglesia necesitada que, por no tener esos recursos, no puede valerse por sí misma. Seguir esta línea equivaldría a mantener relaciones de dominio y dependencia, sobre todo cuando las Iglesias que reciben son de más reciente fundación. Realmente, en la interacción solidaria de las Iglesias debería imponerse el doble principio de que ninguna Iglesia es tan pobre que no tenga nada que ofrecer a otras Iglesias y, segundo, que ninguna Iglesia es tan rica que no tenga ninguna necesidad de la ayuda de otras.

- A mi pregunta por qué misioneros asiáticos (o africanos) tendrían que ser enviados también a América Latina, uno de mis interlocutores de la India me respondió poco más o menos así: en los 500 años de Cristianismo que nosotros llamamos "la época de Vasco de Gama" (este navegante portugués arribó a India en 1498) no hubo ninguna interacción entre nuestros pueblos - los pueblos no-europeos - que, entre tantas otras cosas, poseen en común la simplicidad de los pobres, el sentido de la solidaridad, la religiosidad, el amor a la familia. En cuanto al intercambio entre nuestras Iglesias, éste no tiene por qué partir de cálculos numéricos... allá muchos cristianos, aquí pocos, por lo tanto.... Lo que interesa es la motivación con que nuestros misioneros van o vienen. Admiro la motivación de aquellos que optan por países donde tendrán que enfrentarse con situaciones difíciles de vida y trabajo, y por el contrario me entran dudas cuando pienso en los muchos que parten a los países ricos de Europa o Estados Unidos.

- ¿Cuáles serían los puntos de contacto entre India y América Latina? - pregunté.

Fácilmente se pueden individualizar tres, manteniendo naturalmente muy en claro la diferencia de pasado histórico y contexto cultural:

1) India como América Latina es un continente que debe cambiar sus estructuras. La reinterpretación del Cristianismo que se dio en América Latina en los años 70 y principios del 80 en orden a favorecer un cambio, gracias a la teología de la liberación, suscitó gran interés en amplios círculos hindúes, budistas y pensadores de la India;

2) también las Comunidades Eclesiales de Base abren hoy inesperadas pistas de renovación pastoral en muchas partes del país. Ellas indican un modelo de Iglesia participativa, solidaria y servidora;

3) una tercera realidad tiene que ver con la religiosidad popular. También el hinduismo, en uno de sus sectores, apoya decididamente los impulsos que vienen de esa vertiente religiosa popular y podrían contribuir al deseado cambio social.

- La misión trans-cultural es de ida y vuelta, - observaba otro, - y lo cierto es que no hemos reflexionado suficientemente lo que ella comporta ni tenemos suficientes datos para tal reflexión. La reciprocidad misionera del así llamado Tercer Mundo es aún demasiado reciente. Sin embargo, estimo que se pueden adelantar algunas áreas en las cuales hay una gran convergencia de estas Iglesias: la carencia de un pasado colonial, la creatividad y flexibilidad pastoral, el sentido de solidaridad a nivel de pueblo sencillo y la sensibilidad religiosa con determinados tipos de espiritualidad o interioridad.

- Yo - subrayó un tercero, - trazo una neta línea de separación entre la misión trans-cultural y aquella otra que termina en la mera atención pastoral de los católicos de otros continentes. La opción más fácil del misionero es trasplantarse de un ambiente cristiano a otro y seguir cumpliendo allí las tareas de la acción pastoral a las que estaba acostumbrado en su propio medio o, en el peor de los casos, de seguir ejerciéndolas según el esquema del propio país, lo cual sería establecer de nuevo la misión colonial. ¿Es éste el tipo de "misión" que afro-asiáticos están llamados a implementar en América Latina o en Europa? ¿Llenar vacíos en la pastoral ordinaria de esos países por falta de clero local? Sencillamente pienso que no. La misión que me parece significativa es esa que llamamos "trans-cultural" y ello en doble sentido, de ida y de vuelta. Reconozco que en este terreno estamos dando recién los primeros pasos.

De ida y vuelta, ... los misioneros indonesios, por ejemplo, para poder ser ellos mismos tendrían que tomar distancia del modelo eclesial holandés-indonesio actual que, de un punto de vista cultural, los ha "occidentalizado" en demasía. Al ir a Latinoamérica deberían aceptar de preferencia los desafíos misioneros en situaciones al margen de la Iglesia y no, simplemente, los desafíos pastorales en el círculo seguro de las instituciones católicas. Las Iglesias - o provincias religiosas - que los reciben tendrían que ayudarles a reflexionar su experiencia a la luz de su cultura y de la cultura de su patria de adopción. Sólo entonces, gracias a este esfuerzo de auto-identificación, podrán dar aquí y luego llevar a su país un aporte significativo de misión trans-cultural.

Conclusión

El tema de una Iglesia que profundiza progresivamente en la comprensión de una de sus notas esenciales, vale decir, la de ser "católica", queda insinuado en sus contenidos de problema y de esperanzador desarrollo en el futuro.

Cruzar fronteras y derribar murallas: son dos formulaciones que señalan este ideal de mayor catolicidad en un mundo profundamente golpeado por todo tipo de conflictos y necesitado de buenas noticias de fraternidad, solidaridad, justicia, amor. La misión de la Iglesia debe manifestar que en Cristo no hay desigualdades por razón de raza o de nacionalidad, de condición social o de sexo (LG 13 y Gál 3,28). Cruzar las fronteras de la propia nación para asomarnos a los horizontes objetivos del mundo de hoy; derribar las murallas del etnocentrismo que impiden admirar los valores de otros pueblos. Pasar más allá, ... hacia otras "cosmovisiones", hacia otras tradiciones religiosas, hacia los grupos marginados de la sociedad. Allí, en la diversidad, se halla también la huella de Dios, "las semillas del Verbo", el soplo del Espíritu. Allí está el lugar para la misión hecha de proclamación de la Buena Nueva y de respetuoso diálogo.