Para una Iglesia versus populum: Memoria y proyecto

La propuesta misionera del Vaticano II revisitada en el cincuentenario de su apertura

January - February 2013
Vol. 25, No. 1/2

Paulo Suess

 

Introducción

La percepción del "divorcio" entre La Fe profesada y La vida cotidiana" (GS 43,1) y la incapacidad de asumir la modernidad, con su laicidad, como auténtica "preparación evangélica" encaminó el Vaticano II, con cierta lógica interna, hacia los campos de la reforma de la misión. La misionología, que hasta entonces era un anexo optativo al campo de la pastoral, se convirtió en teología fundamental y núcleo central de la teología del Vaticano II. La misión es la estrella guía en la constelación de los 16 Documentos del Concilio, que emergieron de las demandas práctico-pastorales. Prácticas litúrgicas, lecturas bíblicas, convivencia ecuménica, necesidad de una nueva presencia en el mundo obrero, apuntaron a la necesidad de un realineamiento doctrinal de la relación entre Iglesia, mundo moderno, culturas específicas y humanidad.

Semejante a la "virada lingüística" (linguistic turn) que sacudió en el siglo pasado a las ciencias humanas, la vuelta al pueblo, la "virada popular" del Vaticano II, ese intento de definir al pueblo, adulto y autónomo, como sujeto de la Iglesia, sacudió la institución y la pastoral de la Iglesia Católica.
Una Iglesia que miraba en su liturgia para la pared, en su teología para el Catecismo Romano y en su pastoral para las élites, dio en el Concilio una media vuelta versus populum. Después del Concilio, un sector mayoritario de la Iglesia Católica intentó profundizar las bases bíblicas, patrísticas, históricas, teológicas, litúrgicas y pastorales de esa "virada popular", mientras que otro sector frenó ese proceso que le exigía el paso de un mundo premoderno a una asunción crítica de la modernidad, voz profética y despojamiento.

Han pasado 50 años desde el comienzo de aquella "virada popular", que tenía como

objetivo "continuar la obra del propio Cristo que vino al mundo para dar testimonio de la verdad (cf. Jn 18,17), para salvar y no condenar, para servir y no ser servido (cf. Jn 3,17; Mt 20,28; Mc 10,45). En ese conjunto de "testimonio", de "salvación/liberación" y "servicio", la Iglesia cumple su misión de "anunciar el Reino de Cristo y de Dios" (LG 5,2).

Recientemente, la Conferencia de Aparecida (2007), reconoció la necesidad de que la Iglesia "repensara profundamente y relanzara con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales (DAp 11). Repensar la misión en el contexto del cincuentenario de Concilio Vaticano II (1962-1965), significa profundizar el origen y alcance de la "naturaleza misionera" (cf. AG 2) de todos los bautizados. Cábenos seguir los rastros de esa "naturaleza misionera" en el tiempo pos-conciliar. "Fidelidad", en esa reconstrucción, sólo tiene sentido si hay "audacia" en la recepción, en los aggiornamentos continuos y en la proyección del Vaticano II.

Enseguida, al inicio del Concilio, se manifestaron tres voces diferentes al respecto. Para unos, el Concilio no era necesario, para otros tendría la función de coser remiendos nuevos en ropa vieja. Sin embargo, había otros que estaban convencidos de la necesidad de una verdadera reforma eclesial. Poco a poco, paso a paso, una mayoría de los padres conciliares se convenció de la necesidad de una "virada popular" como conversión eclesial.

1. Articulación:
hilo conductor de los documentos

Antes de aproximarnos a los ejes teológicos y a la recepción histórica del Vaticano II, procuremos tejer el hilo que une y jerarquiza los 16 documentos del Concilio.

1.1. Idea de fondo

1) Dios Uno y Trino, por ser amor, es centro, origen y fin de la misión de la Iglesia.
2) Dios se revela a los pueblos (DV; AG), de los cuales está constituida la Iglesia Pueblo de Dios para ser "luz para los pueblos" (LG).
3) El pueblo de Dios tiene una misión pública, histórica y profética, al servicio de los pobres, que es, al mismo tiempo, una misión escatológica. Ese servicio se desdobla en el servicio a la unidad de los cristianos (UR), a la libertad religiosa (DH), al cultivo de las relaciones con religiones no cristianas (NA)
4) Antes de cualquier estructuración jerárquica, la Iglesia es pueblo de Dios. Como tal, todos los fieles participan del sacerdocio común (cf. LG 10) y de la infalibilidad "en el acto de la fe". "El conjunto de los fieles que son ungidos por la unción del Santo (cf. 1 Jo 2,20 e 27), no puede fallar en el acto de fe" (LG 12). Existe una responsabilidad colegiada entre todos los bautizados, que tiene un papel activo en la articulación, en el desdoblamiento concreto y en la propagación de la fe (cf. LG 17). La misión está dirigida a los pueblos adultos en la fe y libres en el Espíritu.
5) El Pueblo de Dios tiene por "condición la dignidad y la libertad de los hijos de Dios", por "ley" el mandamiento nuevo y por "meta" el Reino de Dios (LG 9b). El Pueblo de Dios se constituye a partir de los pequeños, pobres y excluidos. En la lógica del Reino, los otros, los pobres y los que viven en la esfera sombría del mundo son caminos de la verdad y puerta para la Vida.
6) La Iglesia, Pueblo de Dios, celebra su fe (SC). Su liturgia es misionera porque muestra el fin último de la misión: Que Dios sea alabado en todo y en todos. "La Constitución sobre la Sagrada Liturgia" abrió caminos para las discusiones posteriores sobre el paradigma de la inculturación, a través de las discusiones sobre la lengua vernácula (SC 54) y la integración de elementos culturales de la tradición de los pueblos en la liturgia (SC 65).
7) Dios está en el mundo y envía al mundo. El Concilio tradujo esa presencia de Dios a través de la palabra "aggiornamento" como una tarea: hacerse presente. El hacerse presente en el mundo contemporáneo, según declaró el Vaticano II, es tarea eminentemente pastoral y eclesial, por tanto, misionera (GS).
8) Esta presencia de Dios encontró su expresión en los textos que hablan de la inserción, de la inculturación, de la asunción de la humanidad y de su mundo cultural diversificado (AG 3b, Puebla 400), y de la opción por los pobres (GS 88, AA 8c.d, CD 13a, DM XIV 3,9, DAp 391). También la metodología del ver, juzgar y actuar tiene la connotación trinitaria del aggiornamento: ver con la mirada de Dios, juzgar según el discernimiento del Espíritu y actuar según el ejemplo de Jesús.
9) La "Iglesia Pueblo de Dios" vive el envío trinitario en el seguimiento de Jesús, anunciando el Reino como meta históricamente relevante y escatológicamente significativa. El nuevo Pueblo de Dios convoca a toda la humanidad para el encuentro definitivo con Dios.
10) A partir de la universalidad, la acción evangelizadora se reviste de múltiples formas, pero nunca aisladas o individualistas (cf. GS 32, PO 7). En el interior de la Iglesia Pueblo de Dios habrá, en la unidad plural del Espíritu Santo, comunión y diversidad de bienes, dones y metas.
11) Por su íntima ligazón con la Cruz y la Eucaristía, el Pueblo de Dios es despojado en su caminar y su anuncio es convite. "La Iglesia crece, no por el proselitismo, sino 'por la atracción': como Cristo atrajo todo hacia si con la fuerza de su amor" (DAp 159).
12. El Vaticano II respalda la posibilidad de la salvación a los seguidores de otras religiones (LG 16; AG 7a). En esa apertura, el diálogo tiene sentido. Es un presupuesto de la misión y una categoría trascendental de la libertad y liberación (DAp 239).

1.2. Articulación y jerarquía de los documentos

1) ESCUCHAR la Palabra de Dios dirigida a todos los pueblos
Constitución Dei Verbum: Dios se revela en Jesús a la humanidad.

- Decreto Ad Gentes (AG): Dios dirige su Palabra, que se hizo carne, a los pueblos (Misión de anunciar (a causa de) el Reino de Cristo y de Dios a todos los pueblos)

2a) DISCERNIR e ILUMINAR, a la luz de Cristo, toda criatura
Constitución Lumen Gentium: Iglesia, Misterio y Pueblo de Dios, ilumina a todos con la luz de Cristo

- Decreto Christus Dominus (CD): obispos
- Decreto Presbyterorum Ordinis (PO): presbíteros
- Decreto Optatam Totius (OT): presbíteros
- Decreto Apostolicam Actuositatem (AA): laicos (sacerdocio común)
- Decreto Perfectae Caritatis (PC): religiosos
- Decreto Unitatis Redintegratio (UR): ecumenismo
- Decreto Ad Gentes (AG): índole misionera
- Declaración Dignitatis Humanae (DH): libertad religiosa
- Declaración Nostra Aetate (NA): diálogo con religiones no cristianas

2b) VER/DISCERNIR/ACTUAR en solidaridad con toda la humanidad
Constitución Gaudium et Spes: La Iglesia se sitúa en el mundo y dirige al mundo de hoy
= El sacramento y servicio a través de la presencia (macro y micro cultural: autonomía/aggiornamento e inserción) sensible en la humanidad y en el mundo, atento a los signos de Dios en el tiempo, con el propósito de construir una nueva humanidad = La misión de la Iglesia se manifiesta como religiosa y, por eso mismo, humana en el grado más alto
- Decreto Inter Mirifica (IM): medios de comunicación social (comunicación y traducción
- Declaración Gravissimum Educationis (GE): educación cristiana (GS 61s)
- Decreto Unitatis Redintegratio (UR): ecumenismo
- Decreto Ad Gentes (AG): índole misionera
- Declaración Dignitatis Humanae (DH): libertad religiosa (GS 17, 92)
- Declaración Nostra Aetate (NA): diálogo (GS 92)

3) CELEBRAR
Constitución Sacrosanctum Concilium (SC): la liturgia
= presencia de Cristo en la liturgia
= lengua vernácula

1.3. Significado del evento conciliar según Pablo VI

En su discurso final, en la última sesión del Concilio (7.12.1965), el Papa Pablo VI ofrece una clave de lectura teológica-pastoral del Vaticano II. A continuación señalamos los tópicos más importantes de ese discurso:
- Resuenan todavía, en esta Basílica de S Pedro, las palabras pronunciadas en el discurso inaugural del mismo Concilio por Juan XXIII: "Lo que más importa al Concilio es lo siguiente: que el depósito sagrado de la doctrina cristiana se guarde y se enseñe de la forma más eficaz.... El Señor dijo: "Procurad primero el Reino de Dios y su justicia". La palabra "primero" resume, ante todo, en qué dirección deben moverse nuestros pensamientos y nuestras fuerzas" (AAS 54 (1962), p. 790). El acontecimiento respondió exactamente a aquella idea.
- Se celebró nuestro Concilio para gloria de Dios, en nombre de Cristo, con la inspiración del Espíritu Santo, que "todo sondea" y que continúa siendo el alma de la Iglesia, "para que conozcamos los dones de Dios", (Cf. 1Cor; 2,10-12), es decir, haciendo con que la Iglesia conozca profundamente bajo todos los aspectos la vida humana y el mundo.
- Alguien dirá que el Concilio, más que de las verdades divinas, se ocupó principalmente de la Iglesia, de su naturaleza, de su estructura, de su vocación ecuménica, de su actividad apostólica y misionera [...]. La Iglesia [...] hizo esto para encontrar en si la Palabra de Cristo, viva y operante en El Espíritu Santo, y para sondear más profundamente el misterio, es decir, el designio y la presencia de Dios fuera y dentro de si, y para reavivar en si el fuego de la fe, que es el secreto de su seguridad y de su sabiduría, y reavivar el fuego del amor. Los documentos conciliares [...] permiten ver directamente esta primordial intención religiosa.
- No es lícito omitir algo que es de la mayor importancia cuando examinamos el significado religioso de este Concilio [...]. La Iglesia se sintió en la necesidad de conocer, aproximarse, juzgar rectamente, penetrar, servir y transmitir el mensaje evangélico y, por así decir, entrar en la sociedad humana que la rodea, siguiéndola en sus rápidos y continuos cambios. Esta actitud, nacida por el hecho de que la Iglesia en el pasado y, sobre todo, en este siglo, haya estado ausente y alejada de la civilización profana, esta actitud, siempre inspirada por la esencial misión salvadora de la Iglesia, estuvo presente eficaz y continuamente en el Concilio.
- Por eso, algunos sospecharon que en los hombres y en los actos del Concilio, había dominado más de lo que era justo y con demasiada indulgencia la doctrina del relativismo que se encuentra en el mundo externo, en las cosas que pasan fugazmente, en las nuevas modas, en las necesidades contingentes, en los pensamientos de los otros; y todo ello a costa de la fidelidad debida a la doctrina tradicional y con prejuicio de la orientación religiosa que necesariamente es propia de un Concilio.
- Queremos hacer notar que la religión de nuestro Concilio, fue, ante todo, la caridad. Por esta declarada intención, el Concilio no podrá ser acusado por nadie de irreligiosidad, de infidelidad al Evangelio, si recordamos que el propio Jesús nos enseña que todos conocerán que somos sus discípulos, si nos amamos mutuamente (cf. Jn 13,35): La religión pura e inmaculada junto a Dios Padre es ésta: visitar los huérfanos y las viudas en sus tribulaciones, y conservarse inmaculado en este mundo" (Sant 1,27); también debemos recordar lo que nos dice la Primera Carta de Juan: "Quien no ama a su hermano a quien ve, ¿cómo podrá amar a alguien que no ve?" (1Jn 4,20).
- El humanismo laico y profano apareció, finalmente, en toda su terrible estatura y, por así decirlo, desafió al Concilio para la lucha. La religión, que es el culto de Dios que quiso ser hombre, y la religión — porque lo es — que es el culto del hombre quiere ser como Dios, se encontraron
- ¿Qué pasó? ¿Combate, lucha, anatema? Todo podría haberse dado, pero de hecho nada sucedió. Aquella antigua historia del buen samaritano fue ejemplo y norma por la que se orientó nuestro Concilio [...]. El descubrimiento y la consideración renovada de las necesidades humanas absorbieron toda la atención del Concilio.
- El Concilio quiso considerar profundamente su doble fisionomía: la miseria y la grandeza del hombre. Reconozcamos que nuestro Concilio se detuvo más en los aspectos felices del hombre que en los infelices. En esto, adoptó una actitud claramente optimista [...]. Se hizo así, para que en vez de diagnósticos desalentadores, se diesen remedios llenos de esperanza. Se quería que el Concilio hablase al mundo no con presagios funestos, sino con mensajes de esperanza y palabras de confianza.
- No obstante, conviene notar una cosa: el magisterio de la Iglesia, aunque no haya querido pronunciarse con sentencias dogmáticas extraordinarias sobre ningún capítulo doctrinal, propuso su enseñanza autorizada acerca de muchas cuestiones que hoy comprometen la conciencia y la actividad del hombre.
- La Iglesia [...] adoptó la manera de hablar de una forma accesible y amiga, que es propia de la caridad pastoral. Quiso ser oída y entendida por los hombres. Por consiguiente, no sólo se preocupó de hablar de la inteligencia del hombre, sino que se expresó en el modo usado hoy en la conversación cotidiana, donde el recurso a la experiencia de vida y el empleo de los sentimientos cordiales dan más fuerza para atraer y para convencer. En otras palabras, la Iglesia habló a los hombres de hoy, tal cual son.
- Hay otro aspecto que juzgamos digno de consideración: toda esta riqueza doctrinal se orienta únicamente a esto: servir al hombre, en todas las circunstancias de su vida, en todas sus debilidades, en todas sus necesidades. La Iglesia se declaró casi la esclava de la humanidad [...] ¡La idea de servicio ocupó el lugar central!
- Todo esto y mucho más que podríamos aún decir sobre el Concilio, ¿tendrá por ventura desviado la Iglesia en Concilio hacia la cultura actual que es toda antropocéntrica? Desviado, no; volcado, sí.
- Quien observa honestamente este interés prevalente del Concilio por los valores humanos y temporales, no puede negar que dicho interés se debe al carácter pastoral que el Concilio escogió como programa. Deberá reconocer que ese mismo interés jamás está separado del interés religioso más auténtico, debido a la caridad que es la única que lo inspiró (y donde hay caridad, allí está Dios) o a la unión de los valores humanos y temporales con los específicamente espirituales , religiosos y eternos.
- Si en el rostro de Cristo debemos descubrir el rostro del Padre celestial, según aquellas palabras "quien me ve a mí, ve también al Padre" (Jn 14,9) nuestro humanismo se convierte en cristianismo; nuestro cristianismo se hace geocéntrico, de tal modo que podemos afirmar: para conocer a Dios es necesario conocer al hombre.
- En resumen, ¿no será este Concilio un modo sencillo, nuevo y solemne de enseñar a amar al hombre para amar a Dios [...]? Por tanto, todo este Concilio se resume en su significado religioso, y no es otra cosa que un vehemente y amistoso convite a que la humanidad encuentre, por el camino del amor fraterno, aquel Dios "de quien separarse es caer, a quien dirigirse es levantarse, en quien permanecer es estar firme, a quien volver es renacer, en quien habitar es vivir (S. Agustín, Sol. 1, 1,3: PL 32, 870).

2. La propuesta:
Ejes transversales

La bandera del aggiornamento, desplegada por Juan XXIII reveló, además de la distancia entre la Iglesia y el mundo moderno, otras distancias: la distancia entre el pueblo y la Iglesia, entre la Iglesia y los pobres; entre la manera de vivir y celebrar la vida no sólo "en el mundo moderno", sino también en el mundo tradicional y también entre la teología y el imaginario popular. La propuesta del aggiornamento popular a la modernidad, el Concilio la tradujo en la microestructura como inculturación como construcción de una Iglesia versus populum, como virada popular de las prácticas pastorales, litúrgicas, institucionales y teológicas . La Iglesia que es luz (1.1), se vuelve al pueblo (1.2) a través de la encarnación y aggiornamento (1.3)

2.1. Hacer resplandecer la luz de Cristo

El Vaticano II rompió con la introspección clerical que, al hilo del Vaticano II, determinaba gran parte de la reflexión, documentación y pastoral de la Iglesia oficial. Las primeras palabras de las dos Constituciones sobre la Iglesia, la Lumen Pentium ("luz de los pueblos") y la Gaudium et Spes (alegría y esperanza), apuntaban ya para el programa de la renovación. Ser luz de los pueblos como Cristo es luz del mundo (cf. Jn 8,12; 9,5), es el origen, identidad y meta de los discípulos. Cuando Pablo escuchó en Damasco la voz del Maestro, a quien él perseguía, Jesús le dio razones para una vida nueva: fuiste constituido para volver de las tinieblas a la luz y constituido "siervo y testigo" (Hch 26,16). "Volver de las tinieblas a la luz" significa conversión, focalizar la vida, salir de la alienación, hacer discernimientos, establecer prioridades para que Dios pueda resplandecer en el rostro de los testigos y en las manos de los siervos enviados.

En la Iglesia antigua, sobre todo entre los cristianos ortodoxos, la fiesta de la Epifanía era celebrada como "Fiesta de las luces", memoria del bautismo de Jesús, fiesta de la iluminación y de los iluminados por el bautismo, manifestación de la Santísima Trinidad . Para ser luz del mundo y de los pueblos (Lumen Gentium), Jesús se sumergió en las aguas el Jordán. En ese despojamiento, como en los despojamientos del pesebre y de la cruz, se revela el amor trinitario de Dios y la misión de Jesús. La Epifanía es Teofanía, revelación del amor que ilumina y envía. El Hijo amado es el Hijo iluminado y enviado. Existe una coincidencia entre amor, iluminación y envío.

En el bautismo, la iluminación se convierte en recreación del mundo, como nos muestra el episodio de la curación del ciego de nacimiento por Aquél que se declara "luz del mundo" (Jn 9,5). Al colocar el barro en los ojos del ciego, Jesús reproduce simbólicamente la creación del mundo nuevo, el fin de las tinieblas y de la ceguera en el que renace del agua y del Espíritu Santo. El ungido por el barro es enviado a lavarse en la piscina de Siloé, fuera de las murallas de Jerusalén. Según la propia traducción del evangelista, Siloé es propuesta y significa: "enviado" y ser enviado significa tener conciencia y ser iluminado y liberado para encontrar un nuevo camino. Dar la vista a los ciegos es un signo de la salvación definitiva anunciada por los profetas: "Aquel día los sordos oirán lo que se lee; los ojos de los ciegos podrán ver, libres de la oscuridad y de las tinieblas (Is 29,18ss; cf. 35,5.10). "El Mesías vendrá como alianza del pueblo, como luz de las naciones, para abrir los ojos de los ciegos, liberar a los presos de las cárceles, y de la prisión a los que habitan en las tinieblas" (Is 49,6.9). El ciego de nacimiento, curado en sábado, también era mendigo (cf. Jo 9.8). Representa a la Iglesia y a la humanidad. El que recupera la vista gana movilidad y autonomía para "iluminar a todas las personas con la claridad de Cristo "(LG 1) por el anuncio y testimonio del "Evangelio del Reino de la vida (DAp 143). La propuesta del Vaticano II tenía y tiene buenos auspicios.

En la mirada compasiva para el pueblo, la Iglesia procuró reaprender su misión en el mundo. El Vaticano II lanzó las simientes de una Iglesia que no coloca en centro de su actividad misionera a sí misma o territorios que deberían ser administrados, ampliados o defendidos, sino su propia identidad como seguidora de Jesús y servidora del Reino; una Iglesia pueblo de Dios, sacramento y comunión, cuya naturaleza misionera, por estar al servicio del pueblo de Dios, está al servicio de la creación del mundo nuevo, próxima a las alegrías, esperanzas y dolores de los pueblos.

2.2. Revisión eclesiológica: Lumen Gentium y Gaudium et spes

En dos Constituciones eclesiológicas (LG, GS) — la Lumen Gentium, Constitución Dogmática volcada para la Iglesia ad intra, y la Gaudium et Spes, Constitución Pastoral, volcada ad extra, "sobre la Iglesia en el mundo de hoy" — el Concilio procuró redefinirse a sí mismo y esclarecer la cuestión del sujeto de la misión, su lugar en el mundo y su relevancia y responsabilidad con él.

2.2.1. Sujeto de la misión: el Pueblo de Dios (LG, AA)
El texto teológico más denso del Vaticano II sobre la misión se encuentra en la Constitución Dogmática sobre la Iglesia, que es misterio (LG, cap. I), "asamblea visible" y "comunidad espiritual". Las dos dimensiones, la visible y la espiritual, forman una única realidad compleja donde se funde el elemento divino y humano (LG 8,1). Para explicar esta compleja realidad, la Lumen Gentium establece una "no mediocre analogía" con el misterio del Verbo encarnado. Como la naturaleza asumida por el Verbo encarnado sirve al Verbo Divino, de la misma forma "el organismo social de la Iglesia sirve al Espíritu de Cristo" (LG 8,1). El modelo de la "no mediocre analogía" es el seguimiento de Aquél que el Padre envió. "Así como Cristo consumó la obra de la redención en la pobreza y en la persecución, así también la Iglesia está llamada a seguir el mismo camino, a fin de comunicar a los hombres los frutos de la salvación" (LG 8,3). Como cristianos y bautizados, somos "insertos en los misterios de Su vida, configurados con Él, muertos con Él y resucitados con Él" (LG 7,5). La analogía de esa configuración está presente en los paradigmas "aggiornamento" "asunción", inserción", "inculturación" y acción "solidaria con el género humano y con su historia" (GS 1 e cf. 32).

Antes de estructurarse en diferentes ministerios y servicios y antes de centrarse en la Iglesia institución, con una estructura jerárquica, también en contraste con el énfasis que el Vaticano I dio a la definición de la infalibilidad papal, el Concilio invocó en la palabra "misterio" su realidad divina, sin mistificación del papado como réplica de una especie de monarquía divina. El concepto "Pueblo de Dios" apunta hacia la composición sociológica de la Iglesia. La "Iglesia Pueblo de Dios" (LG, cap. II) es "comunidad de fe esperanza y caridad". También en los conceptos "misterio" y "Pueblo de Dios" se configura la "virada popular" eclesiológica.

La comprensión de la Iglesia como Pueblo de Dios abre el camino para una Iglesia de adultos e iguales. Aunque en esa "Iglesia Pueblo de Dios" haya diferentes servicios, reina, principalmente, entre todos verdadera igualdad en cuanto a la dignidad y acción común a todos los fieles en la edificación del Cuerpo de Cristo (LG 32,3). Dentro de la "Iglesia Pueblo de Dios" todos participan del sacerdocio común de los fieles (LG 10,2), del "don profético de Cristo" (LG 12,1), o según el Decreto sobre el Apostolado de los Laicos (AA), "todos participan del "don sacerdotal, profético y regio de Cristo, comparten la misión de todo el Pueblo de Dios en la Iglesia y en el mundo" (AA 2,2). La doble misión de la Iglesia de llevar a los hombres el mensaje de Cristo y su gracia ("evangelización explícita"), y de "penetrar del espíritu evangélico las realidades temporales y perfeccionarlas" ("evangelización implícita"), en principio, cabe a todo el pueblo de Dios, sin destacar a "especialistas profesionales" en una u otra tarea (AA 5). Sin embargo, en la realidad pastoral, caben a los laicos, las así llamadas "obras de caridad", que deben llevar en cuenta que "se satisfagan, en primer lugar, las exigencias de la justicia, para que no se de cómo caridad lo que es de justicia" (AA 8,5). Muchas veces, las palabras "apostolado", "misión" y "evangelización" se convirtieron en sinónimos.

Todo lo que se ha dicho sobre la "Iglesia Pueblo de Dios", en lo que se refiere a la igualdad fundamental que determina ese pueblo, vale también para los laicos, religiosos y clérigos (LG 30). En el Vaticano II, el lugar documental del laico y de su relevancia para la misión de la Iglesia, se encuentra en la Lumen Gentium, en el capítulo 2 y 4, y en el Decreto Apostolicam Actuositatem sobre el apostolado de los laicos (AA). En virtud de su bautismo y confirmación, todos los que "fueron incorporados a Cristo" (LG 31,1), constituyen el pueblo de Dios y son llamados al apostolado: "El apostolado de los laicos es participación de la propia misión salvífica de la Iglesia" " (LG 33,2). "Ejercen su múltiple apostolado tanto en la Iglesia como en el mundo (AA 9). Todo laico "es al mismo tiempo testigo e instrumento vivo de la propia misión de la Iglesia" (LG 33,2). El laico, en su apostolado en el mundo de la Iglesia, no es un subordinado de los ministros ordenados. La diversidad de servicios en la Iglesia, Pueblo de Dios, no significa inferioridad de unos y superioridad de otros.

La misión tiene su lugar dentro de la Iglesia Pueblo de Dios, que es el Cuerpo del Señor y Templo del Espíritu Santo (LG 17). Ese Pueblo de Dios, convocado de todos los pueblos, es un pueblo mesiánico, sacerdotal y universal. En la diversidad y unidad del Espíritu Santo, "todos los hombres son llamados a pertenecer al nuevo Pueblo de Dios" (LG 13). La universalidad (catolicidad) de ese pueblo, que "debe extenderse a todo el mundo y por todos los tiempos" (ibíd.), es la razón de su realidad misionera permanente. El Pueblo de Dios representa un convite para que toda la humanidad se convierta en nuevo Pueblo de Dios y Ciudadano del Reino.

La Iglesia Pueblo de Dios es la Iglesia constituida por sujetos, no por rebaños. De ese sujeto colectivo-Iglesia Pueblo de Dios- emerge una responsabilidad de todos los fieles en lo que se refiere a la fe, la verdad interna y la divulgación de esta verdad a partir del "sacerdocio común de los fieles (LG 10), que tiene su fundamento en el bautismo. "El conjunto de los fieles, que son ungidos por la acción del Espíritu Santo (cf. 1Jn 2,20 e 27), no puede engañarse en el acto de la fe" (LG 12). "En el "sentido sobrenatural de la fe de todo el pueblo", que va, según San Agustín, "desde los obispos hasta los últimos fieles laicos", se construye "un consenso universal sobre cuestiones de fe y costumbres. Por este sentido de la fe, sustentado por el Espíritu de la verdad, el pueblo de Dios (...) no sólo (ya) recibe las palabras de los hombres, sino verdaderamente la Palabra de Dios (1Tess 2,13)" (LG 12).

La infalibilidad del pueblo de Dios en el acto de fe (in credendo) forma parte de la doctrina de la Iglesia. Por eso, la validez de cualquier dogma depende de la participación del pueblo de Dios en su formulación, como también de su recepción por la comunidad de los fieles. Si eso vale para la parte más íntima de la Iglesia, para la formulación doctrinal, vale aún más para la administración de la Iglesia como institución. Esto tendría consecuencias serias, por ejemplo, para el nombramiento de los obispos, para la práctica de la subsidiaridad en la administración de la Iglesia y para la participación de la Iglesia local en las decisiones de la Iglesia romana, cuya universalidad está estrechamente ligada a la articulación con las Iglesias locales.

La misión del pueblo de Dios está precedida y fundamentada en la misión de Dios, que es sinónimo del amor trinitario (amor de la fuente). El evangelio de Juan nos hace comprender la esencia de la misión de Cristo (Jn 20,21). Es el enviado del Padre. Su ser es ser enviado. Su envío no es de El ni para El. En esta abnegación y despojamiento, el Hijo, enviado por el Padre, envió a los Apóstoles: "Id y haced discípulos a todos los pueblos" (Mt 28,18). En la misión trinitaria de Dios está fundamentada la "naturaleza misionera" (AG 2) del nuevo pueblo de Dios, su carácter peregrino, convocante y testimonial. En el pueblo universal de la Nueva Alianza, "las legítimas variedades" (LG 13,3) de los pueblos e individuos son protegidas como dones al servicio de todos en la construcción de la paz universal. Para construir esa paz, "son ordenados de modos diversos ya sean los fieles católicos, ya sean los otros creyentes en Cristo, en fin, todos los hombres en general, llamados a la salvación por la gracia de Dios (LG 13,4). A partir del horizonte universal de paz, sinónimo de salvación, que anticipa la unidad, aunque todavía esté en un proceso de construcción histórica por muchos segmentos de la humanidad, el Pueblo de Dios de la Nueva Alianza perdió su exclusividad. La humanidad entera, fieles bautizados y auténticos seguidores de otras religiones y visiones del mundo, "pueden conseguir la salvación eterna". Para todos, la salvación no es un derecho ni un privilegio; será siempre gracia de Dios. Toda la humanidad está en una caminata de "preparación evangélica" (LG 16) a servicio de la unidad para que sea históricamente construida. Lo que distingue a los bautizados de los no bautizados no es la "posesión de la salvación", sino el imperativo de la misión. La naturaleza misionera de la Iglesia Pueblo de Dios, que emerge del envío trinitario, de la missio Dei, a los apóstoles, es imperativa. "Incumbe el deber de diseminar la fe a todo discípulo de Cristo" (LG 17). "¡Pobre de mí, si no evangelizara! (1 Cor 9,16; LG 17)

2.2.2. Lugar de la misión: el mundo contemporáneo (GS, DH, NA)
El texto central sobre la acción misionera de la Iglesia en el mundo se encuentra en la Constitución Gaudium et Spes. La Iglesia se constituye en la relevancia y responsabilidad de su misión pastoral: relevancia para el mundo en transformación y responsabilidad social por la humanidad, sobre todo por los pobres y por aquellos que sufren. Pastoral y misión de la Iglesia no son los brazos seculares de una Iglesia en sí espiritual. Lo que es profundamente religioso es siempre profundamente humano y concreto. El pueblo de Dios y la humanidad, en la cual el pueblo se inserta, se prestan servicios mutuos. Las fronteras entre ambas no son trazadas por muros, sino por arbustos que permiten el paso y la comunicación (cf. GS 11,3). "La esperanza escatológica no disminuye la importancia de las tareas terrestres, más bien apoya su cumplimiento con motivos nuevos" (GS 21,3).

La Constitución Pastoral (GS), más que otros documentos del Vaticano II, asume un discurso inductivo, partiendo de la vida concreta de la humanidad, de las alegrías y esperanzas, de las tristezas y angustias, "sobre todo de los pobres y de todos los que sufren" (GS 1). Humanidad y mundo son más amplios que "Iglesia Pueblo de dios". Por eso, la lectura de los signos de los tiempos y los mensajes que Dios envía desde el mundo secular a su Iglesia, son tan importantes. Se trata de mensajes universales para todos los pueblos y credos. La Iglesia acoge esos mensajes, a la luz del Evangelio, como añadiduras. La revelación de Dios en el mundo continúa: "la Iglesia no ignora lo que ha recibido de la historia y de la evolución de la humanidad" (GS 44,1).

La "virada popular" en la Gaudium et Spes, se configura como proximidad a los pueblos, responsabilidad por la humanidad e interpelación por desafíos concretos. "Los pueblos oprimidos por el hambre interpelan a los pueblos más ricos. Las mujeres reivindican [...] su igualdad de derechos [...].Los obreros y los trabajadores no sólo quieren ganar lo necesario para la alimentación, sino que quieren cultivar su personalidad por el trabajo [...]. Ahora, por primera vez en la historia humana, todos los pueblos ya están convencidos de los beneficios de la cultura y realmente pueden y deben ser extendidos a todos" (GS 9,2). Por tanto, se debe reconocer, cada vez más, la igualdad fundamental entre todos (GS 29,1).

Los pueblos e individuos, hasta entonces tutelados por otros, descubren que sólo pueden progresar material y espiritualmente conquistando su autonomía. "En el mundo entero crece cada vez más la conciencia de autonomía y, al mismo tiempo, de responsabilidad, que es de máxima importancia para la madurez espiritual y moral del género humano" (GS 55)."Reconocer la legítima la autonomía" (GS 56,6) de la ciencia y la cultura es un presupuesto de la existencia y de la creatividad humana. La "autonomía de las realidades terrestres" (GS 36,2), entendida como valores propios de las diferentes sociedades, es una exigencia de las diferentes culturas y un presupuesto de la misión.

Igualdad y reconocimiento de la diferencia y libertad y reconocimiento de la autonomía con responsabilidad son las grandes conquistas de la modernidad. "La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también asumir la responsabilidad social de aquello en lo que se cree" (Porta Fidei, 10). Da fé como ato de liberdade, que a Igreja "a nenhuma forma particular de cultura humana" (GS 42,4) prende, emerge o reconhecimento da autonomia da realidade terrestre como pressuposto do diálogo missionário. El diálogo, en todas sus dimensiones –intercultural, interreligioso, ecuménico, con el ateísmo — depende "no sólo de una adecuada exposición doctrinal, sino también de la pureza de la vida de la Iglesia (GS 21,5), del "testimonio de una fe viva y adulta formada" (ibíd.). Para el bien de la humanidad, la Constitución Pastoral solicita una amplia colaboración interreligiosa: "todos los hombres, creyentes y no creyentes, deben prestar su auxilio a la construcción adecuada de este mundo" (GS 21,6), lo cual exige "sincero y prudente diálogo" (ibíd.). La Gaudium et Spes ya incluye las intenciones esenciales de la Declaración "Dignitatis Humanae" sobre la libertad religiosa (DH) y de la Declaración Nostra Aetate sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas (NA).

En la elaboración del Vaticano II, la libertad religiosa fue una cuestión disputada, que exigió seis redacciones diferentes del documento final. La declaración define la libertad como derecho humano y no como un acto de tolerancia del Estado moderno o de la propia comunidad religiosa: "No obstante, en la difusión de la fe religiosa y en la introducción de costumbres, siempre se ha de abstenerse de cualquier tipo de acción que pueda tener sabor de cohibición o de persuasión deshonesta [...]. Dicho modo de actuar debe considerarse como abuso del derecho propio y lesión del derecho ajeno (DH 4,4). Para evitar la impresión de un relajamiento en la cuestión misionera, el texto afirma "que la única verdadera Religión se encuentra en la Iglesia católica y apostólica (DH 1,2). La libertad religiosa no sustituye la misión, sino como tal, es condición sine qua non del anuncio y testimonio misionero. Los obispos de las antiguas "regiones misioneras" fueron los que más defendieron esa Declaración, porque les dio argumentos contra la religión del Estado en algunos de sus países. La Declaración marca una dimensión de la transición de la cristiandad a una situación de pluralismo religioso. No todos los padres conciliares estaban dispuestos a dar ese paso y ceder sobre la exclusividad universal de su religión. También el reconocimiento de las religiones como búsquedas sinceras de Dios es un derecho humano y un deber cristiano: "Por consiguiente, la Iglesia reprueba toda y cualquier discriminación o vejamen contra hombres por causa de raza o color, clase o religión, como algo incompatible con el espíritu de Cristo " (NA 5).

Como la Lumen Gentium, también la Gaudium et Spes apunta al seguimiento y a la encarnación como método misionero imprescindible: "Por su encarnación, el Hijo de Dios se unió de algún modo a todo hombre. Trabajó con manos humanas, pensó con inteligencia humana [...], se hizo uno de nosotros, semejante a nosotros en todo, menos en el pecado" (GS 22,2). Por amor a nosotros, padeció "y nos dio ejemplo para que sigamos sus pasos y aún nos abrió un nuevo camino" (LG 22,3). Siguiendo sus pasos, deberemos abrir siempre nuevo camino. En este camino, anunciaremos el misterio pascual, que es el mensaje central del kerigma misionero: La vida tiene sentido, la muerte fue vencida. Cristo murió y resucitó por todos; por tanto, "el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de asociarse, de modo conocido por Dios, a este misterio pascual (GS 22,5).

La proximidad de la encarnación como seguimiento de Jesús y los nuevos caminos que se abren para descubrir y anunciar la Buena Nueva, obligan a la Iglesia "a sintetizar el mensaje de Cristo a través de conceptos y lenguajes de los diversos pueblos" para "adaptar, en lo posible, el Evangelio a la capacidad de todos" (GS 44,2). Los pueblos ya realizan el plan de Dios en sus culturas y completan la creación (cf. GS 57,2) antes de entrar en contacto con el Evangelio. "Antes de encarnarse para salvar y recapitular en sí todas las cosas, ya estaba en el mundo 'luz verdadera que ilumina a todo hombre'" (GS 57,4). La Lumen Gentium nos dice en ese contexto, que las diferentes culturas pueden ser interpretadas como una "preparación evangélica" (LG 16) y que "la Iglesia trabaja de tal manera para que todo lo que encuentra sembrado" entre los pueblos, sobre todo en sus culturas, sea sanado y asumido (LG 17). El trabajo misionero protege las culturas más frágiles contra la cultura hegemónica para que los intercambios culturales "no destruyan la sabiduría de los antepasados y coloquen en peligro la índole propia de cada pueblo" (GS 56,2).

La presencia de Dios en la creación, en la continuidad de dicha creación en las culturas y en la historia a través de los "signos de los tiempos", exige del trabajo misionero apertura multidireccional, plurilingüismo, capacidad de hablar concomitantemente varias lenguas/lenguajes y discernimiento permanente. Lo que, en la microestructura de las culturas significa inserción (cf. GS 44), asunción (cf. GS 22) e inculturación, en la macro-estructura de la modernidad significa percepción de facticidad y actualidad de la voz de Dios a través de sus señales en cada época. Éstas se deben interpretar a la luz del Evangelio "de manera adaptada a cada generación, a los interrogantes eternos sobre el significado de la vida" (GS 4). Los "signos de los tiempos" se pueden identificar en las características principales del mundo moderno. Somos cuestionados por un "mixto de esperanza y angustia, sobre la evolución actual del mundo" (GS 4,5).

Las cuestiones abiertas que el Vaticano II retomó en un aggiornamento con la modernidad y en fidelidad a la tradición de la Iglesia, se deben pensar en una dimensión trinitaria: el Padre envía en misión; el Hijo, que es la Palabra encarnada, es diálogo salvífico con toda la humanidad, y el Espíritu Santo, que es Dios en el gesto del don, es aquella gracia que transciende las modalidades salvíficas de las que dispone la Iglesia.

2.3. Modos de presencia: encarnación y aggiornamento

La "virada popular" exigió que la Iglesia extendiese sus brazos en dirección a la macro-estructura de la modernidad y a las microestructuras de los contextos vivenciales de los pueblos. En estos contextos, encontró a los que fueron víctimas de elementos de esa modernidad: los pobres y sus luchas por la redistribución de los bienes; los otros, en busca del reconocimiento de su alteridad. El aggiornamento macro-estructural al mundo moderno no aleja a la Iglesia de los contextos micro-estructurales de los pobres y de los otros. Al contrario, la modernidad dispone los instrumentos en defensa de la causa de los pobres y de los otros: autonomía y autodeterminación, universalidad de las causas y subjetividad de las personas, organización de las luchas sociales y participación democrática, tolerancia y reconocimiento de la alteridad.

¿Cómo insertar la herencia de la fe en la dinámica histórica de la cultura contemporánea y en las culturas tradicionales? Al definirse como Concilio pastoral, el Vaticano II procuró responder esa pregunta. Buscó, a partir de una metodología inductiva, partir de la realidad concreta de las personas. A la luz de la fe, procuró establecer una comunicación con esa realidad con lenguajes contemporáneos, "porque una cosa es el propio depósito de la Fe [...], y otro es el modo de anunciarla" (GS 62,2).

Los lenguajes de la fe son lenguajes analógicos forjados en contextos vivenciales del pasado. En el origen de esos lenguajes están experiencias de la humanidad vividas con Dios, no conceptos dogmáticos. Al contrario del concepto científico, el lenguaje de la fe no describe, no denota hechos culturales o científicos, sino que apunta (connota) hacia otro nivel de la realidad, que es espiritual. La denotación sin connotación, el concepto dogmático sin experiencia de la fe, es letra muerta.

Los anuncios de la fe se aproximan a la realidad por medio de analogías históricas, construidas culturalmente. Las representaciones de Dios y las fórmulas de la fe son indicadores de la verdad que no deben ser confundidos con la propia verdad. Las fórmulas de la fe que buscan congelar las experiencias de la fe se alejan de la realidad de otros contextos y generaciones.

El Vaticano II intento establecer una nueva comunicación con la humanidad en su condición contemporánea y advertir de la fragilidad de una definición dogmática sin experiencia religiosa o congelada en contextos culturales del pasado.

La proximidad al mundo, a los problemas reales de la humanidad y al reconocimiento de la autonomía de la realidad terrestre y de la persona, son aprendizajes históricos; son búsquedas permanentes para escapar de la conformación alienante y adaptación superficial al mundo y al distanciamiento de este mundo en nichos de bienestar espiritual.

El Concilió dio nombre a esta búsqueda, con algunas palabras balbuceantes, como "aggiornamento" y "adaptación" (SC 37s; GS 514), autonomía de la realidad terrestre (GS 36; 56) y de la cultura, "señales de los tiempos" (GS 4; 11), y "diálogo" (CD 13; UR 4), "encarnación" y "solidaridad" (GS 32). Más tarde, sobre todo en América Latina, esas palabras fueron traducidas como "opción por los pobres" y "liberación" (Medellín, 1968), "participación", "asunción" y "comunidades de base" (Puebla, 1979), "inserción" e "inculturación" (Santo Domingo, 1992), "misión", "testimonio" y "servicio" de una Iglesia samaritana y abogada de la justicia de lo pobres (Aparecida, 2007). Ninguna de estas palabras describe la totalidad del proyecto pastoral del Vaticano II.

El Concilio distinguió y unificó, pastoralmente, los dos niveles y las dos dimensiones de la realidad: el natural y el sobrenatural, la encarnación en la micro-realidad y la autonomía en la realidad del mundo moderno. Las dos realidades, por ser creadas por Dios, tienen dignidad propia, sin "separación y sin "confusión" (Calcedonia: indivise, inconfuse). Palabras como "encarnación" e "inculturación" en la micro-realidad de los pobres se acoplan a la macro-realidad, y las dos dimensiones de la realidad son amparadas por autonomía y subjetividad que tienen su raíz profunda en el misterio de la creación, en la "realidad fundante de Dios. Esa realidad fundante no puede separarse ni se confunde con la realidad terrestre (cf. GS 36).

Autonomía significa negación a cualquier forma de tutela, sumisión o colonización. La proximidad del pastor significa protección a las "ovejas", opción por los pobres y por los otros; no significa eliminación de la libertad. La tarea fundamental de la misión es favorecer el proceso que los haga adultos sin abandonarlos a la libertad del mercado y sin suspender la solidaridad, en una sociedad marcada por la desigualdad estructural e insolidaridad. La proximidad y solidaridad de la Iglesia, abogada de la justicia y de los pobres, no significa tutela o coartar la libertad. El aggiornamento pastoral se orienta a la asunción de los múltiples contextos socioculturales con responsabilidad adulta. La proximidad a la luz del Evangelio no sofoca y la autonomía no abandona a los más fuertes ni al libertinaje individualista. El diálogo con personas que viven en esa doble realidad de su cultura particular y de una civilización global es la bisagra que une los Documentos conciliares. A partir de esa mirada inductiva y bifocal, el Vaticano II construye su discurso teológico.

3. La caminada:
De la misión colonial a la descolonización

3.1. Memoria de la caminada latinoamericana

La esencia misionera documental de la Iglesia latinoamericana está en las conclusiones de Medellín (1968), Puebla (1979), Santo Domingo (1992) Aparecida (2007); también en numerosos documentos y planes regionales.

Medellín, a través del tema "La Iglesia en la actual transformación de América Latina a la luz del Concilio", hizo una relectura del Vaticano II en torno a los ejes de justicia, desarrollo integral, diálogo y liberación. En una exposición introductoria a la Conferencia de Medellín, el día 28 de Agosto de 1968, Marcos McGrath, obispo de Santiago de Veraguas, Panamá, y segundo vicepresidente del CELAM y Eduardo Pironio, obispo auxiliar de La Plata, Argentina, y Secretario General del CELAM y de la Segunda Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, hablaron a los delegados sobre "los signos de los tiempos hoy en América Latina". McGrath hizo una lectura de los "signos de los tiempos" en continuidad con el Vaticano II (GS 4 e 11; DH 15; AG 15; AA 14; PO 9), sobre todo como principio de interpretación de la realidad. Pironio afirmó en su texto: "A partir de la Encarnación de Cristo, todo momento histórico es momento de salvación (SEGUNDA CONFERENCIA, p. 103). El paradigma "signos de los tiempos" apunta a la realidad del mundo y a la continuidad de la revelación que acompaña la evolución histórica. El principio "encarnacional" de Medellín y la "opción por los pobres", que tiene su matriz en el Vaticano II y que fue la expresión latinoamericana de "la virada popular", acompañan la mayor parte de los pronunciamientos del magisterio latinoamericano.

Puebla (1979), cuyo tema fue "La evangelización en el presente y en el futuro de América Latina", profundizó Medellín. Hizo una relectura de la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi (1975), de Pablo VI, en torno a los ejes "asunción de la realidad" " (DP 201, 400, 469), "comunión y participación" (DP 563-1127), en el contexto de las dictaduras y de la ideología de seguridad nacional. Evangelizar, en ese contexto, significa proclamar la dignidad humana a partir de la imagen y semejanza divina de las personas humanas. Puebla reasumió la opción por los pobres de Medellín y apoyó a las Comunidades Eclesiales de Base (CEBs), como células misioneras del pueblo de Dios.

La Conferencia de Santo Domingo coincidió con la conmemoración de los 500 años de la conquista de América. El tema de la Conferencia era "Nueva evangelización, promoción humana y cultura cristiana". Los delegados de Santo Domingo estaban divididos a respecto de la celebración de los 500 años. ¿Se debe celebrar la conquista como carácter penitencial o como carácter eucarístico, dando gracias a Dios por el éxito de la evangelización en nuestro continente? A pesar de las intervenciones exógenas sobre la metodología, Santo Domingo consiguió asegurar avances esenciales de las Conferencias anteriores y dio su versión de la "virada popular" como "imperativo de la inculturación" (DSD 13, 243). También comprendió que no le cabía optar por la creación de una "cultura cristiana", sino por una "evangelización inculturada" en el contexto cultural de la ciudad y del campo, de los pueblos indígenas y afro-americanos, de la educación y de los medios de comunicación.

En los últimos diez años, el hecho de haber perdido el 1% de católicos en Brasil, y la distancia del número del clero y, sobre todo, de las religiosas "cada vez más del crecimiento poblacional de nuestra región" inquietan a la Iglesia Católica en América Latina.

Presionada por el retroceso estadístico de los católicos, Aparecida fue realizada bajo el enfoque misionero. "Discípulos y misioneros de Jesús Cristo, para que en Él nuestros pueblos tengan vida". La propuesta misionera de Aparecida procuró situar la palabra "misión" en el contexto de una caminada liberadora de los pobres. La acogida de esa caminada, que representa un proceso sin fin, se tradujo en aproximación samaritana y en presencia profética de las comunidades, en sus luchas por la justicia y reconocimiento y en la construcción de un mundo para todos. Numerosas veces el DAp invita a los discípulos misioneros a ser lo que son, desde su bautismo: misioneros de Jesucristo que viven su vocación cristiana no sólo a través de las múltiples tareas, sino "en estado de misión" al servicio del Reino de Dios." (DAp 213). La misión está al servicio del Reino (DAp 33, 190, 223), y el Reino está al servicio de los pobres.

Ante la utopía del Reino, el DAp apunta a las múltiples transformaciones necesarias. Casi todo está en transformación y debe ser transformado: la realidad (DAp 210), el mundo (DAp 290), la sociedad (DAp 283, 330, 336) y las estructuras eclesiales y pastorales (DAp 365). La preocupación con la transformación que acontece en el mundo de hoy y con la transformación que el Evangelio debe producir, está presente desde Medellín en la pauta pastoral de la Iglesia latinoamericana (cf. DAp 511). Muchas propuestas de Aparecida se aproximan al sueño de un mundo pos-neoliberal dentro del capitalismo, que no ofrecerá soluciones ni para los pobres ni para los otros. La miseria no es un desliz de la modernidad formateada por el capitalismo. La irresponsabilidad social no es un accidente de la pos-modernidad. Forman parte de la formación civilizadora de nuestra época.

En su conjunto, los documentos pos-conciliares muestran un avance histórico significativo de la conciencia eclesial, apuntan para el paso de una Iglesia lunar a una Iglesia solar, con luz propia. La Iglesia del Vaticano II, que se definió simbólicamente versus populum tiró los altares de las paredes para permitir celebraciones eucarísticas cara a cara con el pueblo; y en América Latina, intentó definirse, en sus documentos, como Iglesia volcada a los pobres, a los más frágiles y a los otros.

3.2. Pasos e impulsos misionológicos decisivos

El Vaticano II dio impulsos teológicos profundos y pasos pastorales importantes que marcaron la posibilidad de una nueva presencia eclesial en el mundo.

3.2.1. Del territorio misionero a la natureza misionera
El Vaticano II inició procesos eclesiológicos y pastorales que libraron a la misión de la Iglesia de fijaciones a territorios geográficos. La Iglesia se declaró Pueblo de Dios que es "por su naturaleza" (Ad gentes 2 e 6), misionero. Desde su bautismo, los cristianos participan de esa naturaleza misionera, como "adeptos del camino" (At 9,2) y seguidores de Jesucristo. Él es el primer misionero, enviado por Dios Padre/Madre al mundo (cf. Jn 5,36s). Es el camino. Ese camino es elección y escuela. A partir de esa naturaleza misionera, la Iglesia Pueblo de Dios, buscó reconstruir su identidad, sus servicios pastorales y su teología. Procuró lentamente asumir el paso de una Iglesia que tiene misiones territoriales bajo responsabilidad de la Congregación para la Propagación de la Fe (Propaganda Fidei) o de Órdenes Religiosas, misiones por las cuales hace colectas y pide oraciones, a una Iglesia en la cual el aspecto misionero representa la orientación fundamental de todas sus actividades y de su ser, a nivel local ( en las comunidades), regional (en las diócesis y Conferencias Episcopales) y universal (Curia Romana). En la relación entre las distintas instancias eclesiales debe prevalecer el principio de subsidiaridad, consagrado en la Doctrina Social.

3.2.2. Del monopolio salvífico al diálogo interreligioso
Formamos parte de una caminada de Dios con nosotros (historia de salvación). No necesitamos comenzar de cero ni inventar la pólvora. La realidad del otro no representa una tabla rasa, sino una realidad para ser asumida en continuidad, y, al mismo tiempo, con rupturas. Donde llega la Iglesia con sus misioneros y sus misioneras, Dios ya está presente. Nos precede en todos los pueblos. A nosotros, misioneros y misioneras, nos cabe oír cómo Dios actuó en otros pueblos, oír su clamor y percibir en ellos las señales de la resurrección. Ese clamor forma parte de su "historia de salvación". Necesitamos reasumir y re-contextualizar esa "historia de salvación" y completar con el Evangelio del Reino de Dios.

El aggiornamento de Juan XXIII exigió el pasó de un mundo pre-moderno y fundamentalista a la asunción crítica de la modernidad y el paso del monólogo salvífico al diálogo con otras religiones, credos y visiones del mundo.

Misioneros ejemplares como los tres jesuitas Francisco Javier (1506-1552), en Asia, José de Anchieta (1534-1597) y Antonio Vieira (1608-1697), en Brasil, enseñaban la doctrina oficial de la Iglesia-cristiandad. A partir de Europa, esos misioneros ya sabían, a través de sus manuales y catecismos, que el mundo del otro, del no católico, es un mundo sin gracia. A la pregunta de los japoneses sobre el destino de sus antepasados, Francisco Javier, todavía en el año de su muerte, en 1552, respondió con los dolores del mensajero sin influencia sobre su indiscutible mensaje divino: todos los antepasados están en el infierno y no hay medio espiritual para salvarlos.
Los principios hermenéuticos de esa actividad son conocidos:
a) El cristianismo en su vertiente católica es una religión que salva.
b) Las religiones de los otros son religiones idolátricas porque no tiene por base la revelación del verdadero Dios.
c) El empeño en la salvación de las almas es un deber urgente de la Iglesia.
d) El diálogo interreligioso sirve para convencer a otros de sus errores y convertirlo al cristianismo.
e) La salvación es un bien eterno y la pertenencia al cristianismo en cualquier condición es preferible a la libertad pasajera fuera del cristianismo.
Para comprender estas afirmaciones, basta recordar la Bula Cantate Domino, del Concilium Florentinum, de 1442, que definió "que nadie que exista fuera de la Iglesia católica, ni paganos, judíos, heréticos o cismáticos, participará de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno 'que está preparado para el diablo y sus ángeles' (Mt 25,41)". . Esa era la doctrina oficial — no sólo de la Iglesia católica, sino también de la mayoría de las denominaciones cristianas- hasta la primera mitad del siglo XX.
El Vaticano II trajo cambios sustanciales, que resumimos aquí:

a) "El Salvador quiere que todos los hombres se salven" (LG 16; cf. 1Tim 2,4). Según el plan de salvación, la vida eterna es para todos.
b) "Los que todavía no recibieron el Evangelio, se ordenan por diversos modos al Pueblo de Dios" (LG 16).
c) "El plan de la salvación abarca también a aquellos que reconocen al Creador" (LG 16), muchas veces, en religiones no cristianas que "reflejan fulgores de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres" (NA 2b).De nadie que busca "al Dios desconocido en sombras e imágenes, Dios está lejos" (LG 16a). Esa afirmación significa un reconocimiento salvífico de las religiones no cristianas.
d) Los cristianos, dice la Gaudium et Spes, pueden estar asociados al misterio pascual y a la esperanza de la resurrección: "Debemos admitir que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de asociarse, de modo conocido por Dios, a este misterio pascual" (GS 22).
e) Todos "que sin culpa ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con corazón sincero e intentan, bajo influencia de la gracia, cumplir por obras su voluntad conocida a través del dictamen de la conciencia, pueden conseguir la salvación eterna" (LG 16). "Dios puede, por caminos conocidos por Él, llevar a la fe a los hombres que sin culpa propia ignoran el Evangelio (AG 7a).
f) La libertad religiosa es un derecho de la persona humana y es un presupuesto de la misión. "En asuntos religiosos nadie está obligado a actuar contra la propia conciencia, ni se impida de actuar de acuerdo con ella" (DH 2a).
Todas esas afirmaciones aliviaron el trabajo misionero, pero exigieron reformas teológicas pastorales profundas.

3.2.3. De la misión ad gentes a la misión inter gentes y con las víctimas
La misión "ad gentes", en su sentido tradicional, hoy, de hecho, es "misión inter gentes", misión entre pueblos y continentes, entre Iglesias locales y comunidades. El paradigma de la "misión inter gentes" surgió en el contexto del pluralismo religioso de Asia, donde vive más del 60% de la humanidad. Es un contexto de diálogo con las religiones, las culturas y los pobres. La teología de la misión de la "Federación de las Conferencias Episcopales de Asia /FABC" puede sintetizarse como teología de la misión inter-gentes. . Y nosotros, Iglesia Pueblo de Dios de América Latina y del Caribe, todavía con algunas deformaciones de la cristiandad, podemos aprender mucho de Asia.

El paradigma de la misión inter gentes corresponde al espíritu del Vaticano II.
- Tiene en cuenta la situación del pluralismo religioso y de la creciente diáspora de la Iglesia en el mundo de hoy;
- enfatiza la responsabilidad de la Iglesia local en la misión;
- rompe el monopolio de una Iglesia que envía misioneros a una Iglesia que los recibe;
- admite la reciprocidad y la mutua conversión entre agentes y destinatarios de la misión de la Iglesia en seis continentes y valora el diálogo intercultural e interreligioso;
- subraya la misión no como una actividad entre individuos, sino entre comunidades (cum gentes).

Será importante que la ex cristiandad latinoamericana se prepare para la nueva situación religiosa que se presenta como religiosidad popular heredada y diáspora del nuevo rebaño.
¿Quién son las "gentes" de hoy?
En los primordios del cristianismo, había tres destinatarios de la Buena Nueva: los judíos, los cristianos y los paganos. Pagano era sinónimo de "gente" (no cristiano y no judío). El Vaticano II contempló la actividad y el ser misionero de la Iglesia en el Decreto "ad gentes"; el diálogo y las relaciones entre católicos y cristianos no católicos en el Decreto sobre Ecumenismo (Unitatis Redintegratio); y el diálogo y las relaciones con las religiones no cristianas en la Declaración "Nostra Aetate"

La expresión "misión ad gentes" puede apuntar en dos direcciones: en la de los antiguos paganos, considerados sin verdadera religión, o en dirección de los pueblos de otros continentes o países donde se encuentran, como en América Latina. Son cristianos en medio de otras religiones, grupos sociales o individuos que se declaran sin religión.

Sin embargo, para América Latina y el caribe, que pasaron por una profundización en la lectura de la Biblia y por la renovación de Medellín, Puebla y santo Domingo, la "misión ad gentes" significa seguir a Jesús, convocar a sus destinatarios preferenciales, los pobres, y enviarlos como protagonistas de su reino. En sus discursos importantes de la sinagoga de Nazaret (Lc 4), de las Bienaventuranzas (Mt 5) y del Juicio Final (Mt 25), Jesús de Nazaret es muy claro. Los protagonistas de su proyecto, que es el Reino, son las víctimas (pobres, cautivos, ciegos, hambrientos, oprimidos, extraños, enfermos). Reconocer al otro/pobre en su dignidad y alteridad significa inclusión y participación.

Puebla dedicó una de las cinco partes de sus conclusiones a la "comunión y participación (Puebla 563-891). Impulsar prácticas significativas de participación del pueblo de Dios es una expresión coherente de la naturaleza misionera de la Iglesia. El compartir fraterno de los servicios y poderes dinamiza la opción por los pobres a través de una opción con los pobres, que son puerta para la Vida. Ellos son los protagonistas y destinatarios del proyecto misionero, pero también son los representantes de Dios en el mundo. Como misioneros de la misión universal inter gentes apuntan para otro mundo que es necesario, posible y real.

3.2.4. Del eclesiocentrismo a la centralidad del Reino
La Iglesia, orientada al pueblo, se definió como misterio de Dios, como instrumento y sacramento al servicio del Reino. Corrigió la comprensión de la identidad con el Reino con proximidad al Reino. La comunidad misionera vive dentro de la Iglesia Pueblo de Dios, comunidad constituida por comunidades que viven su misión en la lucha por la vida a partir de su fe. Esa misión no es una entre otras muchas actividades de la Iglesia. Procede de su "naturaleza", que tiene su origen en el envío del Hijo y en la misión del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre (cf. AG 2). Hablar de la Iglesia significa hablar de misión. La estructura de esa Iglesia-Misión es trinitaria. Es "Pueblo de Dios" y Templo del Espíritu Santo" (LG 17).

Por ser esencialmente misionera, la Iglesia no vive para si. No está ni se coloca en el centro. Vive al servicio del Reino. Ese Reino es central para todas sus actividades y reflexiones. La meta de la Iglesia es el Reino de Dios (cf. LG 9). Es sierva y testigo del Reino. En el Espíritu Santo, es enviada para articular a los pueblos en una gran "red" (cf. Jn 21,11) de solidaridad. Del envío nacen comunidades pascuales que intentan contextualizar la utopía del primer día de la nueva creación. De las comunidades, nace el envío. La misión, con sus dos movimientos, la diástole del envío a la periferia del mundo y la sístole que convoca a partir se esa periferia a la liberación del centro, es el corazón de la Iglesia. Bajo la señal del Reino, propone un mundo sin periferia y sin centro.

La tarea cotidiana de esa Iglesia Pueblo de Dios es la de convertirse al Reino. Sus realizaciones históricas necesitan permanentemente del "vaciamiento" de la "purificación", "inspiración", e "animación" del Espíritu Santo, que es el Padre de los pobres. Por eso, son pobres los signos que marcan su trayectoria: el vacío, la apertura, la solidaridad, la caminada, la cruz y la hostia sagrada. El pesebre y el sepulcro están vacíos; la puerta del cenáculo está abierta, la genealogía, interrumpida por el Espíritu. Esa Iglesia no tiene Patria ni cultura, ni es dueña de la verdad. Es sierva, peregrina, huésped, instrumento, signo, pero tiene rumbo. Quien nace y renace al pie de la cruz, en la fuga y en la peregrinación, desconfía de los brillantes falsos de los vencedores.

La misión de la Iglesia se realiza con urgencia apostólica. El anuncio del Reino a través de la realización del "mandamiento nuevo" es una cuestión urgente de vida o muerte. La misión no puede esperar para mañana porque la vida no puede esperar. "El amor de Cristo nos apremia (2Cor 5,14) a destruir las estructuras de muerte, interrumpir la lógica de los sistemas y cuestionar la lentitud de las burocracias. La vida es siempre para hoy. Los signos de la justicia son para ya. El anuncio de la esperanza es para ahora. Y esa esperanza no puede ser imaginada como progreso cuantitativo, en una sociedad de clases. En el horizonte de la justicia y de la esperanza, está una sociedad que supera la división de clases sociales. El anuncio del Reino es históricamente relevante más allá de la historia. Por tanto, es escatológico.

4. Horizontes:
Desafíos y compromisos

El Vaticano II produjo muchos frutos. Los desafíos para retomar la propuesta de una Iglesia versus populum no son insuperables. Sólo se necesita un compromiso colectivo con algunas prioridades básicas como, por ejemplo: la Iglesia es sacramento de salvación para toda la humanidad y la humanidad no está al servicio de la Iglesia.; los muros de la Iglesia son para proteger la vida y no es la vida la que debe proteger los muros; la salvación de las "almas" que hoy se puede traducir como "defensa integral de la vida", es la suprema ley. Las normas eclesiales no deben, según las propias reglas de la Iglesia, impedir esa "salvación". La orden del Señor es clara: "No necesitan médico los que están sanos, sino los que están enfermos. Yo no he venido a llamar a los buenos, sino a los pecadores, para que se conviertan" (Lc 5,31s). La propia Iglesia está obligada a admitir que el Dios de misericordia también puede salvar, y de hecho salva, a aquellos a los que ella niega los signos de salvación y la posibilidad de reconciliación eclesial.

"Hacer presente al Padre como amor y misericordia, en la conciencia del propio Cristo, es el punto de comparación fundamental de su misión de Mesías (DM 3,4) y de sus seguidores. Dios escucha los dos gritos de su pueblo: el grito por justicia de los pobres y el grito por misericordia de los pecadores. "La conversión a Dios consiste siempre en el descubrimiento de su misericordia (DM 13,6). La misericordia beneficia la vida de la propia Iglesia. Dando, es como se recibe. El "amor misericordia" que la Iglesia de hoy y de siempre necesita recibir pasa por tres ajustes: la opción por los pobres y con los pobres/otros como sujetos, por los y con los laicos y laicas como pueblo de Dios y por la inculturación y el aggiornamento, que son presupuestos del diálogo y comunicación.

4.1 Los pobres y los otros: sujetos y mediadores

La "opción por los pobres" y "por los otros", que se convirtió en línea maestra de la reflexión teológica de América Latina, necesita hoy transfigurarse en "opción por los pobres/otros" y "opción de los pobres/otros" de una Iglesia pueblo pobre de Dios. Aparecida reconoce que los pobres "se hacen sujetos de la evangelización y de la promoción humana integral [...] y dan vida al peregrinar de la Iglesia (DAp 398). "¡Cuántas veces los pobres y los que sufren [...] evangelizan realmente" (DAp 257) a la Iglesia! Todas estas frases de afecto y benevolencia para con los pobres en los documentos de la Iglesia todavía reflejan un cierto paternalismo y un divorcio sociológico entre los pobres y la Iglesia. La Iglesia parece hacer algo para alguien que todavía no es Iglesia, Cuando Aparecida afirma que "la Iglesia es [...] casa de los pobres" (DAp 8), aún parece que los pobres y los otros, habitan un cuarto de la empleada en esa casa o son inquilinos y no propietarios. También la "Iglesia samaritana" (DAp 491) se destina a aquellos que cayeron en manos de los ladrones. No es la propia Iglesia que, el borde del camino, pide socorro.

Ese divorcio sociológico entre la Iglesia, los pobres/otros y el pueblo no tiene ninguna razón teológica de ser, como afirman los propios documentos. A la subjetividad de los pobres/otros, a los pobres sujetos de la evangelización integral, corresponde la objetividad de su estatuto mediador de gracia: "El encuentro con Jesucristo a través de los pobres es una dimensión constitutiva de nuestra fe (DAp 257). En los pobres/otros contemplamos el rostro sufriente de Cristo (cf. ibd. e 393). Un compromiso más próximo con los pobres (cf. DAp 396), con la intención de hacerlos realmente sujetos en la Iglesia que desde su bautismo ya son, apunta no sólo para una conversión eclesial, sino para una reestructuración pastoral que todavía no aconteció. La conciencia de la necesidad de esa reestructuración no falta: la opción preferencial por los pobres "implica que debe atravesar todas nuestras estructuras y prioridades pastorales" (DAp 396). Atravesar y cambiar. Lo que falta son pasos concretos en esa dirección. El "Pacto de las Catacumbas", en el cual un grupo de participantes, al final del Concilio, se comprometió a entregar bienes materiales y simbólicos distantes del pueblo sencillo de sus diócesis, hoy está prácticamente olvidado.

Las víctimas de la lógica de la expropiación no nos cobran soluciones técnicas, sino más participación en la gestión de la propia acción misionera de la Iglesia, que podría convertirse en ensayo para transformaciones más amplias. El pueblo de Dios exige de la Iglesia institucional una corresponsabilidad significativa en la elección y formación de sus pastores, sin los formalismos democráticos de la sociedad civil, pero con reglas de participación establecidas; quieren comportamientos alternativos a la sociedad civil como señales de justicia y razones de esperanza.

4.2. Los laicos: sacerdotes, profetas, apóstoles

Al hablar de los pobres/otros como sujetos de la Iglesia y mediadores de la salvación, obviamente, no hablamos del clero ni de los religiosos, sino de los laicos/as y de la Iglesia Pueblo de Dios. Hasta la víspera del Vaticano II, el papel del laico/a en la Iglesia era la de un auxiliar y subordinado del clero. El Concilio rompió con esa visión. La Iglesia es, antes de cualquier diferenciación en funciones, carismas y ministerios, Pueblo de Dios, comunio, lo cual quiere decir, comunidad fraterna con una igualdad constitucional (cf. LG 37). Todo lo que la Lumen Gentium dice sobre el Pueblo de Dios vale también para los laicos, religiosos y clérigos (LG 30). Aunque algunos "sean constituidos maestros, dispensadores de los ministerios pastorales en beneficio de los demás, reina, ante todo, verdadera igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y acción común a todos los fieles en la edificación del Cuerpo de Cristo" (LG 32,3). Laicos y laicas participan del sacerdocio común de los fieles (LG 34) y participan con el sacerdocio ministerial o jerárquico "cada cual a su modo, del único sacerdocio de Cristo (LG 10,2). Participan del "don profético de Cristo" (LG 12; 35,1), constituidos en la "libertad regia" y sirviendo a Cristo "conducen a sus hermanos al Rey, al que servir es reinar" (LG 36,1), y participan del apostolado: "El apostolado de los laicos es participación en la propia misión salvífica de la Iglesia. Todos son destinados a este apostolado por el propio Señor a través del bautismo y de la confirmación [...]. De esta manera, toda laico, en virtud de los propios dones que le fueron conferidos, es, al mismo tiempo, testigo e instrumento vivo de la propia misión 'en la medida del don de Cristo'"(LG 33,2).

Esa visión del Vaticano II clama por su traducción pastoral. Donde hoy existen en la Iglesia estructuras potencialmente participativas (Consejos parroquiales, Sínodos), las prerrogativas clericales o curiales se mantienen y el estatuto laical participativo fue rebajado a una función consultiva y no decisoria. La escasez ministerial, que pone en riesgo la pastoral ordinaria, debe ser atribuida a la "reserva curial" y no cuenta, como debe, con la participación del pueblo de Dios. Sobre la exclusión ministerial de las mujeres, tampoco ellas ni el pueblo de Dios fueron consultados. Invocando un obstáculo de fide se procuró cerrar una cuestión que, en verdad, es de cultura como lo son generalmente todas las decisiones insertas en la historia humana. El tema de los laicos es un tema de los laicos, un tema del pueblo de Dios, un tema evangélico de la igualdad de los hijos de Dios. El conjunto del pueblo de Dios tiene más soluciones para los problemas pastorales actuales que para un pequeño grupo clerical. El Espíritu sopla donde quiere. Al definir a la Iglesia como "misterio" (LG cap. 1) y como "Pueblo de Dios", el Vaticano II procuró superar una visión de la Iglesia centrada en la jerarquía patriarcal. No lo consiguió. Faltaron la definición jurídica de los derechos y la fidelidad al Espíritu del Vaticano II. La "virada popular" como "virada laical" todavía no se ha dado, y la tarea permanece.

4.3. Iglesia autóctona: de la supervisión a la inculturación

En el tiempo pos-conciliar se enfatiza los peligros del aggiornamento a la modernidad y se defiende la sustitución de la inculturación en las micro-estructuras por la "interculturalidad" abstracta y posmoderna. Desde la IV Conferencia General del Episcopado de América Latina y del Caribe, en Santo Domingo (1992), precede, en documentos eclesiales al análisis de la realidad, una reflexión teológica como "auxiliar" del análisis sociológico. Se justifica ese "auxilio" con la afirmación de que Dios forma parte de la realidad. De esta forma, se confunden dos niveles de análisis distintos, el teológico y el sociológico. Uno es un tema de la fe y el otro de la ciencia.

El análisis social con prefijo teológico otorga a los datos de la fe un estatuto casi científico; abandona la metodología original del "ver, juzgar y actuar", que desde Medellín es marca registrada de los documentos de la Iglesia en América Latina y en el caribe. Juan XXIII, en su Encíclica Mater et Magistra (1961, cf. MM 235), ya había aceptado ese método. En las casas de los pueblos y en sus territorios atravesados por conflictos centrales del mundo, percibimos las llamadas de la realidad y los compromisos necesarios para con ella (cf. DAp 491), como sustrato de una fe encarnada. La distancia de esa realidad hace nuestro análisis abstracto, espiritualizado y confuso.

Hoy en día, la Iglesia necesita recuperar el análisis crítico y atento a la realidad, en la que los signos de Dios ofrecen nuevamente el punto de partida de cualquier reflexión teológica y acción pastoral, según el principio de San Irineo: lo que no es asumido, no es redimido (cf. Puebla 400). En la lógica del Reino, "los pequeños", los que viven en el lado sombrío del mundo, las víctimas en el camino de Jerusalén a Jericó son caminos de la verdad y puerta de la vida; son lugar de la epifanía de Dios en esa realidad

Con los pobres y con los otros trabajamos y convivimos el culturalmente disponible. La solidaridad misionera se realiza a través de la inculturación concreta en los contextos. No somos los supervisores del proyecto de Dios ni de las "obras sociales" que inspiramos. Medios sofisticados y lugares de mando son un contra- testimonio para la misión. Muchas veces, la "supervisión" nos aleja del suelo y de los rostros concretos de los pobres. La eficacia misionera no está en los instrumentos utilizados ni en el "liderazgo" en "nuestras obras", sino en la coherencia entre el mensaje del Reino y su contextualización, también a través de nuestro estilo de vida. En la reestructuración de los ministerios se debe llevar en cuenta su ampliación y descentralización para que, en la práctica pastoral, puedan responder a la diversidad sociocultural, dispersión geográfica y necesidad espiritual del pueblo de Dios. Entre todos los medios, nunca debe faltar el compartir simbólico celebrado en la Eucaristía. Al repartir el pan, los discípulos de Emaús reconocieron a Jesús resucitado. Sólo el pan repartido saciará el hambre del pueblo.

La inculturación clama por una Iglesia autóctona que rompa con cualquier tipo de tutela colonial y asuma su edad adulta. Para que en la práctica pastoral pueda responder a la diversidad sociocultural, dispersión geográfica y necesidad espiritual del pueblo de Dios, ella necesita de cierta autonomía para la ampliación, descentralización y restauración de los ministerios. El Vaticano II constató, a través del Decreto Ad gentes, que "por todo el mundo surgen las Iglesias particulares autóctonas" (AG 6,3). Quien da soporte a la Iglesia autóctona son las liturgias, ministerios y teologías ("Teología India") inculturadas.

Realicemos lo que prometemos y profundicemos esos caminos marcados por la gracia y por el pecado, con fidelidad, sin continuismo, con audacia profética y militante, sin atrevimiento autoritario. En la mística de la militancia misionera procuremos, a partir de gestos alternativos, frenar la lógica del sistema: contra la exclusión proponemos la participación, contra la acumulación la solidaridad y contra la explotación la gratuidad. En la gratuidad se concretiza nuestra resistencia contra esa lógica que sustituye lo "pienso, luego existo" "Descartes) por el "pago, luego existo (coste-beneficio). La Iglesia Pueblo de Dios nació en la fiesta del Espíritu Santo (Pentecostés) que es Dios en el gesto del DON. La gratuidad apunta a la posibilidad de un mundo para todos. En Pentecostés, la comunidad misionera fue enviada al mundo plural – en la gratuidad y unidad plural del Espíritu Santo.

São Paulo, 30.9.2012

Ref.: http://paulosuess.blogspot.com.br
Texto de Paolo Suess para el seminario de SEDOS que tuvo lugar el 10 de noviembre de 2012, en la General Curia de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, Via Aurelia 476, 00165 ROMA.

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