María Teresa Porcile Santiso (Montevideo - Uruguay)
Ser teóloga desde América Latina: urgencia y desafío de ver la salvación desde la mujer


Introducción

El título de esta conferencia es un programa en sí. Ante todo es preciso situarnos en un aquí y en un ahora. Estamos en Roma, en una circunstancia muy especial: por primera vez en la historia de la Iglesia se convoca aquí un Sínodo de "las tres Américas y el Caribe", con el objetivo de ver modalidades de un caminar juntos (es lo que significa la palabra "syn-odos") el Norte y el Sur. Para ello es necesario un encuentro con el Cristo vivo que nos lleve a la conversión, a la comunión y solidaridad.

El título anunciado contiene dos verbos que implican dos acciones: el ser y el ver. Y por otra parte, dos perspectivas: se trata de ser teóloga (lo cual "parece" una novedad histórica) desde América Latina y ver desde la mujer. Esta perspectiva doble, contextual, implica una identidad rica y compleja. Por un lado la identidad antropológica y todo lo que significa "ser mujer", y serlo, además, desde América Latina o desde la Afro-Amer-India o Abya-Yala hoy. Esto supone asumir una identidad histórica, socio-cultural, que requiere síntesis.

Las dos acciones verbales (el ser y el ver) desde este contexto tienen una finalidad y tarea: se trata de la salvación, algo que hoy es urgencia y desafío y se trata de verla desde el ser de la mujer. Este es el centro de esta reflexión teológica. Hablar de urgencia, es hablar de tiempo: tiempo que no se puede perder. Hablar de desafío es hablar de modalidades, de creatividad, de "invención", de "novedad". Todo esto, en alguna medida deberá ser tenido en cuenta es esta meditación. Por otra parte en el "aquí y ahora" de esta conferencia es necesario tener presente los destinatarios de la misma: gran cantidad de evangelizadores de todas las culturas, de distintas familias y corrientes espirituales, pero todos con una espiritualidad misionera común.

¿Cómo se entiende la misión "hoy"? ¿Cómo es el desafío de descubrir el Verbo encarnado en las diferentes culturas y situaciones? ¿Cómo se "anuncia" una "plenitud" desde los antecedentes siempre actuales de cada filosofía y credo religioso?

Deseo hacer una aclaración al comienzo de esta ponencia: abogo por un "desde" inclusivo, abierto a lo universal. Desde la América de influencia hispana a la América de influencia sajona, desde la América de cultura religiosa católica a la América de influencia religiosa protestan-te, desde ambas a las raíces indígenas de la Abya Yala, desde ambas al reconocimiento de la Afro-Amer-India, desde ambas en diálogo con el mundo entero. El "contexto" no es para aislarse, es para profundizarse desde lo particular a lo total de las raíces de lo humano.

1. La salvación,... con ojos de mujer

Sobre el aspecto de la salvación no me voy a extender. Habría que hacer un planteo de la teología de la liberación y su evolución y detenerse a revisar el aspecto de la redención y la salvación. Ya ha sido hecho desde América Latina, a partir de Medellín, Puebla y Santo Domingo atravesando distintos aspectos de áreas preferenciales y prioritarias de evangelización: los pobres, los jóvenes, las elites (que habían sido objeto de un Documento en Medellín), la mujeres, los indígenas, las culturas. El grito por la liberación que se inicia en el capítulo 3 del Exodo se oyó y se sigue oyendo en América Latina, hasta los confines de la tierra. Es vastísima la literatura a este respecto.

Pero tratándose de la mujer, ese grito faltó cuando comenzó a hacerse la reflexión de la liberación. Sólo poco a poco se fue descubrien-do la opresión y la mudez de las mujeres. Más que gritos eran rostros, lágrimas, violencia, cuerpos golpeados, mutilados, vendidos, dignidades pisoteadas. Entre los pobres ella era la más pobre. Su carencia de voz era tal que ni existía el lenguaje para que se expresara. Víctima de atrocidades, de cegueras.

Les pido, desde el principio de esta conferencia, que me permitan hablar con el corazón abierto. Si nuestra tarea es ver no se puede pretender tapar realidades. El título "urgencia y desafío" me hizo meditar. En esta Asamblea hay mucho amor, sabiduría y vocación: teología viva. Ofrezco mi reflexión con el deseo de suscitar otras y de que las podamos unir.

No estamos aquí sólo para repetir cosas preciosas que todos conocemos, maravillas en la Iglesia y en todas las Iglesias particulares, ni para reiterar datos estadísticos de realidades sociales que también conocemos y nos preocupan a todos. Creo que estamos aquí para hacer balance, desde la fe y la misión, con la ayuda de ese instrumento de comprensión y discernimiento que es la teología. Y en un balance hay un Debe y un Haber. Vamos a ocuparnos del "debe", - de las deudas, dijera el Santo Padre -, para equilibrar "haberes".

La Iglesia, a menudo sin darse cuenta, reforzó en la mujer "resignaciones pasivas": en las prédicas, en los confesionarios, en los retiros, en las dirección de conciencias. Desde la óptica de las mujeres, podemos decir que muchas veces encontramos en América Latina a mujeres - ricas y pobres, blancas, negras e indígenas - que expresan cuánto han sentido y sufrido situaciones de injusticia y no encontraron fácilmente una voz profética en la gran mayoría de los eclesiásticos. Hubo y sigue habiendo muchas omisiones y silencios. Lamentablemente, a menudo fue reforzada una actitud... ¿dolorista?, ¿masoquista?, ¿narcicista?.

Gracias a Dios siempre hay excepciones confirmando la regla: sacerdotes de entrega generosa y auténtica que dieron y dan, mara-villosamente, su tiempo y su vida acompañando a mujeres religiosas y laicas en distintos grupos y congregaciones. Son o han sido "asesores", acompañantes, capellanes. Su acción fue - y es - la que pudieron y supieron hacer dentro de los límites humanos de sus historias personales, sus culturas, sus modelos inconsciente e indiscutiblemente masculinos. Han sabido escuchar, acompañar, consolar y sostener.

Fue necesario un soplo nuevo del Espíritu en la historia para que naciera, al decir del Documento de Santo Domingo, "la mujer protagonista" de su destino y responsable de la historia.

Hay que perder el miedo a ser vistas como "no-buenas", "no-dóciles", "no-servidoras". Durante siglos y siglos se nos ha enseñado a decir de modo incondicional. María, se nos decía a las mujeres, es el modelo: ella siempre dice ... Pero la verdad es que María - modelo de todos los discípulos, no sólo de las mujeres - supo decir y decir también no (Mt 5,37). La humildad va de la mano con la verdad. El Magnificat canta "el sí y el no", canta a la pobreza y la salvación, y no a la arrogancia y la soberbia. Es el canto de quien se sabe pequeño(a), de quien se sabe mirado en la "humildad de su esclava". Canta el "gran sí" de la misericordia del único que tiene el verdadero poder. Misericordia que para "los pobres" será enaltecimiento y para "los ricos" manos vacías. ¿Cómo recibir el don de Dios si alguien está lleno de sí mismo? Qué difícil resulta este lenguaje, y sin embargo es el de la misericordia de Dios y no el de la justicia de los hombres. Aprender a decir sí y decir no, discernir en libertad del Espíritu, sin ideologías políticas, teológicas o "espirituales". Porque también hay ideologías espirituales: son las que se erigen en sistemas rígidos y se defienden de los soplos y murmullos del Espíritu.

Fue necesario un abrirse de par en par al nuevo soplo del Espíritu para ver nacer, poco a poco, mujeres con autodeterminación serena: consultando con madurez, pero sin pedir permisos que infantilizan; mujeres que escuchan los signos de los tiempos; mujeres a las que una historia de dolor ha fortalecido con una experiencia que las ha hecho madurar como seres humanos libres; mujeres con una formación intelectual, espiritual y humana, a la cual, académicamente, les fue posible y permitido acceder recién en este siglo XX.

El movimiento histórico de la mujer lo han plasmado mujeres que más de una vez fueron consideradas transgresoras. Nadie les regaló ni su derecho al sufragio, ni su derecho a la educacion, ni a la libertad de elección de estado de vida. Lo tuvieron que conquistar arduamente. Es necesario decirlo con verdad y humildad: la Iglesia no fue todo lo profética que pudo haber sido en sus instituciones, hasta que, en medio de persecuciones, hicieron irrupción mujeres profetas.

El Santo Padre lo ha reconocido así: "... Somos herederos de una historia de enormes condicionamientos que, en todos los tiempos y en cada lugar, han hecho difícil el camino de la mujer, despreciada en su dignidad, olvidada en sus prerrogativas, marginada frecuentemente e incluso reducida a esclavitud. Esto le ha impedido ser profundamente ella misma y ha empobrecido la humanidad entera de auténticas riquezas espirituales. No sería ciertamente fácil señalar responsabilidades precisas, considerando la fuerza de las sedimentaciones culturales que, a lo largo de los siglos, han plasmado mentalidades e instituciones. Pero si en esto no han faltado, especialmente en determinados contextos históricos, responsabilidades objetivas incluso en no pocos hijos de la Iglesia, lo siento sinceramente..." (Carta a las Mujeres, 29 de junio 1995, n 3.)

Enseguida manifiesta su admiración: "Expreso mi admiración hacia las mujeres de buena voluntad que se han dedicado a defender la dignidad de su condición femenina mediante la conquista de funda-mentales derechos sociales, económicos y políticos, y han tomado esta valiente iniciativa en tiempos en que este compromiso suyo era considerado un acto de transgresión, un signo de falta de femineidad, una manifestación de exhibicionismo, y tal vez un pecado. Como expuse en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año, mirando este gran proceso de liberación de la mujer, se puede decir que ha sido un camino difícil y complicado y alguna vez, no exento de errores, aunque sustancialmente positivo, incluso estando todavía incompleto por tantos obstáculos que en varias partes del mundo se interponen a que la mujer sea reconocida, respetada y valorada en su peculiar dignidad. ¡Es necesario continuar en este camino...!". (Ib. n 4). Hoy existe, pues, una nueva conciencia.

A veces la Iglesia nos duele, y a las mujeres nos duele mucho. Duele como duelen las entrañas en dolor de parto. Hay una Iglesia que está en dolor de parto, está naciendo con fuerza nueva por el Espíritu. Las mujeres sentimos un inmenso amor a la Iglesia, la amamos como se ama al Señor. Y por eso amamos sus sueños y sus deseos de Reino.

Entre las mujeres redescubrimos profetizas con fuerza nueva, como las hubo en los tiempos bíblicos. Celebramos la memoria de cientos y miles de maravillosas fundadoras y visionarias... allá en los siglos XVII, XVIII y XIX, con anterioridad al movimiento hoy llamado feminista que ha tenido una necesaria vertiente más secular y académica. Ellas inauguraron tiempos nuevos: sobre todo asumiendo la importancia de lo apostólico, de lo directamente misionero. Ellas son verdaderas "santas madres" que deben completar la tradición matriarcal del Cristianismo y de la Iglesia. Miles de religiosas prolongan esa herencia junto a religiosos y laicos que dan sus vidas con enorme energía y esperanza.

En épocas pasadas no lo "podían" hacer. La condición de vida de las mujeres las limitaba al espacio doméstico o claustral, precioso recinto, por cierto, cuando es elegido libre y conscientemente. Pero, en un momento de la historia, se convirtió en espacio impuesto, exclusivo y "propio". A las mujeres les estaban vedadas la universidad, las plazas, la esfera pública, las calles o la predicación peregrinante.

El cambio se produjo en una larga y lenta trayectoria histórica y socio-cultural, en la que tuvieron más influencia las circunstancias culturales que las palabras explícitas de Jesús: "Anda a decirles a mis hermanos..." (Jn 20,17). Hay una historia de lentitudes. Los cambios llevan demasiado tiempo; a menudo se tiene la impresión de que la Iglesia "siempre llega tarde". Hay un buen elemento de prudencia en esta ponderación; y se comprende y se valora esta fidelidad al tesoro de la tradición, pero no se puede desconocer que haya en ello también una buena dosis de temor, miedo, afán de control y "prudencia según la carne". Haría falta mucho más apertura a la fuerza del Espíritu, más confianza nacida de la oración.

Jesús y el Evangelio dieron a las mujeres un mandato explícito de anuncio de la Buena Nueva. Sin embargo la historia de la Vida Religiosa y la historia de la misión son testigos de las dificultades que tuvieron las mujeres fundadoras de congregaciones religiosas con sacerdotes, obispos y teólogos varones. Nunca faltó algún "sacerdote-hermano" que las acompañaba, pero tampoco faltaron las lamentables intrigas por el poder. Lo cierto es que hasta hace prácticamente un siglo no nos habíamos dado cabal cuenta de las palabras de Jesús.

¿Y si hubieran podido anunciar, como el Señor quiso y quiere?... Desde el corazón podemos imaginar el Evangelio de María de Betania, de Marta, de María de Mágdala, de María su Madre..., de la samaritana... y de tantas otras. Los Evangelios canónicos nos permiten vislumbrar una palabra enamorada de esas mujeres apóstoles, discípulas, profetizas y evangelistas. El Corazón del Señor y el corazón de las mujeres son fuente preciosa de la teología con mirada de mujer.

Extraña y misteriosa historia de la mujer, un hecho pancultural: sólo el Evangelio, sólo Jesús, en todo el panorama de culturas y religiones, le dió a la mujer igual acceso al Padre: "ésta también es hija de Abraham", dijo de la encorvada (Lc 13). "Simón ¿ves esta mujer?": ésta que tu consideras pecadora pública (Lc 7), ¿ves? ¿ves el poder de su amor?, - pregunta Jesús. "El flujo se detuvo" (Mc 5) cuando la fe de la mujer lo "toca" y El siente una fuerza (dynamis) salir de sí. Jesús ve la realidad del corazón, ordena a la mujer que se enderece, detiene aquel flujo que la hacía impura a los ojos humanos. "Lo que sale del hombre eso lo hace impuro" (Mc 7).

2. Ser teóloga y ver

Ante todo es necesario fijar límites. Supongamos que asistimos a una conferencia, en Roma, con el título de: "Ser teólogo desde Europa: urgencia y desafío de ver la salvación desde el varón..." Sería un simpático ejercicio de juego intelectual imaginar enfoques y temáticas. La conferencia solicitada al P. Dr. "X" de la Universidad Urbaniana será muy diferente de la pedida al P. Dr. "Z" de la Universidad Gregoriana o del Angelicum o del Agustinianum. Y saliendo de Roma... imaginemos que la da un teólogo de Holanda o de Atenas, de Oslo o de Granada, el P.Karl Rahner o a su hermano Hugo Rahner... de nuevo, serán conferencias muy distintas. Este es un primer límite, vale decir, que lo que voy a presentar es un modo de ver la tarea teológica de una mujer hoy, desde América Latina-Cono Sur y desde un pequeño país del cual los diarios apenas hablan, del Uruguay.

Las mujeres del Cono Sur y las del Norte y las de América Central y el Caribe tenemos, por cierto, historias con puntos en común; pero, al mismo tiempo con grandes diferencias. En el Cono Sur no puedo dejar de mencionar los miles de "desaparecidos" y la fuerza de madres y abuelas que persistieron en su búsqueda. Mas allá de tintes ideológicos que siempre son ambiguos y frente a los cuales no se puede ser ingenuo, hay elementos extraordinarios en estos episodios. Un aspecto es innegable: las que se han estado reuniendo fueron madres y abuelas, no fueron padres y abuelos. Lo han hecho con extraordinaria perseverancia, semana a semana, y llamativamente jueves a jueves, como en una memoria del amor, Jueves Santo del amor, día en que Jesús nos dejó su fuego hecho pan... Se reunieron, se dieron fuerza, dibujaron círculos... en sus rondas de memoria, en su persistente caminar. Salieron a las plazas y espacios - presencia icónica - llevando las fotos de aquellos a los cuales habían dado la vida y la carne y la sangre y sus pechos de mujer. No podían estar muertos y desaparecidos los frutos de sus entrañas...

Cuando en Huairou, en la Conferencia de las ONG de Naciones Unidas, en 1995 participé en una marcha de silencio donde las mujeres manifestaban denunciando 67 lugares de violencia y guerra en el mundo, en el aire flotaba aquella frase : "los hombres deciden las guerras, las mujeres lloran sus hijos". Las mujeres "buscan" como la Esposa del Cantar, como tantas mujeres en el mundo, "al que ha desaparecido" dejándolas heridas en su amor. "¿Dónde están los guardias de la ciudad? ¿Han visto al que ama mi alma? Son "cosas de mujer", resistencia de mujer, fuerza de mujer, esperanza de mujer... por la vida en todas sus dimensiones. ¿Hemos de ver esto con ojos simplemente humanos? ¿Podremos ver más allá de toda ideología? La ideología no ve personas y corazones... ve "ideas", siente amenazas e inseguridades. Por un lado "comunistas" y por el otro "explotadores".... Todo reducido a lucha de poderes por el poder. ¡Ojalá las mujeres seamos capaces de otra cosa! ¡Capaces de ampliar círculos de búsqueda del Gran Desaparecido, el Dios de la vida! No hicieron otra cosa las mujeres de la Resurrección.

A la escucha de la tradición judía aprendí que en hebreo no existía la palabra "derechos", y en cambio se le daba un énfasis central a los "deberes", las "mitzvot". Me di cuenta que si existía esa tremenda y do-lorosa lucha por los "derechos humanos" era porque los deberes no habían sido cumplidos. Los derechos del "pobre" son los deberes del "rico"..., y así siguen las ambivalencias del lenguaje...

Diciendo que hablo desde el Cono Sur señalo mis límites. Esta ponencia sería distinta si la hiciera otra mujer de otro país, en otra realidad, de otra cultura, con otra síntesis. Esta es una manera que conoce sus límites y la necesidad permanente de abrirse "al otro" en diálogo constante y en primordial principio de respeto. Creo que un modo de vivir la solidaridad es admitir que cada una y uno tiene mucho y diverso que ofrecer y que podemos ponerlo todo en común. Hay una "sabiduría colectiva" de las mujeres, algo que se pone en marcha cuando nos encontramos y nos damos unas a otras nuestras experiencias. Este darnos experiencias nos hace "expertas", permitiéndonos discernirlas en común, a la luz y en el fuego del Espiritu. ¡Qué bueno sería, un día, estar todas juntas!

2. El segundo límite se da en la palabra "teóloga". Es una palabra que conlleva un compromiso mayúsculo: "Teólogo es el que ora", dice Evagrio Póntico en el siglo IV. Tal vez es como decir: teólogo es el que escucha a Dios, recibe a Dios y trasmite algo de Dios. La teología, siendo sabiduría, tiene como requisito indispensable el amor y la humildad, la apertura a las muchas palabras que la Palabra nos hace llegar cada día. Planteados esos límites nos preguntamos: ¿Qué se entiende comúnmente por teólogo? Según la etimología, el término implica la posibilidad de decir una palabra sobre Dios (Teós-logos).

Revisando la historia desde el punto de vista de esta reflexión se ven dos vertientes: la historia de la teología en sí, por un lado, y esa misma historia en relación a la mujer, por el otro. Nuestro título dice "ser teóloga", lo cual parecería, como dijimos, una novedad.

2.1 Historia de la teología (brevísimos jalones):

Esta historia tiene dos modos de ser releída según se trate de Oriente u Occidente. Hay una historia común, sobre todo en el primer milenio y una historia diferente, sobre todo en el segundo.

En la tradición de la Iglesia indivisa (primer milenio) encontramos el modo de hacer teología de los Padres de la Iglesia. Habitualmente se trata de pastores y obispos que, en el curso de su tarea pastoral, enseñan. Lo hacían en sus sermones, en sus comentarios a distintos libros de las Escrituras, en cartas y otros escritos. Esta teología alcanza "momentos fuertes" en los Concilios. Aparecía una nueva doctrina y era necesario reunirse y ver si se trataba de una "herejía". Así el vocabulario teológico se completó con los conocidos "anatemas" y definiciones dogmáticas. Los Padres explican, enseñan la comprensión de la fe. Es una teología con una finalidad didáctica que tendrá repercusión en la catequesis. La teología, como palabra sobre Dios, es proclamada, explicada, enseñada. Este período y modalidad corresponden a lo que conocemos como teología patrística.

En este primer milenio existe también la "teología celebrada" de la liturgia. En cada fiesta (y por mucho tiempos "la sola fiesta" era la Pascua) se leían determinados textos, oraciones e himnos. La fe se hacía "palabra sobre Dios", celebrada, cantada, contemplada. Más adelante esa misma celebración se convertía en fuente de la teología. Era una teología más de los monjes que de los pastores (a veces ambos coinciden) y su ámbito más propio fue el monasterio.

Hay otra teología que podemos llamar existencial. Se trata de la doctrina de los santos, del testimonio de sus vidas. Algo de esto se vislumbra en el género hagiográfico. Por ejemplo, la teología de los Diálogos de Gregorio Magno, la Vida de San Malaquías, de San Bernardo, las referencias de Santa Macrina y San Gregorio de Nisa, etc... En esta tercera modalidad del quehacer teológico se encuentran ya raíces femeninas gracias a mujeres consideradas santas. Se comienza a descubrir el "genio" femenino.

Estas modalidades de hacer teología las encontramos en el primer milenio del Cristianismo: es la teología de los Padres de la Iglesia (las "Madres" hoy comienzan a ser descubiertas), la teología litúrgica, la teología monástica, la teología desde la "praxis" del Evangelio.

Si se relee esta historia desde la perspectiva metodológica, hablaremos de una teología que parte de la "lectio": lectura orante, lenta, vinculante y conducente a la meditación, la oración y la contemplación. Esta teología que se "elabora" de este modo corresponde, como dijimos, a la tradición de la Iglesia indivisa de todo el primer milenio.

En el segundo milenio, en Occidente, surgen las universidades y en ellas el método es otro. Ya no se parte de la lectio, sino de la "questio", la pregunta, el cuestionamiento. Esto se da en la cultura latina (no en el Oriente cristiano) y se plasma en el método escolástico. Este inaugura la demostración, la argumentación. Querrá "demostrar" o hacer convin-centes, por vía de la inteligencia, la coherencia o las "razones" de la fe. Como las mujeres no podían ir a la universidad, quedaron excluídas de este modo de hacer teología en la Europa del siglo XIII. Con todo, en los monasterios existió una vastísima tarea cultural teológica que, sí, pudieron ejercer las mujeres. En estos dos milenios de teología cristiana, la tradición del "genio femenino" nos llega prácticamente a través de algunas pocas referencias, todas ellas a través de la vida monástica o de los escritos de mujeres en la vida consagrada.

Cuando se toma conciencia de este panorama, se siente la gravedad de aquella "deuda", que la humanidad entera tiene con la mujer y la dificultad real de saldarla por ausencia de historiografía. El Papa Juan Pablo II la reconoce: "...Por desgracia, de la múltiple actividad de las mujeres en la historia ha quedado muy poco que se pueda recuperar con los instrumentos de la historiografía científica. Por suerte, aunque el tiempo haya enterrado sus huellas documentales, sin embargo se percibe su influjo benéfico en la linfa vital que conforma el de las generaciones que se han sucedido hasta nosotros. Respecto a esta grande e inmensa "tradición" femenina, la humanidad tiene una deuda incalculable. ¡Cuántas mujeres han sido y son todavía más tenidas en cuenta por su aspecto físico que por su competencia, profesionalidad, capacidad intelectual, riqueza de su sensibilidad y, en definitiva, por la dignidad misma de su ser!". (Carta a las Mujeres). Su carta Tertio Millennio Adveniente llama la atención sobre aspectos del segundo milenio, señalando una problemática distinta de la del primer milenio: "...Es bueno que la Iglesia dé este paso con la clara conciencia de lo que ha vivido en el curso de los últimos diez siglos.." ( n. 33). "A lo largo de los mil años que se están concluyendo, aún más que en el primer milenio..." (n. 34).

No es momento de evocar aquí los acontecimientos mundiales que sacudieron la historia en este siglo desde las guerras mundiales, la "shoah", la creación de Naciones Unidas, la bomba atómica hasta la revolución informática, la robótica y la globalización de la economía. Es un siglo que trae aparejado un "cambio de época". En este siglo XX que se va, hemos asistido en la historia de la humanidad, a los cambios más profundos de Oriente y de Occidente en materia de condiciones de vida de toda la humanidad, y sobre todo de las mujeres.

Desde el punto de vista de la Iglesia cristiana, este siglo ha sido testigo de novedades totales en la historia del cristianismo. En el campo ecuménico la creación del Consejo Mundial de Iglesias, en el campo específico de la Iglesia Católica, el hecho de un Concilio, por primera vez llamado no "para combatir herejías", sino para discernir "los signos de los tiempos", para escuchar al Espíritu y abrir la ventanas. En este contexto teológico de renovación la mujer ha vivido los cambios más significativos de las condiciones de vida de toda la historia.

2.2 La mujer y la teología

El acceso al estudio de la teología en facultades de teología, - a la teología como ciencia universitaria - estuvo vedado a la mujer hasta este siglo, al igual que le estuvo vedado el acceso a toda enseñanza universitaria o al ejercicio del sufragio universal. Este es el hecho histórico cultural. Por otra parte y al mismo tiempo, existe una historia teológica a recuperar desde la vida, las intuiciones, las iniciativas y los deseos de las mujeres. Respecto a la inteligencia especulativa abstracta, esta historia es "de otro orden".

Talvez una de las grandes tragedias de Occidente, sobre todo a partir del siglo XVI, ha sido confundir lo intelectual con lo meramente racional, relegando a "una esfera inferior" - "sentimental y emotiva" se ha dicho con menosprecio y por ignorancia -, el conocimiento por vía transracional: la visión, la profecía, la intuición o el deseo. No había sido así la teología del primer milenio ni la teología monástica. La categoría "afectiva" profunda, en el sentido de lo capaz de "afectar", había sido tenida en cuenta como una categoría real del conocimiento de Dios. Había que esperar este siglo para descubrir desde la filosofía la importancia de la intuición y la mística (Bergson), del valor de la persona (Mounier), del deseo (Blondel y Maine De Briran) y de los hallazgos de la psicología para ver las cosas de otro modo. Había que esperar el nacimiento de la fenomenología (Husserl) para darle carácter "científico", "objetivo", a la descripción, a la narración, al relato (Ricoeur), al "decir", desde los aportes de todas las escuelas de psicoanálisis.

Recién ahora, con estas herramientas, comenzamos a estar en condiciones de escudriñar (Juan 5.39) el "alma" de las mujeres de fe. Nos han llegado sus anécdotas. Ellas habían sido objeto de narración, pero no sujeto narrador. Nos han llegado sus rasgos biográficos y/o leyendas o en otros casos, siempre más frecuentes en los últimos tiempos, nos han llegado también sus escritos directos.

El año 1998 señala el centenario del nacimiento de Hildegardis de Bingen, una de las personalidades más polifacéticas de la historia de la cultura: abadesa benedictina, primera médica de Alemania, extraordina-ria filósofa, música y compositora, originalísima visionaria. Lo cierto es que apenas empezamos a descubrirla. Habría que mencionar también la escuela de las monjas de Helfa de la tradición benedictina cisterciense que formó las primeras teólogas de la historia de la Iglesia. Habría que destacar a Santa Catalina de Siena o a la genial Teresa de Avila en la España del siglo XVI y tantas otras. ¿Cómo no resaltar hoy las inagotables intuiciones de Teresa de Lisieux o destacar en América Latina a Juana de Asbaje, monja jerónima, escritora, poetisa, mujer de ciencias, conocida como Sor Juana Inés de la Cruz, en el México del siglo XVII? Cuando ella reclama el acceso al saber, sabe remitirse a la "tradición teológica de mujer": se siente herencia y continuidad. América Latina surge, realmente, con signo y símbolo de mujer: María de América, la Señora del cielo inaugura la "nueva evangelización" con rostro mestizo de mujer. Ella elige al indio pobre para ir al obispo. El Nican Mopohua nos la presenta insistiendo hasta que finalmente el obispo se convierte.

¿Cómo no tomar conciencia de que hasta el pontificado de Pablo VI fue imposible pensar en mujeres "doctoras de la Iglesia"? Hoy el Nuevo Catecismo ha dado pasos importantes. Se ha caminado, pero muy lentamente. A este propósito observa Juan Pablo II en Tertio Millennio Adveniente: "Ella (la Iglesia) no puede atravesar el umbral del nuevo milenio sin animar a sus hijos a purificarse, en el arrepentimiento, de errores, infidelidades, incoherencias y lentitudes. Reconocer los fraca-sos de ayer es un acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos capaces y dispuestos para afrontar las tentaciones y las dificultades de hoy..." (n. 33).

Si bien la reflexión teológica de la mujer, desde la mujer y hecha por mujeres, tiene un pasado de siglos, la formación universitaria teoló-gica para la mujer es reciente. La novedad del acceso a fuentes, lecturas directas, etc. ha sido una "experiencia" distinta y fundante. Los primeros pasos se dieron para las mujeres en el hemisferio Norte.

Antes del Concilio algunos varones europeos, tal vez bajo la influencia del pensamiento romántico alemán, sobre todo de una mujer como Gertrud von Le Fort , se plantean lo femenino con gran buena voluntad poniendo de relieve lo femenino cultural como si fuera lo "femenino natural". Es el conocido discurso de la "naturaleza femenina" o la "naturaleza de la mujer", con absoluto silencio del planteo sobre su reciprocidad con lo "masculino natural" y la "naturaleza de lo mascu-lino". ¿Planteo de género?...En realidad, la teología hecha por varones no se planteó el punto de vista de una identidad antropológica, genérica y cultural. Asumió sencillamente una tarea intelectual. Es lógico que así fuera. Prácticamente toda la historia de la teología católica y cristiana ha estado hecha en términos de categorías occidentales y grecolatinas.

También es un hecho de este siglo el "descubrimiento" de las culturas, la validación de otros lenguajes, otras gnoseologías y episte-mologías. La historia de "las misiones" ha sido fundamental para esta apertura. Se descubren los contextos sociales, culturales donde aparece también el "contexto" de las mujeres y su situación y condición dentro de la sociedad. La reflexión se centra más sobre el "hacer" que sobre el "ser", del "rol" antes que de la "identidad" profunda.

Sin embargo, por los años 60, en el hemisferio norte anglosajón y en un ambiente ecuménico, surge algo nuevo desde lo antropológico y cultural. Las mujeres, en contacto con las fuentes de la teología (la Biblia, la tradición), "leen" por primera vez "la historia" desde "otro punto de vista". Surge la hermenéutica feminista. Las mujeres "descubren" interpretaciones, dadas durante siglos, que han justificado y validado "subordinaciones". Toma cuerpo la teología feminista; la mujer pasa de ser "objeto de" reflexión a ser "sujeto" reflexivo, crítico y autocrítico. Ahora "hace" teología.

En un primer momento, las mujeres buscan nuevos modos de interpretar la historia de la Iglesia, el lenguaje sobre Dios y la fe. Es un momento de confrontación. Sintiéndose "usadas", engañadas, manipu-ladas, empiezan a expresarlo. Se reúnen, escriben. Los hombres temen, bromean, "se defienden"... Se agudiza el conflicto cuando comienzan a cuestionar el gobierno de las instituciones y la toma de decisiones exclusivamente en manos de hombres. Las diferencias de esta historia están marcadas por culturas y países.

3. Teología y mujer en América Latina

En América Latina sabemos hasta qué punto es significativa "la lectura popular" de la Biblia. Como Palabra viva ha engendrado comu-nidades, desde la clave hermenéutica de los pobres. Todo esto supone una revolución de la cultura religiosa. También para las mujeres. Siempre habían sido en el pasado las más activas, trabajadoras y dedicadas al servicio de la Iglesia. Pero ahora están en condiciones de expresar su pensamiento y experiencias, de hablar, reflexionar, liderar grupos y /o comunidades eclesiales de base. Esto es teología pastoral y misionera, kerigma y catequesis. Creo positiva y providencial esta circunstancia histórica que hizo que las mujeres vivieran una "vida teologal" antes de tener la posibilidad de reflexionar y ordenar articulada y teológicamente sus experiencias, pero ahora es necesario ya pasar al momento de integrarlo todo.

Para ello se necesita exégesis desde la mujer, historia de la Iglesia desde la mujer, teología fundamental desde la mujer, misión, ecume-nismo, derecho canónico, espiritualidad, etc., toda una búsqueda acadé-mica desde la mujer. Ello revitalizará toda la misión de las mujeres en la Iglesia y de toda la Iglesia. De lo contrario habría un divorcio mayor aún entre estudios e investigación por un lado y práctica y misión por el otro.

En el Occidente, sobre todo a partir del segundo milenio, se ha dado el divorcio entre la teología dogmática, por un lado, y la teología espiritual y/o servicio misionero, por el otro. Y se acentuó en el caso de las mujeres. A partir del Concilio de Trento se profundizó la división entre teología y espiritualidad (sobre todo entendida como "devociones"). Cuando aparecen las teologías contextuales en la mitad del siglo XX la dicotomía sigue: por un lado la doctrina y por el otro la vida: por un lado los estudios y la teoría, por el otro la praxis. Los resultados son negativos para la fe. ¿No se acaba en una desarticulación entre la fe que se estudia y la que se celebra y se vive y se ora. ¿No estamos ante el resquebraja-miento del discurso teológico en general y lejos de una arquitectura armónica?

En América Latina, el movimiento feminista - tanto el secular como el cristiano- ha tenido otro "color", acaso más global que entre las mujeres del Norte. Habitualmente esto se explica diciendo que la teología feminista en América Latina se dió, en sus comienzos, "dentro" de la Teología de Liberación. Se presentó como "una" teología de liberación, desde la búsqueda de la ortopraxis: vale decir al servicio de la sobrevivencia de la mujer como ser humano digno. Esta es una referencia histórica insoslayable. Eso marcó el inicio de un camino en un contexto. Pero ello tampoco es toda la historia de la mujer en teología. Sobre todo, esa historia no tiene porque "determinar" un único modelo futuro. En el Norte, en cambio, estuvo más marcada por la posibilidad intelectual. Ahora estamos en un momento privilegiado de una síntesis mayúscula que busque la perspectiva de lo femenino y la experiencia de la mujer en todos los ámbitos de la teología.

4. ¿Teología feminista de la liberación o teología desde la perspectiva de la mujer?

Las mujeres tenemos derecho a una teología integral e integral-mente hecha desde nosotras. Tenemos el derecho y el deber de rescatar la tradición femenina subrayada por el Papa en su carta a las mujeres, cuando afirma que se perdió historiografía, pero que hay que buscar linfa vital... (n. 3). Tradición de mujeres desde el Evangelio, en la historia de la Iglesia, hasta nuestras mártires de hoy..: en Salvador, Perú, Colombia, Argentina, Brasil... Hay millones de martirios que sólo los ven los ojos del Señor. Allí nace la Iglesia. Lo decía ya Tertuliano y lo celebra la memoria de la fe hoy.

El movimiento de mujeres comienza en una sociedad en trans-formación, en mutación y desde ella "llega" a la Iglesia. Es comprensible, entonces, que determinadas esferas de la Iglesia manifiesten una cierta desconfianza frente a algo que tuvo un origen histórico secular. Se expresan reservas y temores. De ahí que sea urgente el diálogo en profundidad, en apertura al Espíritu desde una identidad del "ser". Es necesario salir del monólogo y del 'impasse' de conflicto social y abrirse a un encuentro de identidades en reciprocidad antropológica. Empezar a reflejar unidos - varón y mujer, masculino y femenino - una única imagen de Dios. Este es, posiblemente el desafío más global del tercer milenio: empezar a escribir la historia, a "decirla", desde la mutualidad y la equivalencia antropológica, en un esfuerzo por reequilibrar milenios de historia.

Como un todo masculino/femenino estamos llamados a reflejar esa comunión del amor, del "Yo Soy" como fuente, Verbo y "ruaj", en una danza circular en la "jerarquía" del amor. Eso es comunión trinitaria, modelo único de comunión eclesial y de comunión antropológica. Sólo el amor es digno de fe, escribía Urs von Balthasar. Aún estamos lejos, en nuestra historia, de este ser-en-comunión del cual habla también el Nuevo Catecismo.

El gran desafío es una identidad nueva de lo femenino, no es el femenino cultural preciosamente idealizado y romántico del siglo XIX y de primera mitad del siglo XX. Tampoco es el femenino combativo y militante, necesario históricamente pero necesitado de maduración y en tránsito hacia una identidad dinámica profunda. Empezamos recién ahora a elaborar un "femenino" de género que sea integrador de los elementos culturales. Estamos ante el emerger de un nuevo paradigma de sociedad. La búsqueda de un femenino profundo, personalizado, comien-za a despertar.

Hace falta mucho silencio y oración tanto a las mujeres como a los varones en la Iglesia: a las primeras para ordenar sentimientos y a los segundos para admitir el "mea culpa" con propósitos de enmienda operativos. Es tarea de amor maduro y paciente. La Iglesia vive un momento de gracia en forma de purificación. Poco a poco todo lo que sea "ídolo" caerá y quedará un pequeño resto. Dios quiera que allí permanez-camos pobres y humildes en el sueño-realidad de la primera comunidad cristiana invadida por el Espíritu.